Arquitectura rupestre en la cabecera del Ebro y el alto valle del Pisuerga. Antigüedad tardía e inicios de la edad media

Diana Vega Almazán

El territorio montañoso que se extiende en torno a la cabecera del Ebro y del alto Pisuerga presenta un tipo de material pétreo blando que, ya desde épocas muy tempranas, ha facilitado a los moradores de estos valles la cons­trucción de habitáculos de gran envergadura mediante el vaciado de las crestas y peñas de arenisca. La proximidad de arroyos o riachuelos y de zonas llanas propicias para la práctica de la agricultura ha hecho de estos enclaves geográficos un terri­torio favorable para el emplazamiento de grupos humanos.
 
 Manifestaciones de arquitectura rupestre en el sur de Cantabria y noreste de la provincia de Palencia.
 
En esta zona, delimitada al sur por el sector central de la Cordillera Cantábrica y vertebrada por una sucesión de profundos valles asociados a la entramada red hídrica que conforman las cuencas de los ríos Ebro y Pisuerga, se encuentra uno de los focos de arquitectura rupestre más importantes de la Península Ibérica. Se trata de cuevas construi­das o modificadas de manera artificial, las cuales rara vez encontramos de forma aislada, siendo más común que aparezcan integradas en grupos. Estos están compuestos por un número variable de celdas que oscilan de dos a tres, hasta los más nu­merosos que pueden formar auténticos poblados, normalmente constituidos en torno a una iglesia rupestre. Se conoce la existencia de formaciones naturales asociadas a tradiciones de anacoretas que habitaron en ellas y cavidades excavadas de forma rudimentaria desde épocas muy antiguas, puesto que esta práctica se manifiesta desde el Neolítico. Sin embargo, fue en la Antigüedad Tardía y en los inicios de la Edad Media cuando la construcción de estos habitáculos se generalizó, adquiriendo una mayor complejidad arquitectónica y un carácter religioso estrechamente relacionado con los inicios del cristianismo en Cantabria.
 
El grupo rupestre al que hacemos referencia está compuesto por trece iglesias y unas trein­ta cuevas excavadas a lo largo de los valles del alto Pisuerga y Valderredible1, desde Villaescusa de Ebro hasta la zona más oriental de la provincia de Palencia, y forma parte de un conjunto mucho más amplio que se extiende en torno a la cuenca fluvial del Ebro, así como de buena parte de sus afluentes, abarcando las comunidades de Cantabria, norte de Castilla y León, sur del País Vasco, Navarra, La Rio- ja y Aragón. Dentro de la Península Ibérica exis­ten otras zonas con importantes manifestaciones de arquitectura rupestre, tanto en el norte (Galicia, Asturias, Cantabria, León, Burgos, Soria, Segovia, Salamanca, Zamora, Aragón, Cataluña) como en Andalucía o Murcia. Más allá de la Península Ibé­rica, este fenómeno se halla extendido por todo el ámbito mediterráneo, destacando las Islas Baleares, Capadocia, Francia, Italia o Egipto.
 
Casi todos estos complejos rupestres están compuestos por uno o dos centros litúrgicos, va­rias celdas que, por sus características, podrían co­rresponder a lugares de ocupación eremítica, algún covacho sin estructura definida, cuya utilidad si­gue siendo objeto de especulaciones, y sepulturas que podrían ser coetáneas de dichas estructuras o corresponder a reutilizaciones posteriores. Sin em­bargo, hay que tener en cuenta que el panorama actual que presenta la mayoría de los habitáculos es muy diferente al original.
 
 

 Relación de iglesias y cuevas rupestres.

CONJUNTO RUPESTRE
IGLESIAS
CUEVAS
SEPULTURAS
PROVINCIA
Complejo de Olleros de Pisuerga
1 Rupestre
2
Palencia
Complejo de Villarén de Valdivia
2 Rupestre
2 ó más
Palencia
Complejo de Sta. Ma de Valverde
1 Rupestre
1
Cantabria
Complejo de San Pantaleón
1 Semirrupestre
4
Cantabria
Complejo de Arroyuelos
1 Rupestre
2
Cantabria
Complejo de El Tobazo
1 ó 2 Rupestres
2
Cantabria
Complejo de Las Presillas
1 Rupestre
1 ó más
-
Burgos
Complejo de San Totís
1 Rupestre
-
Palencia
Iglesia de San Pelayo
1 Rupestre
-
-
Palencia
Iglesia de Las Covaritas
1 Semirrupestre
-
-
Burgos
Iglesia de Campo de Ebro
1 Rupestre
-
-
Cantabria
Iglesia de Cadalso
1 Rupestre
-
Cantabria
Habitáculos de Cezura
-
9
-
Palencia
Habitáculos de S. Martín Valdelomar
-
2
-
Cantabria
Habitáculos de Los Ventanos
-
3
Cantabria
Habitáculos de Berzosilla
-
3
Palencia

 

