Caminando con Marcelo. Ruta perediana por Campoo, realidad y literatura

Javier López Gutiérrez, Isabel María Fernández González, Raquel Gutiérrez Sebastián

INTRODUCCIÓN


De todas las muestras de literatura que se han centrado en nuestra comarca o que se han originado en ella, vamos a detenernos hoy en un texto clásico, Peñas arriba, de José María de Pereda. Tomando como excusa el grado de realismo presente en las descripciones de los paseos de los personajes de la novela por la comarca de Campoo, aspecto que ha suscitado una cierta polémica en la crítica perediana, nos detendremos en el análisis de los itinerarios inspirados en esta comarca que aparecen en la obra cumbre del polanquino.

Uno de los lugares comunes sostenidos por un sector de la crítica perediana que se ha ocupado de estudiar la obra cumbre del escritor, Peñas arriba (1895), ha sido el de la fidelidad de la traslación del paisaje real a la descripción literaria de la novela, fidelidad que estaba también presente en la recreación en el texto de Reinosa y de la comarca campurriana. Esta tesis venía bien avalada por el supuesto "realismo catastral" de todos los textos del polanquino y por la consideración de que en este relato como en ningún otro desplegaba el narrador perediano sus dotes de paisajista. Así, en la edición de Estábanez Calderón, se indicaba, por ejemplo, que la descripción en Peñas arriba de los alrededores de Reinosa y la subida a Tudanca se ajustaba bastante a la geografía del valle de Campoo, pues Pereda había realizado el trayecto en dos ocasiones, dato que no está contrastado suficientemente en las biografías del novelista (1), y en la edición de Peñas arriba de Antonio Rey se sostenía también que la descripción del valle de Campoo era bastante fiel a la realidad, aunque la posterior subida al puerto era una recreación literaria del novelista. Benito Madariaga en su Biografía de Pereda llegaba a trazar el itinerario seguido por Marcelo: "Siguiendo el camino hacia el Oeste y llevando siempre a su izquierda el cauce del río Híjar se encontrarían con varios pueblos. Son los primeros las localidades de Fontibre y Paracuelles, que no se citan en la novela. El camino recorrido continuaba entre Ormas y Proaño (...)". Más adelante, citando la fuente de Rafael Gómez, el mismo crítico indica: "el camino subía por la Colladía, Cotera, La Fuente, Llano, Castalio y que después de cruzar el río La Guariza, los viajeros debieron ascender a los Cantos de la Borrica, Collado de Sejos y Peña Jincá o la canal de Hitón". (Madariaga, 1991:381-382). Todas estas opiniones y rutas trazadas tienen poco que ver con el paisaje real que sirvió como referente al novelista de Polanco, pues estamos de acuerdo con la opinión de Cossío: "puede asegurarse que desde que Marcelo abandona las laderas campurrianas, todo el itinerario, o mejor dicho, sus paisajes y accidentes, son creación de Pereda. Con él en la mano sería imposible orientarse, pese a la minuciosidad del relato, y aun incurre en errores concretos de topografía (...). La topografía del puerto es totalmente inventada, pero ello aumenta, a mi ver, el valor y el mérito de este capítulo. (...) A cuantos nos es familiar el tránsito del puerto de Sejos, nos da la lectura de este capítulo cabal impresión de él, siendo enorme la sorpresa del análisis demorado al comprobar que ni un pico ni un barranco están en su lugar" (2).

Partiendo por tanto de la hipótesis de que el novelista "recrea" una realidad paisajística que parece ser que conocía (posiblemente Pereda hubiera recorrido la comarca campurriana con motivo de su gira electoral en 1871, cuando se presentó representando al partido carlista por el distrito de Cabuérniga, aunque no tenemos seguridad de este dato), y sobre la cual inequívocamente se había documentado para abordar las descripciones paisajísticas, contando con la opinión de buenos conocedores de la zona como don Demetrio Duque y Merino, a quien leyó el segundo capítulo de la obra cuando ya estaba compuesto, y quien, es de suponer, le diera algunas informaciones sobre lo recreado (Madariaga, 1991: 368), y sobre todo con el Sordo de Proaño, don Ángel de los Ríos (3), queremos utilizar como pretexto las descripciones del paisaje campurriano realizadas por el narrador de la novela para trazar una "ruta literaria" por la comarca de Campoo hasta Sejos, ruta que el andariego de aficiones letradas puede realizar con la novela de Pereda bajo el brazo, pero que en definitiva le puede servir al turista común o a los propios lugareños para conocer una de las zonas de mayor belleza natural de la comarca.