 
Existe un gran número de iglesias que fueron, en un primer momento, pequeñas celdas rupestres ocupadas por anacoretas en busca de una vida so­litaria. La popularidad alcanzada por algunos de estos religiosos parece haber atraído a seguidores que se establecieron en las inmediaciones dando lugar a asentamientos semieremíticos organizados bajo alguna regla monástica2. Estas comunidades cenobíticas que, en un principio, gozaban de una total independencia con respecto a la iglesia con­vencional, poco a poco se fueron integrando en las diócesis cercanas llegando a formar parte de los grandes monasterios que se configuraron desde época visigoda. También hubo templos y conjun­tos rupestres que funcionaron como centros pa­rroquiales y dependencias con diferentes usos al servicio de una comunidad civil asentada en sus inmediaciones, sin que podamos saber si surgieron por iniciativa propia o bien evolucionaron desde formas eremíticas.
Es difícil diferenciar entre unos y otros modos de vida, ya que todas estas formas de aprovecha­miento rupestre convivieron de manera simultánea hasta los primeros años de la Edad Media y pu­dieron sucederse en el tiempo dentro de un mismo espacio. No obstante, la mayor parte de las iglesias se encuentran próximas a poblaciones actuales, lo que hace suponer que fueron el origen a partir del cual estas se constituyeron.
 
A la complejidad que, ya de por sí, entraña el estudio de este tema, hay que añadir el deterioro y mal estado de conservación en el que se encuen­tran las cavidades. La gran mayoría han llegado hasta nuestros días con numerosas reformas y re­modelaciones realizadas a lo largo del tiempo, di­ficultando el análisis de los elementos primitivos que las integraban. Otro problema con el que nos encontramos es la escasez de material arqueológico asociado y la ausencia de excavaciones que pudie­ran datar este fenómeno y mostrar una evolución cronológica del mismo. Todo esto, unido al difícil acceso que presentan algunas cuevas, hace que sea muy complicado fijar una fecha para el primer mo­mento de construcción.
 
Estudios precedentes
F. Íñiguez Almech publicó en 1955 un estu­dio sobre las iglesias rupestres de Cadalso y Santa María de Valverde (Íñiguez Almech, 1955, 9-180). Desde entonces y hasta la década de 1980 han sido numerosos los investigadores que se han dedi­cado a estudiar este tema. Entre ellos destacan J. González Echegaray, M. Carrión Irún, A. Pérez de Regules y M. A. García Guinea (González Echega­ray et alii, 1961, 1-25; Camón Irún, García Gui­nea, 1968, 312-315). En las dos últimas décadas del siglo XX podemos diferenciar una segunda etapa en la que se dieron a conocer nuevas igle­sias y habitáculos rupestres (Bohigas et alii, 1982, 279-294; Bohigas et alii, 1986, 118-120; Lamalfa, 1988, 253-273; Alcalde Crespo, 1999, 463-468) y se comenzaron a realizar las primeras grandes obras de síntesis dedicadas a explicar y analizar este fenómeno (Monreal Jimeno, 1989; Alcalde Crespo, 1990), junto con algún estudio monográfi­co (Berzosa, 1998; Fernández et alii, 1999, 41-57). En la actualidad, contamos con dos trabajos muy recientes sobre los grupos rupestres existentes en Valderredible y en el entorno próximo a Olleros de Pisuerga (Berzosa, 2005; Alcalde Crespo, 2007) y con nuevas investigaciones que aportan importan­tes datos sobre la cronología de algunas iglesias y conjuntos rupestres ya tratados con anterioridad (Fernández et alii, 2000, 20-28 y 2003, 321-340; González Sevilla, 2002, 103-108).
 
Descripción e interpretación de templos, eremitorios y otras cuevas rupestres
Iglesia rupestre de San Martín de Villarén (Palencia)El estudio sobre el origen y desarrollo del fenó­meno de ocupación rupestre que tuvo lugar en el territorio hispano entre los siglos tardoantiguos y altomedievales plantea numerosos problemas. Una de las cuestiones más debatidas entre los investiga­dores gira en torno a la función que desempeñaron estas cavidades dentro de la sociedad que las creó y el uso que se hizo de ellas a lo largo de la histo­ria. Las características morfológicas que presentan muchos de estos conjuntos ofrecen datos muy inte­resantes que facilitan una aproximación funcional y cronológica de los mismos.
 
Centros de culto
Entre la gran variedad de estancias rupestres existentes en la zona destacan, por su compleji­dad arquitectónica y su marcado carácter litúrgico, templos de diferentes morfologías y tamaños. Un rasgo común a todos ellos es la presencia de planta basilical compuesta, en su mayoría, por una sola nave de formas rectilíneas, aunque no faltan ejem­plos de iglesias con dos o tres naves como las exis­tentes en Olleros de Pisuerga (Palencia), Villarén de Valdivia (Palencia), Las Presillas de Bricia (Burgos), Las Covaritas (Burgos) y Arroyuelos (Cantabria). El arco triunfal que da paso al ábside suele ser de medio punto, a excepción de algunos casos que presentan arcos en herradura, y la cabecera es, normalmente, rectilínea.
 