Pero antes de comenzar a desglosar nuestro itinerario, convendrá recordar el argumento de esta novela de la que el paisaje es elemento sustancial. Peñas arriba relata la llegada de Marcelo, un joven abogado madrileño, a la aldea montañesa de Tablanca y su descubrimiento de una naturaleza bravia y majestuosa y de la armonía que reina en el mundo patriarcal que rige idílicamente su tío don Celso. Poco a poco se va produciendo en el espíritu del joven un proceso de conversión desde su inicial rechazo de ese mundo hasta la decisión final de continuar tras la muerte de don Celso su vida en Tablanca y de aceptar ser el heredero de la labor patriarcal de éste. Este proceso de conversión vital es un reflejo literario del persistente tópico perediano del menosprecio de corte y alabanza de aldea, y también se relaciona claramente con un cambio en la percepción del mundo natural por parte del protagonista, pues la naturaleza en la novela no solamente se configura como un marco en el que transcurre la acción, sino que adquiere una dimensión psicológica y mítico-religiosa, apoyando y motivando la metamorfosis en el alma del madrileño. Además, Marcelo, en su proceso de transformación espiritual recibe el acicate de una virginal muchacha, Lituca, y sobre todo, la ayuda de varios personajes-guía, como el aldeano Chisco, que le instruye en el arte de la caza y le acompaña en varios viajes (el primero de ellos, el que lleva a Marcelo desde Reinosa a Tablanca será el que centre nuestro interés en este artículo), el médico Neluco, portavoz del ideario regeneracionista de Pereda, el cura don Sabas que le inicia en la contemplación un tanto mística de la belleza de las montañas y el paisaje, don Celso, convertido a ojos de Marcelo en el modelo de patriarca tradicional y el Señor de la Torre de Provedaño, trasunto literario del hidalgo campurriano don Ángel de los Ríos. Este último personaje explica al joven la historia de la región y el papel de su tío don Celso como último eslabón de ese liderazgo patriarcal que desde el Medievo ha ido rigiendo en armonía la vida comunitaria del pueblo.

En el capítulo II de la novela comienzan los primeros pasos del viaje a la Montaña de Marcelo, el joven abogado madrileño que, llamado por su tío don Celso, decide conocer el terruño de sus antepasados, y no es casual, dadas las comunicaciones de la época, que dicho periplo se inicie con la llegada del muchacho a la estación de Reinosa, primer paso en el duro camino hacia la Casona de Tablanca, trasunto literario del pueblo de Tudanca, el referente real en el que se desarrolla el texto literario. En este artículo nos interesa solamente la que llamaremos parte campurriana de este viaje, a la que dedicaremos las primeras páginas de nuestro análisis, aunque posteriormente sigamos las andanzas de Marcelo en su caminata desde Tablanca a Provedaño (si hablamos del término literario debemos respetarlo, y si usamos el real, también).

El texto será nuestro hilo conductor, lo cual nos servirá para releer algunos pasajes de la novela, y a partir de esa lectura plantearemos nuestra teoría sobre cuál fue el camino que hizo el por-pio Pereda en un viaje similar, camino que sin duda recordaría al describir los paisajes de Campoo en la novela. También valoraremos la relación entre el espacio novelesco y el espacio real. Todo ello es el fruto de la experimentación sobre el terreno de dicho recorrido, que se plasma en imágenes que utilizamos como argumento de nuestras afirmaciones.


LLEGADA A REINOS A Y SALIDA DEL PUEBLO


El punto de partida de nuestra ruta perediana por Campoo es Reinosa. Desde ella empiezan su recorrido la mayoría de los visitantes a esta región y de ella parte Marcelo en su viaje hacia las montañas. Nos dice éste
en la novela de Pereda:

Y acometí la empresa en la fecha convenida, un día de los últimos de octubre, frío y nebuloso en las alturas de la romana Julióbriga. En la clásica villa inmediata, término de mi jornada primera y única posible en ferrocarril, hice un alto de media hora escasa: lo puramente indispensable para desentumecer los miembros y confortar el estómago; porque no había tiempo que perder, según dictamen del espolique que me aguardaba en aquel punto desde la víspera con dos caballejos de la tierra, espelurciados y chaparretes, uno para conducirme a mí y otro para cargar con mis equipajes (4).

Poco tiempo, sin ninguna duda, media hora para conocer la ciudad. Sigamos con Marcelo, el protagonista de Peñas arriba, la ruta de internamiento en el valle de Campoo.