Iglesia rupestre de Las Presillas de Bricia (Burgos)En ocasiones podemos encontrar un espacio in­termedio entre la nave y el ábside de algunos tem­plos que divide su planta en tres partes, como es el caso de la iglesia rupestre de San Pelayo (Villacibio, Palencia), donde dicha separación está delimitada por un cancel roqueño y una pequeña elevación del nivel del pavimento. Esta característica tiene relación con la distinción que se hacía entre ábside, coro y espacio para los fieles, como así se puede comprobar en la lectura del canon XVIII del Concilio de Toledo IV (año 633), donde se ordena que el obispo y el levita comulguen delante del al­tar, el clero en el coro y el pueblo fuera de él (Puer­tas Tricas, 1975, 81).
 
A este respecto, H. Schlunk distinguió dos gru­pos de iglesias para templos visigodos, asturianos y mozárabes, en función de una mayor o menor pre­sencia de este muro (Schlunk, 1971, 514-525). En el primer grupo entrarían las iglesias parroquiales con canceles bajos y en el segundo las iglesias mo­násticas con coros de mayor capacidad y entradas independientes. La iglesia rupestre de San Pelayo pertenece al primer grupo ya que no existen acce­sos independientes y los restos que hemos observa­do no parecen indicar que este espacio tuviese una gran capacidad. No obstante, debemos tomar con cierta cautela la correlación entre canceles y tipos de iglesias, puesto que las investigaciones realiza­das en la iglesia de Santa Lucía de El Trampal (Cáceres) por L. Caballero Zoreda no coinciden con la citada teoría (Caballero Zoreda, 1987, 80).
 
En las iglesias de Arroyuelos (Cantabria) y Las Presillas de Bricia (Burgos) existen tribunas a las que se accede por medio de unas escalerillas exca­vadas en la roca cuya función no es fácil de determinar3, aunque podría tratarse de un sistema para diferenciar jerárquicamente a los feligreses, algo similar a la solución presentada con los coros.
 
Cancel que divide la nave en tres partes. Iglesia rupestre de San Pelayo (Palencia).  Contraábside de la iglesia rupestre de Arroyuelos (Cantabria).
 
Un hecho curioso, que hoy en día sigue sien­do motivo de debate entre los investigadores, es la existencia de espacios individualizados a los pies de algunas naves4. Podemos dividir estas estancias en función de su forma, diferenciando entre plantas rectilíneas con cubiertas planas o de cañón y plantas de formas curvas con cubiertas de horno. A veces este espacio queda plenamente integrado en el interior del templo, pero también puede aparecer individualizado por medio de un muro o arquerías. La procedencia africana de este tipo de basílicas contraabsidiadas fue planteado hace tiempo, pero en los templos norteafricanos la segunda exedra es añadida posteriormente y suele tener un carácter martirial o funerario, a diferencia de los templos hispánicos donde la mayoría de los contraábsides son coetáneos (Azkárate, 1988, 352), esto hace su­poner que este tipo de planta llegaría ya formado a Hispania, penetrando por la Bética y Lusitania, para después expandirse por el resto de la Penínsu­la Ibérica. La función que desempeñan estos espa­cios en las iglesias africanas parece estar claro, sin embargo en los templos peninsulares no hay nin­gún indicio que pueda confirmar un uso funerario. Tampoco parece que puedan relacionarse con un segundo centro de culto ya que no se han encon­trado altares en los sectores traseros de ninguna de las iglesias rupestres.
 
Una explicación para la existencia de estos de­partamentos individualizados podría ser la nece­sidad de tener un espacio destinado a realizar la preparación de ofrendas que luego serían traslada­das al altar. En el muro central del sector trasero de la iglesia rupestre de Campo de Ebro (Cantabria) existe una pequeña oquedad de forma más o me­nos rectangular labrada en la roca que podría in­dicarnos este uso. Además, en el Líber Ordinum se hace mención de una ceremonia especial en la que se realizaba una pequeña procesión que partía del preparatorium (lugar donde se preparaban las ofrendas) e iba hasta el altar, por lo tanto, parece lógico pensar que dicha estancia estuviese a una cierta distancia del presbiterio. No obstante, en el contraábside de la iglesia de Arroyuelos (Cantabria), como en muchos de los existentes en otros templos de la Península Ibérica, no contamos con la presencia de nichos excavados en la pared de la exedra, por lo que esta hipótesis no se podría aplicar al resto de casos. Además, en algunos tem­plos alaveses el contraábside es tan pequeño que resulta imposible penetrar en él. Con todos estos datos parece lógico pensar que la función que des­empeñaron estos espacios, construidos a los pies de algunas naves, podrían ser consecuencia de nece­sidades puntuales y, por lo tanto, tener diferentes funciones según lo requiera cada caso.
 
Iglesia rupestre de Arroyuelos (Cantabria). En la parte superior izquierda de la imagen puede observarse el posible ergastulum.Una solución parecida la podemos encontrar en muchas de las iglesias rupestres peninsulares con una o dos cámaras laterales excavadas en la roca y muy próximas a la cabecera. Sin embargo, entre los templos situados en la zona geográfica descrita solamente se ha constatado la presencia de estas estancias en las iglesias de Olleros de Pisuerga (Palencia), Santa María de Valverde (Cantabria) y los dos casos dudosos de El Tobazo (Villaescusa de Ebro, Cantabria) y Arroyuelos (Cantabria). En ocasiones se han interpretado como celdas, coinci­diendo con el ergastulum del que hablan las fuen­tes escritas: «San Valerio, una vez se hubo traslada­do al monasterio de Riñanense, habitó en la misma celda que había ocupado San Fructuoso dentro de una iglesia» (Puertas Tricas, 1975, 99-100). Se trata de pequeñas habitaciones comunicadas con el tem­plo y existentes en iglesias rurales donde un asceta practicaba vida eremítica.
 