Puestos en marcha todos, bien corrida ya la media mañana, delante el espolique, llevando del ramal la cabalgadura que apenas se veía debajo de la balumba de mis maletas y envoltorios, sin salir del casco de la villa atravesamos por un puente viejo(5) el Ebro recién nacido; a bien corto trecho de allí y después de bajar un breve recuesto que era por aquel lado como el suburbio de la población que dejábamos a la espalda, vímonos en campo libre, si libre puede llamarse lo que está circuido de barreras.
De las cumbres de las más elevadas se desprendían jirones de la niebla que las envolvía, y remedaban húmedos vellones puestos a secar en las puntas de las rocas y sobre la espesura de aquellas seculares y casi inaccesibles arboledas, con el aire serrano que soplaba sin cesar, y tan fresco que me obligaba a levantar hasta las orejas el cuello de mi recio impermeable
(6).

En este punto tenemos que plantearnos una cuestión. Pereda habla de unas barreras, pero seguramente se refiere, no al escudo de Campoo (7), sino a los montes que circundan Reinosa y que se prolongan hasta formar aquél. La descripción de este tramo inicial, tal y como podemos ver a través de las imágenes, se ajusta bastante al modelo.

Antonio Rey, apoyándose en Cossío, señala que "la descripción ofrecida del valle de Campoo es bastante fiel a la realidad. No en vano Pereda se había documentado abundantemente y había recorrido la zona en varios momentos, pues además del viaje electoral de 1871, en el que hizo acopio de detalles importantísimos, aunque estuviera ya lejano en el tiempo, Jen vísperas de poner mano a la composición de la novela quiso Pereda documentarse con precisión, y para ello emprendió la subida..." (8).

Por lo tanto, podremos realizar un recorrido, al menos inicialmente y salvando las distancias que el tiempo ha impuesto, muy parecido al que realizó Pereda para documentarse antes de escribir este pasaje de la novela, en la cual intentaría reflejarlo con la mayor precisión posible.

Siguiendo nuestro camino encarados al Oeste, llevábamos continuamente a la izquierda, aguas arriba, el cauce del río, con sus frescas y verdes orillas y rozagantes bóvedas y doseles de mimbreras, alisos y zarzamoras, y topábamos de tarde en cuando con unpueblecillo que, aunque no muy alegre de color, animaba un poco la monotonía del paisaje (9).


EL MÍTICO FONTIBRE
La recreación perediana del famoso lugar de nacimiento del río Ebro resulta bastante detallada:

A la vera del último de los de esta serie de ellos, en el centro de un reducido anfiteatro de cerros pelados en sus cimas, se veía surgir rehollando los copiosos manantiales del famoso río que, después deformar breve remanso como para orientarse en el terreno y adquirir alimentos entre los taludes de su propia cuna, escapa de allí, a todo correr, a escondidas de la luz siempre que puede, como todo el que obra mal, para salir pronto de su tierra nativa, llevar el beneficio de sus aguas a extraños campos y desconocidas gentes, y pagar al fin de su desatentado curso el tributo de su caudal a quien no se le debe un buen derecho. Y a fe que, o mis ojos me engañaron mucho, o sería obra bien fácil y barata atajar al fugitivo a muy poca distancia de sus fuentes, y en castigo de su deslealtad, despeñarle monte abajo sin darle punto de reposo hasta entregarle, macerado y en espumas, a las iras de su dueño y natural señor, el anchuroso y fiero mar Cantábrico (10).

No ha sido Pereda el único escritor que se ha acercado a este emblemático rincón de la comarca de Campoo. Todos ellos lo han hecho desde distintas sensibilidades, pero siempre con el común denominador de encontrarse ante un lugar en cierto modo mágico. Veamos lo que escribió José María de Cossío sobre este lugar (11).

La carretera por donde hoy pasamos de Proaño a Reinosa tiene un indicador que advierte, como de cosa importante, encontrarnos junto a las fuentes del Ebro: Fontibre. Felizmente inevitable es la parada, y la meditación. Yantes que nada recordamos que asociado al nombre del Ebro aparece en la historia por primera vez escrito el nombre de Cantabria. Del año 195 antes de Jesucristo son los fragmentos de las "Historia" de Catón, y en uno de ellos se lee: "Fluvium Hiberum, is oritur ex Cantabris, magnus atquepulcher, pisculentus"; nace el Ebro en los Cántabros, y es grande, hermoso y abundante en peces.
En una hondonada, junto a la aldea, surgen las aguas entre lanchas y peñas, borbollando gozosas, como sí la libertad del primer remanso no hubiera de convertirse en forzada marcha dentro de un cauce nunca bastante ancho para presumir la libertad, y desbordado tan sólo en turbias y devastadoras avenidas, verdaderas revoluciones fluviales tan demoledoras e inútiles como las políticas. El lugares amenísimo. El agua encalmada refleja los cien árboles de las márgenes, y en este nacimiento, su anchura y severidad parecen prefigurar su caudaloso destino.


Pereda no se centra en las cuestiones destacadas por Cossío. Más bien, se refiere a una "injusticia natural": el que el río lleve sus aguas a otras regiones y a otros mares, casi achacándole la culpa con una sorprendente labor de personificación.

De sus palabras se podrían obtener argumentos para una obra hidráulica que algunos han propuesto -y siguen proponiendo- ya desde hace bastante tiempo.

 


CERCA DE ARGÜESO

Andando, andando siempre arrimado a las estribaciones de la derecha fueron enrareciéndose los estorbos de la izquierda y dejándose ver, por los frecuentes y anchos boquerones, llanuras de suelo verde salpicadas de pueblecillos entre espesas arboledas, unos al socaire de los montes lejanos y otros arrimaditos a las orillas de un río de sosegado curso que serpeaba por el valle (12).

-¿Es éste el Ebro?-pregunté a Chisco sin considerar que dejábamos sus fuentes más atrás y sus aguas corriendo en dirección opuesta a la que llevábamos nosotros.

-¿El Ebru?- -respondió el espolique admirado de mi pregunta-. Écheli un galgu ya, por el andar que yevaba cuando le encontremus nacienti. Éste es el "Eger" (Híjar), que sal de aquellus montis de acuyá enfrenti. Pero bien arrepará la cosa, no iba usté muy apatau de lo justo, porque si no es el Ebru ahora propiamenti, no tarda mucho ratu en alcanzarli ayá; y tan Ebru resulta ya el unu como el otru.

-Y este valle, ¿cómo se llama?

-Esta parte de él que vamus pisandu, pa el cuasi, Campoo de Arriba.

De buena gana hubiera revuelto mi cabalgadura hacia sus risueñas praderías, cruzadas de senderos blandos y tentadores; pero me arrastraba a la derecha el picaro deber, encarnado en aquel condenado espolique, siempre cosido a las faldas de los montes, como si de ellos tomara el vigor y la fortaleza que parecían crecer en él según iba caminando.

También llegó a interrumpírse la desesperante continuidad de la barrera de aquel lado, y entonces columbré sobre un cerro encajonado en el fondo de un amplio seno de montes un castillo roquero que, aunque ruinoso y cargado de yedra, conservaba las principales líneas de su sencilla y elegante arquitectura.

-¿Qué castillo es aquél?-pregunté al espolique.

-El de Argüesu, respondióme-, y dicen si es obra de morus. Para aquellos rudos montañeses, como pudo observar más adelante, toda construcción de parecida traza es debida a los moros... o a la "francesada".

En éstas y otras, volvieron a unirse y apretarse los altos muros de la barrera; fue estrechándose el valle del otro lado, y cuando quedó convertido en un saco angosto, dimos en una aldehuela que llenaba todo el fondo de él.

-Aquíse acabó lo llanu y andadera-, me dijo Chisco entonces; y como tampocu hemos de jayar en más de tres horas otru lugar ni alma vivienti que nos estorbe el caminu, si algo lepidi el cuerpu pa levantar las fuerzas, no desaprovechi esta güeña proproción de jacelu.
(13)

Será difícil que el caminante encuentre el cuadro que acaba de dibujar el narrador. Lo cual nos lleva a dudar de la intención "fotográfica" de Pereda. El realismo del autor quizás haya que entenderlo como el intento de conseguir una imagen, que el lector penetre en el espíritu del paisaje, componer un cuadro con fragmentos de visiones, más que un cuadro unitario fiel a la realidad; conseguir que el lector tenga una visión realista, más que real, del espacio, de un espacio más narrativo que auténtico. Por ello, no le pidamos al texto más de lo que el autor -desde su perspectiva literaria- le quiso dar.


LA ASCENSIÓN A LA MONTAÑA

Abandonamos el valle y nos adentramos en el dominio del mundo natural.