También podemos identificar estas estancias como la sala donde los monjes se juntaban para organizar la vida en común (conlatio). Según las reglas monásticas de San Fructuoso, San Isidoro y la Regla Común «las reuniones se celebrarían en un lugar oportuno que reúna las características ade­cuadas para el acto». Con sólo esta información, es muy difícil determinar el lugar exacto donde se congregaban, pero lo que sí parece evidente es la necesidad de que tal espacio existiera dentro de una iglesia o en un local cercano.
 
Otra función que pudieron haber desempeñado estas cámaras laterales es la de sacristía. En la li­turgia bizantina se conoce la existencia de dos sa­cristías situadas a ambos lados del ábside principal. En una de ellas, generalmente la que estaba en el lado izquierdo, se preparaban las ofrendas que se iban a llevar al altar, mientras que la segunda cá­mara se destinaba a guardar las donaciones de los fieles. En los textos hispánicos aparece algo pareci­do. El preparatorium tendría las mismas funciones que desempeñaba la cámara norte de la liturgia bi­zantina y, además, sería el lugar donde se llevaban a cabo ciertas funciones relacionadas con la vigilia pascual. El secretarium estaría destinado a guardar los vasos sagrados depositados en alguna hornaci­na (Puertas Tricas, 1975, 154).
 
Probablemente, la aparición y diferenciación de estos espacios dentro de las iglesias se produjo a medida que los oficios monásticos fueron adqui­riendo mayor importancia. Para ello, nos basamos en las investigaciones que L. Caballero Zoreda rea­lizó en la iglesia exenta de Santa María de Melque (Toledo), en la que existe una habitación trasera añadida con posterioridad a la edificación del tem­plo (Caballero Zoreda, 1987, 87-88). Esto indica que en un primer momento no fue necesaria esta compartimentación. Otro hecho que refrenda esta teoría es el diferente tipo de tallado que presenta la mayor parte de cámaras laterales excavadas en algunas iglesias rupestres peninsulares, muy dis­tinto al que se aprecia en las naves y ábsides de los templos, y que podría indicar una construcción más tardía.
 
Mayor problema plantean los dobles y triples ábsides o las estancias laterales con altar. A través de los textos sabemos de la existencia de un único altar en las iglesias, sin embargo son numerosos los templos en los que se han encontrado varios. ¿A qué puede deberse esta peculiaridad?
 
La presencia de dos altares en la cabecera de la iglesia rupestre de San Pelayo (Palencia) y de tres situados uno en cada ábside de la iglesia rupes­tre de Las Presillas de Bricia (Burgos), nos obliga a pensar en la creación de centros de culto alternativos dentro de un mismo templo y a poner­los en relación con la presencia de dos o más naves en una misma iglesia e, incluso, con la duplicidad de templos.
 
Algunos autores han relacionado tal multiplicación con la existencia de monasterios dúplices en las inmediaciones, lo que daría lugar a la construcción de dos lugares de culto separados, uno para los hombres y otro para las mujeres. Tam­bién se ha atribuido este hecho a una doble advocación del lugar o a la prohibición que se mantuvo un tiempo de celebrar varias misas sucesivas en un mismo altar. No obstante, la presencia de varios centros de culto en un área tan limitada parece es­tar relacionada con un aumento de la población en las inmediaciones, lo que pudo haber dado lugar a la necesidad de ampliar el espacio reservado para la eucaristía y establecer separaciones en función de un uso monástico o destinado a los feligreses.
 
Pila bautismal iglesia rupestre Cueva de la Vieja (Las Presillas de Bricia, Burgos)  Pila bautismal iglesia rupestre San Vicente (Palencia) Pila bautismal complejo rupestre de San Pantaleón (Cantabria)
 
Aunque sin duda, lo que más ha llamado nues­tra atención es la existencia de pequeños estanques excavados en el suelo de algunas iglesias que podría indicarnos una función bautismal. En el exterior de la iglesia rupestre de San Vicente (Cervera de Pisuerga, Palencia), muy próxima al grupo rupestre que estamos tratando aquí, se puede ver una pe­queña pila rectangular con un reborde tallado que denota la posible presencia de cerramientos , y en una cámara lateral de la iglesia rupestre de Santa María de Valverde (Cantabria) existe una pila que confirma el uso de esta estancia como baptis­terio (Berzosa, 1998, 57-58). En Hispania ya se conocían pilas bautismales, probablemente de influencia norteafricana, en el interior de los tem­plos paleocristianos. Igualmente se ha señalado la existencia de piscinas en la iglesia rupestre de Vir­gen de la Peña (Condado de Treviño, Burgos) y en arquitecturas de fábrica de época visigoda como en la basílica de Vega de Mar (Málaga). Sin embargo, la cronología tardía (siglo X) que se asocia a la pila de la iglesia rupestre de Santa María de Valverde (Cantabria) nos indica que esta cámara pudo haber tenido, en un primer momento, diversas funciones relacionadas con las necesidades de la liturgia y que no fue hasta este siglo cuando se reutilizó el espacio como baptisterio. No es muy común en­contrar piscinas bautismales en el interior de las iglesias rupestres, sin embargo, es posible que el baptisterium fuese un edificio con carácter arqui­tectónico independiente que se encontraba próxi­mo al templo, como veremos después.
 