A partir de aquí, se ve mucho más claramente que los datos geográficos que aporta Pereda son más literarios que reales. Según indica Cossío, parece ser que Pereda "emprendió la subida desde Soto al puerto de Sejos, acompañado del fino costumbrista campurriano Demetrio Duque y Merino, pero la niebla les hizo desistir de la excursión que hubiera resultado inútil. Poco más tarde atraviesa el macizo montañoso, pero no por el puerto de Sejos, sino por las cumbres de Palombera, yendo de Cabuérniga a Campoo. Con estos datos directos, más los informes de Cuevas y Duque y Merino, a cuya censura geográfica sometió el viaje de Marcelo por Sejos, compuso este capítulo. Ya mediada la novela, en el verano de 1893, vuelve a Campoo, y así lo comunica a su primo Cuevas en carta que lleva fecha de 19 de agosto: [.,.] Vino el Sordo (don Ángel de los Ríos) por aquí, empeñóse en enseñarme el puerto de Sejos y el valle de Campoo, Proaño inclusive, y entre ir y volver [...] viendo otras cosas que no había visto y me han servido para rectificar muchos errores cometidos en el itinerario de mi personaje, se me fue cerca de una semana (José María de Cossío, "La obra literaria de Pereda", en Estudios de escritores montañeses, III, Santander, 1973, págs. 269-270)" (14).

Veamos cómo describe Pereda la subida al puerto desde el momento en el que planean, desde abajo, la excursión.

Nos hallábamos entonces al píe de una altísima sierra que se desenvolvía a diestro y a siniestro en interminable anfiteatro.
-¿Por dónde tomaremos ahora-, pregunté a Chisco, y adonde iremos a salir?
-¿Vey usté- respondióme levantando y extendiendo el brazo y apuntando con la navaja abierta mientras mascaba los primeros bocados de pan y queso; vey usté enfrenti de nos, ayárriba de tou una coya (collada) entre dos cuetus..., vamos, al acabar de esta primera sierra?
-Sí la veo- contesté.
-Pos güenu: ¿vey usté también por entre los dos cuetus de la coya otra lomba (loma) más alta que cierra tou el boqueti?
-La veo.
-Por ayí hemos de pasar.
-¿Por entre los dos cuetos?
-Por encima de la lomba que va del unu al otru.
-¿Por encima de aquella última?
-Por encima de la mesma.
-¡Pero hombre- dije estremeciéndome, si sobre aquella loma
no se ve más que el cielo!
-Pos crea usté- me replicó el espolique con gran prosopopeya, que así y con tou, hay mucha tierra que pisar al otru lau
(15).

Resulta difícil ver el paisaje que aquí describe el espolique, desde Soto o desde cualquier otro pueblo del valle. Saliendo del pueblo, primero hay que atravesar un bosque, después del cual llegaremos a la parte de arriba del primer escalón de la subida. Sí parece más posible apreciar ese paisaje desde aquí, desde la loma a la que suben los personajes, como veremos en las siguientes fotografías.
Continúa el relato de Marcelo:

No quise estimar con la imaginación las dificultades que podían aguardarme en aquella empresa que acometía por mi propia y libérrima voluntad; y sin decir otra palabra me puse en seguimiento del espolique.

El cual tomó apecho, y a buena cuenta, los agrios callejones que parecían ser las raíces con que estaba el monte adherido al valle; callejones sarpullidos de cantos removidos y descarnados por el constante fluir de los regatos que por allí bajan desde sus cercanos manantiales.

A estas incómodas sendas, encerradas entre setos bravios y desconcertadas arboledas, sucedió muy pronto el suelo blando y enteramente despejado de la sierra
(16).

A veces era tan fino el tapiz de hierba menuda entre brezales rastreros y apretados, que resbalaban sobre él los caballos con mayor frecuencia que sobre los pedruscos y lástrales del camino andado por la linde del valle; pero como había espacio abundante y desembarazado en todas direcciones, aprovechaba yo bien estas ventajas para "cuartear" a mi gusto la subida e ir ganando la altura por donde mejor me pareciera. Chisco me precedía trepando sosegadamente por derecho, garantido por sus tarugos contra los resbalones de que no se libraba el caballo que conducía de las riendas cuando pisaba sobre el atusado ramaje de los brezos. Poco a poco el bombeo de la sierra, que desde abajo parecía continuo y uniforme, empezó a encoger el radio de su curva hasta quedar la trillada senda que nos era forzoso seguir como raya de mulo sobre su espinazo, y a cada lado una profunda ''hoyada" con hermosas brañas en sus laderas y arroyos cristalinos en el fondo, golosinas que saboreaban a sus anchas las yeguadas y rebaños que se buscaban la vida por allí.

Llevábamos ya más de una hora de subir, y aún nos faltaba un buen tramo para llegara la cumbre que habíamos de trasponer. Pasado el lomo de las dos hoyadas, empezó Chisco a dar señales de tener mucha prisa por llegara algún sitio determinado, y al fin resultó ser un arroyo de aguas purísimas y transparentes como el cristal, y en que bebieron a un mismo tiempo, y en una misma poza, el espolique y su caballo. Noté, al acercarme a ellos, que andaba el mío algo codicioso del mismo regalo, y no traté de negárselo. Mientras bebía con ansia lapobre bestia, quedé yo encarado en opuesta dirección a la que había llevado subiendo, y con un panorama a la vista que me dejó maravillado
(17).