En definitiva, no podemos precisar cuál fue la función concreta que desempeñaban estas cáma­ras y espacios individualizados, ni por qué resultan tan escasas en las iglesias de nuestro territorio. Es posible que su limitada presencia estuviera com­pensada por las numerosas celdas rupestres que encontramos asociadas a estos lugares de culto.
 
Eremitorios y otras cámaras
Muchas de estas cuevas, separadas arquitectó­nicamente de las iglesias, se aglutinan en torno a ellas constituyendo verdaderas colonias, aunque también encontramos celdas ubicadas en lugares aislados e incluso colgadas en las paredes rocosas. El lugar de emplazamiento suele tener unas carac­terísticas muy concretas y comunes a todas ellas, como la cercanía de fuentes acuíferas y la existen­cia de roquedos adecuados que propicien la labra pero que al mismo tiempo garanticen la resistencia de la obra.
 
Suele haber diversidad de tamaños aunque, por norma general, se trata de cuevas artificiales de pe­queñas dimensiones y estructura sencilla, con un predominio notable de las plantas rectilíneas y de cubiertas rebajadas o casi planas. Presentan una labra bastante más tosca que la utilizada en los centros de culto y, normalmente, carecen de ele­mentos que pudieran indicar un uso litúrgico. Ya hemos apuntado la posibilidad de que el conjun­to de todas estas cavidades, incluidas las iglesias, puedan formar parte de un cenobio o monasterio. A la existencia de tales complejos se refiere la regla monástica de San Fructuoso, donde se citan ceno­bios que disponían de varias dependencias separa­das entre sí y aglutinadas en torno a una iglesia.
 
Existen indicios suficientes para pensar que al­gunas de estas estancias se usaron como ergastula o habitaciones ocupadas por uno o varios eremi­tas. Las fuentes literarias hacen referencia a los diferentes tipos de habitáculos que ocupaban los monjes, desde chozas construidas con madera, de las que no ha quedado ningún vestigio, hasta cel­das mixtas semirrupestres y cuevas excavadas en la roca. En las cavidades de San Martín y Cueva Andrés (Villarén de Valdivia, Palencia), Peña Castrejón (San Martín de Valdelomar, Cantabria) y en uno de los habitáculos de las cuevas de Los Ven­tanos (Villamoñico, Cantabria) encontramos un poyo labrado en la pared de la roca que pudo ha­ber servido como lugar de descanso de los antiguos ocupantes. El espacio ocupado por estos elementos suele individualizarse respecto al resto de la estan­cia y recibir una cubrición propia y, dependiendo del tamaño de la cavidad, puede estar acompañado de otra estructura semejante que indicaría la pre­sencia de más ocupantes, presumiblemente monjes novicios que vivían con sus maestros para iniciar­se en la vida eremítica. En la actualidad, muchos de esos poyos se encuentran ocupados por tumbas excavadas en la superficie, mostrando una reutili­zación funeraria del espacio.
 
Algunas de las cuevas se encuentran excavadas en zonas escarpadas y de difícil acceso, pudiéndose interpretar, igualmente, como celdas eremíticas, ya que en ciertos casos se han encontrado elementos característicos de estas estancias. El fenómeno de retiro de los eremitas aparece reflejado en autores como Sulpicio Severo refiriéndose a San Martín:
«Durante algún tiempo, él vivió en una celda contigua a la iglesia. Después, no pudiendo soportar por más tiempo el ser perturbado por los que le rendían visita, se instaló en un lugar retirado a dos millas aproximadamente fuera de los muros de la ciudad. Este retiro estaba tan apartado que nada tenía que envidiar a la soledad del desierto. En efecto, por una parte estaba rodeado por el acantilado a pico de un monte elevado y el resto del terreno estaba cerrado por un estrecho meandro del rio Loira (...)» (Vita Sancti Martini, 10, 3-4).
 
Otros ejemplos de habitáculos aislados han sido identificados como celdas de castigo, ya que no presentan ningún elemento adicional, al igual que la mayoría de cuevas en las que no se ha detectado la presencia de poyos ni de ningún otro elemento o estructura. En el canon I del Concilio de Tarra­gona (año 516) se dictamina que el monje trasgresor haga penitencia «in celia monasterii reclusus» (Puertas Tricas, 1975, 98). A. Azkárate opina que las marcas de rozas talladas en la roca de algu­nas estancias podría evidenciar una subdivisión del espacio en pequeños compartimentos median­te tabiques de madera, ideados para almacenar los productos que la comunidad necesitaba (Azkárate, 1988, 381). Nosotros pensamos que pudieron darse las dos soluciones como respuesta pragmática a las necesidades del momento.
 