-¿Qué valle es éste?-pregunté a Chisco, que se limpiaba los hocicos con la manga de su lástico.
-Pos el vayi por onde hemus pasau- me respondió; sólo que como no vimus más que la parte de acá y esu en racionis...
Era verdaderamente hermosa aquella planicie que se perdía de vista hacia el Sur...
(18).


EL PUERTO: FRONTERA ENTRE DOS MUNDOS

Cuando éste no tuvo más que decirme, continuó su acompasada marcha monte arriba, y no tardé en verle detenido con su caballo, y como encaramados los dos en el parapeto de una azotea, sobre el perfil de la loma, destacándose ambas siluetas en una mancha azul del cielo remendado de nubes cenicientas. Dejé yo entonces mis éxtasis contemplativos y piqué a mi dócil y resignada cabalgadura, que arrancó trotando a la querencia de la otra.

Pocos pasos antes de llegar yo al punto en que me aguardaba el espolique, volvióse éste hacia mí, y tendiendo el brazo derecho en dirección opuesta, me dijo con cierta solemnidad que entonaba muy bien con lo señalado por su mano
:
-El Puertu.

Subí lo que me faltaba, páseme junto a Chisco y miré. Tenía razón el espolique: era mucha la tierra que había que pisar por aquel lado. ¡Pero qué tierra, Divino Dios! A mi izquierda, y en primer término, dos altísimos conos unidos por sus bases, de Norte a Sur, como dos gemelos de una estirpe de gigantes; enfrente de ellos, a mi derecha, las cumbres de Palorpera dominadas por el "Cuerno" de Peña Sagra, que extendía sus lomos colosales hacia el Oeste; y allá en el fondo, pero muy lejos, cerrando el espa- ' ció abierto entre Peña Sagra y los dos conos, las enormes Peñas de Europa, coronadas ya de nieve, surgiendo desde las orillas del Cantábrico y elevándose majestuosamente entre blanquecinas veladuras de gasa transparente hasta tocar las espesas nubes del cielo con su ondulante y gallarda crestería. Por el lado en que me encontraba yo descendía la sierra blandamente hasta la base del primer cono, de la cual arrancaba hacia la derecha un cerro de acceso fácil, que resultaría montaña desde el fondo de la barranca en que terminaba bruscamente. Lo que había entre la loma de este cerro y el espacio limitado por las Peñas de Europa no era posible descubrirlo; por lo bajo quedaba oculto por el cerro y lo alto me lo tapaba una neblina que andaba, cerniéndose en jirones, de quebrada en quebrada y de boquete en boquete. Sin aquel obstáculo pertinaz hubiera visto, al decir del espolique, maravillas de pueblos y comarcas, y hasta el mar por el boquete de Peña Sagra. Hacía más imponente el cuadro el contraste de la luz del sol iluminando gran parte de los altísimos peñascos más próximos y reluciendo a lo lejos sobre las veladuras de los Picos con la tétrica penumbra del fondo de aquel brocal enorme, cuyo lado más bajo me servía a mide observatorio.

Ni entonces supe ni sabré jamás definir las complejas impresiones que me produjo la súbita aparición de aquel espectáculo ante mis ojos, en cuyas retinas conservaba todavía estampada la imagen del risueño valle de los tres Campóes. Lo que recuerdo bien es que, sin apartar la vista del cuadro que tenía al alcance de ella, me fui con el pensamiento al otro, y me abismé en la contemplación del contraste que formaban los dos.

"Allá -me decía-, la llanura abierta, los campos amenos, el sol radiante, los frutos, las flores, la égloga, el idilio de la vida; aquí, la bravura salvaje, la lobreguez de los abismos, el silencio mortal de los páramos, la inclemencia de la soledad; allí, el hombre, rey y señor de la tierra fértil; aquí, siervo infeliz, sabandija miserable de sus riscos escarpados y de sus moles infecundas". Y me sentí invadido de una profunda tristeza
(19).

Si observamos atentamente un mapa topográfico, podremos ver:
- el "cuerno de Peña Sagra";
- las "Peñas de Europa";
- el nombre actual de lo que en el texto se denomina "El Puertu" es el collado de Rumaceo;
- no se puede referir con ese término al actual puerto de Palombera, porque dice que las cumbres de Palorpera -con un ligero cambio en la toponimia en el texto literario se encuentran a su derecha;
- los "dos altísimos conos unidos por sus bases, de Norte a Sur, como dos gemelos de una estirpe de gigantes" son el Cordel y el Hiján;
- "un cerro de acceso fácil" se refiere seguramente al Monte de la Canal del Infierno.

Ciertamente, todos estos elementos se pueden ver en un mapa y en la realidad. Quien no haya estado en el collado de Rumaceo no puede tener la visión de esos dos colosos. Pero hay otros elementos en la descripción que introducen algunas discrepancias con la realidad -el mar, los Picos de Europa-, que no forman parte del cuadro y que han llevado a los estudiosos del tema a plantear el origen de la materia novelesca que utiliza aquí Pereda, aunque, como veremos en el testimonio que citamos a continuación, la impresión que produce la lectura de estos pasajes es mucho más viva que lo que cabría esperar de tan escaso realismo. Antonio Rey recoge el testimonio de Cossío a propósito de esta cuestión: "puede asegurarse que desde que Marcelo abandona las laderas campurrianas, todo el itinerario, o mejor dicho, sus paisajes y accidentes, son creación de Pereda. Con él en la mano sería imposible orientarse, pese a la minuciosidad del relato, y aun incurre en errores concretos de topografía [...] Peña Sagra había de quedar muy a la izquierda, al otro lado de la cuenca del Nansa y sin relación, ni remota, con las cumbres de Palombera [...] La topografía del puerto es totalmente inventada, pero ello aumenta, a mi ver, el valor y el mérito de este capítulo. Con elementos arbitrarios, con referencias caprichosas a un puerto creado por su imaginación, logra el artista comunicar la impresión del auténtico Sejos [...] A cuantos nos es familiar el tránsito del puerto de Sejos, nos da la lectura de este capítulo cabal impresión de él, siendo enorme la sorpresa del análisis demorado al comprobar que ni un pico ni un barranco están en su lugar" (20). Pero Pereda consigue lo que quiere: reflejar un tipo de naturaleza que se contrapone perfectamente con el mundo civilizado que deja detrás el protagonista, como se ve al final del texto anterior. Que la intención de Pereda no es "descriptiva" (21) se puede comprobar también en los dos textos que vienen a continuación.
El relato prosigue de la forma siguiente:

Hecho el descenso de aquella parte del brocal muy fácilmente, no tardamos en subir la ladera del cerro que seguía a la primera hondonada, Arrastrábame hacia allí la fuerza misteriosa de una curiosidad que tenía mucho de la atracción de los abismos. Llegó Chisco a la loma antes que yo, según costumbre, y aguardándome con el brazo extendido ya, como la otra vez, para mostrarme lo que desde allí se veía... ¡Y por Cristo crucificado que no era poco!

El pozo de antes se ahondaba por aquel lado mucho más, y su suelo, ondulante y caprichoso, se perdía en todas direcciones entre espesas neblinas sobre las cuales alzaban sus cabezas de granito las montañas del brocal. Toda aquella interminable superficie parecía un mar de lava cuajado de repente; un mar hasta con sus islotes y escollos; unos monolitos muy grandes que se destacaban, escuetos y descarnados, sobre la aridez del suelo entre matojos de "escobinos", de árnica o de regaliz. Abundaban los manchones verdes de las bruñas de jugosos pastos, y no era ingrato a la vista el color de otros detalles; pero ¡lo demás!... Aquellos cantos pelados, tan grandes, tan secos, tan esparcidos en todas direcciones; aquella inmensa extensión calva, monda, rapada y desnuda de todo follaje; aquellas nieblas tenaces, cerrando todas las salidas y surgiendo de todas las hoyadas; aquellos riscos inaccesibles y fantásticos, elevándose sobre todo y por todos lados; aquel cierzo continuo y gemebundo, que parecía el espíritu funerario de las grandes necrópolis, llevando consigo los jirones de la niebla como si fueran sudarios arrancados de las tumbas en los senos entenebrecidos de las barrancas; aquellos buitres que me señalaba Chisco, revolando en las alturas; aquel cielo, que iba encapotándose poco a poco.., todo ello, que era lo más, visto a través de los lentes pesimistas de mis ojos, se imponía al resto, que era relativamente muy escaso, y me presentaba toda la superficie del Puerto bajo un aspecto feroz y repulsivo. Yo no veía más que una llanura infinita plagada de costras y tumores; los monolitos solitarios y dispersos se me antojaban erupciones de verrugas asquerosas sobre una inmensa piel de leproso.