En un grupo aparte debemos situar algunas cuevas rupestres con indicios de cerramientos que presentan una oquedad rectangular excavada en el suelo, la cual identificamos con posibles piscinas bautismales y para ello, nos basamos en el tex­to del canon II del Concilio de Toledo XVII (año 694) donde se señala que «el pontífice debe cerrar al comienzo del baptisterio las puertas del mismo, pues no es lícito en esta época administrar el bau­tismo. Las puertas se abrirán en la celebración de la Cena del Señor» (Puertas Tricas, 1975, 89). De estas palabras se deduce que el baptisterio era una dependencia aislada dentro del conjunto arquitec­tónico que formaba el templo, o bien un edificio independiente separado del centro de culto. En la Cueva de la Vieja (Las Presillas de Bricia, Burgos), existen dos oquedades desiguales excavadas en el suelo. También encontramos piscinas simi­lares en El Cuevatón (Cezura, Palencia), Cueva de la Mora (Cuillas del Valle, Palencia) y San Pantaleón (La Puente del Valle, Cantabria). La presencia en al­guna de estas cuevas de canalizaciones excavadas en el pavimento podría indicar una reutilización de estas pilas bautismales como nichos donde se reco­gía el agua procedente de las filtraciones. En San Pantaleón existen tres cuevas de diversas dimen­siones con pilas de este tipo que pudieron haber sido reutilizadas en época medieval con el fin de disponer del agua necesaria para el funcionamien­to de una ferrería que existió en el lugar.
 
Finalmente, existen otras cuevas de diversos ta­maños y plantas sencillas que suelen formar parte de los complejos rupestres. Estas no presentan nin­gún elemento que indique una funcionalidad litúr­gica o de vivienda, por lo que creemos que pudie­ron haber sido estancias en las que se celebraban reuniones orientadas a la organización de la vida comunitaria (conlatio). Respecto a las de reducidas dimensiones, sólo pueden establecerse conjeturas. F. Íñiguez opina que fueron proyectos de iglesias inacabadas (Iñiguez Almech, 1955, 45-50), sin em­bargo A. Azkárate desecha esta teoría basándose en la elevada presencia de estas cuevecillas en los grupos alaveses y en su acabado aparentemen­te completo (Azkárate, 1988, 382-383). Entre los habitáculos estudiados sólo hemos encontrado un ejemplo de este tipo de cueva, ubicado en la mar­gen izquierda del camino que va desde Villamoñico (Cantabria) hasta Berzosilla (Palencia). La presencia en las inmediaciones de un montículo de arenisca con sepulturas excavadas en la roca nos hace pen­sar, sin atrevernos a entrar en más especificaciones, que quizás tuviese una función funeraria.
 
Cronología de la arquitectura rupestre
Uno de los mayores problemas con los que un investigador se encuentra a la hora de estudiar la arquitectura rupestre es su difícil adscripción cro­nológica. La ausencia de elementos decorativos, así como la escasez de intervenciones arqueológicas dificultan aún más esta tarea. Sólo el análisis de las estructuras que forman parte de estas obras de arte y la búsqueda de paralelismos con otros ejemplos, tanto rupestres como de fábrica, puede ayudarnos a obtener algunas aproximaciones cronológicas.
 
 Inscripción en la iglesia rupestre de San Martín de Villarén (Palencia)El historiador y arqueólogo Pedro de Palol di­ferenció dos tradiciones para la arquitectura rupes­tre de la Antigüedad Tardía (Palol, 1967, 69-105). Por un lado estaría la de tipo paleocristiano con continuidad hasta los primeros años del siglo VII y, por otro, la arquitectura de tradición hispano-visigoda que, a partir del siglo VII habría aportado una serie de innovaciones en los edificios de culto. Entre estos dos periodos existe una etapa de transi­ción a la que corresponden los templos de ábsides contrapuestos con perduraciones hasta finales del siglo VII.
 
Las iglesias rupestres de exedras opuestas pertenecientes a nuestra zona geográfica presentan ciertas similitudes con las formas contraabsidiadas de algunos templos hispano-visigodos del siglo VI. A. Azkárate ya apuntaba este dato al hablar so­bre las iglesias rupestres alavesas, sin embargo el trazado en herradura de la cabecera de Arroyuelos (Cantabria) permite relacionar este templo con las formas constructivas que seguimos encontrando en iglesias mozárabes del siglo X, como Santiago de Peñalba (León) y San Cebrián de Mazóte (Valladolid). Es cierto que la planta en herradura tiene una antigua tradición que puede observarse en algu­nas basílicas del norte de África pero, en el caso que nos ocupa, existen otros elementos que apoyan esta cronología más tardía, como la presencia de un gran soporte en el centro de la nave de Arroyue­los que recuerda al existente en la ermita mozárabe de San Baudelio (Berlanga de Duero, Soria) o la presencia de tribuna.
 
No obstante, sería muy arriesgado afirmar que todas las iglesias contraabsidiadas de la cabecera del Ebro y del alto valle del Pisuerga son mozára­bes. Conocemos la existencia de una inscripción en la exedra opuesta al ábside de la iglesia de San Marín de Villarén (Palencia) que plantea numero­sas dudas entre los investigadores (fig. 8). En un primer momento se propuso una lectura corres­pondiente a la «Era 805 (año 767 d.C.)», más tarde se rebajó esta datación, interpretando el epígrafe como «Era 1125 (año 1067 d.C.)»y, finalmente, L. A. Monreal le atribuyó una cronología visigoda al leer «Era 625 (año 587 d. C.)» (Monreal Jimeno, 1989, 36-37). Debido a las diversas lecturas que se han realizado, pensamos que no es prudente tomar esta inscripción como una referencia cronológica fiable. Por otro lado, dada la proximidad geográfica del grupo alavés, nos parece oportuno señalar la exis­tencia de una serie de grabados en el muro testero de la iglesia rupestre contraabsidiada de Las Gobas 6 (Condado de Treviño, Burgos) cuyo estudio epi­gráfico y paleográfico determinó un abanico tem­poral para esta inscripción en torno a los últimos años del siglo VI y finales del VII (Azkárate, 1988, 360). Esto demuestra la existencia de templos con ábsides contrapuestos de planta en herradura en la zona más septentrional de la Península Ibérica, encuadrados en la época de transición descrita por P. de Palol.
 
 Arco de herradura iglesia rupestre de Arroyuelos (Cantabria)   Arco de herradura iglesia rupestre de San Pelayo (Palencia)  Arco de herradura en la iglesia rupestre de Santa María de Valverde (Cantabria). Foto (J. Berzosa, 1998, 57).
 
Precisamente, una de las innovaciones que des­taca este historiador para la arquitectura del siglo VII es la generalización del arco de herradura tanto en alzado como en planta. Este recurso arquitec­tónico lo encontramos ya en templos hispanorromanos desde el siglo II d.C., pero con más función ornamental que constructiva. De época visigoda derivó, posteriormente, el arco de herradura mozá­rabe, más acusadamente sobrepasado que el hispá­nico del siglo VIL Sin embargo, los estudios de L. Caballero Zoreda ponen en tela de juicio esta dife­renciación afirmando que la proporción del arco se elegía de acuerdo con la función a desarrollar (Ca­ballero Zoreda, 1978, 340-364).
 
 Altar de nicho iglesia rupestre de San Pelayo (Palencia) Entre las iglesias rupestres existentes en la zona sur de Cantabria encontramos formas de herradura para plantas y alzados en las iglesias de San Pelayo, Arroyuelos y Santa María de Valverde. Esta última pre­senta varias fases constructivas que se remontan al siglo VII (González Sevilla, 2002, 103-108), sin em­bargo, la presencia del ábside en herradura parece corresponder a la primera ampliación que se reali­zó en época de repoblación, lo que concuerda con la cronología propuesta para la iglesia rupestre de Arroyuelos. En la ermita de San Pelayo (Palencia) existen dos arcos muy deteriorados que dan paso al ábside, y en uno de ellos aún puede verse su for­ma de herradura, pero no tenemos más elementos que puedan ayudarnos a establecer una cronología para este templo.
 
Una cuestión que nos parece interesante tra­tar aquí es la presencia, en algunas de estas igle­sias, de dos tipos de altar muy característicos en la arquitectura rupestre. El primero de ellos, el altar de nicho, consistente en una hornacina excavada en el centro del muro testero del ábside, surge en época visigoda. Hemos constatado su presencia en las iglesias de San Martín de Villarén (Palencia) y San Pelayo (Palencia), de cronologías du­dosas, aunque la forma de los arcos que dan acceso al ábside de la iglesia de San Pelayo, las cabece­ras rectilíneas y la interpretación propuesta por L. A. Monreal para la inscripción de Villarén podría confirmar el visigotismo de estos templos. Por otra parte, en los ábsides de las iglesias rupestres per­tenecientes al grupo alavés, datadas en torno a los siglos VI y VII, no existe ningún altar-nicho, aun­que sí aparecen hornacinas similares en el resto de estancias y en los muros laterales del ábside (Azkárate, 1988, 347).
 
Altar de bloque iglesia rupestre de Las Presillas de Bricia (Burgos)El segundo altar al que queremos hacer refe­rencia es el llamado «de bloque». I. Sastre establece los primeros antecedentes hispánicos en el arte prerrománico asturiano, desde donde se había exten­dido por el Norte peninsular (Sastre, 2010, 12-14). Los loculi existentes en los altares de las iglesias rupestres concentradas entre el Norte de Palencia, Burgos, Cantabria y Álava mantienen la tradición tardoantigua de abrirse en el centro del plano su­perior. Este tipo de aras lo encontramos en las igle­sias de Las Presillas de Bricia (Burgos) y El Tobazo (Cantabria). En la primera de ellas existen otros elementos que pueden confirmar esta crono­logía de repoblación, como la presencia de tribuna a los pies del templo, la gran elevación del edifi­cio en oposición a las bóvedas de cañón de épocas anteriores, la diferencia de alturas dentro del mismo templo o la existencia de tres naves, solución bastante usual en la arquitectura del prerrománico asturiano. Sin embargo, en la iglesia rupestre de El Tobazo no se ha encontrado ningún elemento que apoye esta cronología. Hay que destacar las pequeñas dimensiones de estos altares que no pa­recen adecuadas para colocar sobre ellos cruces o candelabros, sino lo mínimo imprescindible. Quizás por este motivo se da la coetaneidad de este tipo de aras con hornacinas excavadas en los muros late­rales similares a los altares nicho y muy parecidas a los arcos incisos ramirenses.
 
En base al análisis de la información obtenida, no parece prudente deducir del exclusivo estudio de un solo elemento arquitectónico una cronología válida para todo el conjunto rupestre, sobre todo teniendo en cuenta que muchos de ellos son aña­didos y reformas posteriores al primer momento de construcción, por lo que habrá que interpretar estos datos como orientativos y nunca de forma concluyente.
 
Conclusiones
El área de Campoo y de la cabecera del Pisuerga presenta una extraordinaria riqueza en arquitectu­ra rupestre con manifestaciones de gran interés que aportan datos muy interesantes sobre el origen y desarrollo del cristianismo primitivo en la zona.
 
Si nos fijamos en la tipología de estos templos podemos ver una marcada tendencia hacia modelos sencillos y funcionales, aunque no faltan ejemplos de obras con una mayor complejidad arquitectóni­ca, las cuales generalmente parecen corresponder a épocas más avanzadas. Dicha complejidad podría derivar de las ampliaciones y adaptaciones que se fueron realizando a lo largo del tiempo en diversos habitáculos, según exigían las necesidades de una población en aumento.
 
Las investigaciones que se han realizado so­bre algunas iglesias y cuevas rupestres de la Pe­nínsula Ibérica parecen indicar una cronología que gira en torno a los siglos V y VII Por lo tanto, nos encontraríamos ante un fenómeno genuino de la Antigüedad Tardía, en su etapa final. Sin embar­go, la arquitectura rupestre existente en la zona de Valderredible y del alto valle del Pisuerga presenta una dilatada cronología que se extiende hasta bien entrada la Edad Media con perduraciones, en algu­nos casos, hasta la actualidad, como es el caso de las iglesias rupestres de Santa María de Valverde, Olleros de Pisuerga y Cadalso, aunque es proba­ble que algunos de estos habitáculos existiesen en épocas tempranas, en torno a los siglos VI y VII, bien como hábitats de carácter civil o con vocación exclusivamente eremítica e, incluso, como cen­tros de culto pagano que, posteriormente, fueron reocupadas por comunidades religiosas con el fin de evangelizar el lugar. A mediados del siglo VIII el número de habitantes en la zona se acentuó por la llegada de cristianos provenientes del reino astur junto con los mozárabes huidos del sur que se ins­taron en estas tierras y reocuparon algunos lugares dejando la huella indudable de su arquitectura en la gran mayoría de estas iglesias. También existen habitáculos que, a juzgar por sus aspectos morfoló­gicos y las semejanzas estructurales que presentan con paralelos peninsulares, parecen ser construc­ciones ex novo de época de repoblación.
 
En definitiva, no podemos establecer una datación única para todo el conjunto de iglesias y celdas excavadas en roca, ya que el fenómeno de ocupación rupestre tiene una extensa tradición que, en algunos casos, se remonta a épocas prehistóricas. No obstante, nos atrevemos a afirmar que, en su mayoría, los templos y habitáculos rupestres encuadrados dentro de los límites geográficos pro­puestos pueden fecharse en torno a los siglos VIII, IX y X. Únicamente contamos con una inscripción en la iglesia de San Martín de Villarén (Palencia) que quizás indique una temprana construcción en época visigoda, apoyada por algunos elementos que podrían confirmar esta cronología.
 
Finalmente, nos gustaría poner de manifiesto el lamentable estado de conservación en el que se encuentra la mayor parte de estas obras de arte. La arquitectura rupestre constituye un patrimonio histórico y arqueológico singular, el cual destaca tanto por su exotismo como por la información que arroja sobre un determinado escenario históri­co y cultural, por lo que pensamos que es de vital importancia realizar una intervención urgente con el fin de proteger y conservar estos bienes patri­moniales, ya que las cuevas sufren desplomes que podrían hacerlas desaparecer definitivamente y, lo que es más grave, se encuentran sometidas al van­dalismo de aquellas personas que no comprenden la relevancia que estos habitáculos suponen para la investigación de nuestro pasado histórico. Creemos que la causa principal de este abandono es el des­conocimiento que se tiene sobre el tema y el poco valor otorgado a estos magníficos monumentos rupestres cuya presencia atrae la mirada del visitante.
 
 
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Notas 

1 Para obtener una visión sobre las características que componen cada iglesia rupestre consultar la descripción que R. Bohigas realiza en el siguiente artículo: Bohigas, 1997,9-16.
2 No será hasta el siglo VI, con la llegada de las Invasiones germánicas a la Península Ibérica, cuando surjan las primeras figuras de monjes legisladores y se comiencen a normalizar los movimientos monásticos mediante la creación de reglas de carácter Institucional que los organizaban.
3 En la Iglesia de Las Presillas de Bricia la tribuna se encuentra alojada sobre el muro trasero del templo y en la iglesia de Arroyuelos está sobre el muro lateral.
4 Algunos ejemplos pueden observarse en los templos de Campo de Ebro, Arroyuelos y en las dos iglesias del complejo de Villarén de Valdivia (San Martín y Ermita Peña).