Contemplando desde la sierra lo que se veía del panorama del Puerto, habíame comparado yo, por la fuerza del contraste, con un mísero gusanejo; pero al hallarme en el observatorio de más adentro, ¡qué cambio tan radical y tan súbito de ideas, y cuan extrañas las impresiones recibidas!... Creo que fue de espanto, de frío y de arrepentimiento la primera, y estoy seguro de que fue de melancolía la segunda, como lo estoy también de que la siguiente me infundió la sensación de lo que tenía a la vista, de tal modo y con tal intensidad y fuerza, que hubiera jurado yo que circulaban por mis venas líquidos pedernales, y era mi cuerpo una estatua de granito coronada con manojos de loberas y acebuches
.
Es imposible reflejar con una sola fotografía el paisaje abarcado por la vista del protagonista en este momento. El cerro al que hace referencia Marcelo, seguramente es el situado al este de la Caseta del Campanario, visto desde el descenso del collado denominado en la novela como el Puertu. Desde este cerro es imposible ver toda la extensión de tierra denominada Puertos de Sejos. Para ver lo que se describe en la novela, resultaría más conveniente situarse en la propia Caseta del campanario, pues desde allí pueden observarse las famosas piedras de Sejos y encaminarse hacia el collado de Sejos, salida natural hacia Polaciones, sin necesidad de seguir la pista abierta recientemente.


SALIDA DE CAMPOO

Y ahora por dónde tomamos?
Tou por derechu- me respondió.
-Pues ¡Hala!, y a buen andar si puedes.
-¡Jorria!- exclamó Chisco comenzando a descender la otra ladera con igual frescura que si no se hubiera movido hasta entonces.

Seguíle yo sin titubear, y al verme luego en las honduras de aquel inmenso barranco, me pareció que se quebraba el último vínculo que me ligaba al mundo que yo conocía.

Estábamos indudablemente, sí no en el corazón, en una de las visceras más considerables de la cordillera. ¡Y en otra viscera por el estilo se escondía mi nuevo hogar!... ¡Santo Dios, en qué empresa me había arrojado un momento de sensiblería humanitaria! Por ver de todo, se podía ver hasta aquella espantosa desolación; pero habitar allí...
/.../
Más de una hora tardamos en atravesar el Puerto, que mide, por aquella línea, cerca de dos leguas. Al fin de esta jornada fastidiosa, nueva sorpresa para mí, nuevo espectáculo, nuevas ideas y nuevas impresiones. Un despeñadero al frente, otro a la derecha, otro a la izquierda... ¿Por cuál de ellos tomaría Chisco?... Por el peor, por el primero, por el único que, aunque mala, tenía salida visible. Esta salida era la resultante de algo así como el desmoronamiento de una colosal muralla construida por titanes para escalar nuevamente el cielo. Por uno de los intersticios de aquella escombrera de montes dislocados, musgosos unos y a medio revestir de avellanales, argomas y acebuches otros, alguno de ellos bien poblado de hayas robustas o de esbeltos "mostajos" (el árbol de sabroso y encarnado fruto), con grandes manchas rojizas en la falda, impresas por los secos helechales, y todos con parte de sus esqueletos de roca asomando por los desgarrones de sus vestiduras, iba el camino que conducía al término de mi empecatada expedición. Mas para llegar a él teníamos que bajar a una pendiente que daba vértigo. Por allí se deslizaba la vereda, de lastras resbaladizas lo más de ella, en zigzags, entre jarales y arbustos algunas veces; muchas al descubierto sobre la barranca, en cuyo fondo entenebrecido por las malezas de ambas orillas, refunfuñaban las aguas de los regatos vagabundos encauzadas allí para ira engrosar por caprichosos derroteros el caudal del río que se despeñaba a nuestra izquierda y al otro lado del Puerto.

A todo esto, la noche se aproximaba; el tinte amarillento del follaje que se moría, destacando sobre el plomizo oscuro de los montes, daba a los términos más cercanos una lividez cadavérica; y del fondo de los precipicios, donde se pudría la vegetación que ya había muerto, subía un olor acre, un vaho de tanino que me crispaba los nervios.

/.../ la contemplación de aquel laberinto de sierras bravias, de cuetos escarpados y de picachos inaccesibles; de ásperos y sombríos repliegues, de pavorosas quebradas y de abruptos peñascales, transportó súbitamente mis imaginaciones a los entusiasmos "arqueológicos" de mi padre; allí me sentí contaminado de ellos; allí concebí al cántabro de sus himnos en toda su bárbara grandeza, hasta vestido de pieles y bebiendo sangre de caballo; y aun llegué a verle: le vi, sí, resucitado en carne y hueso, en la carne y en los huesos de mi propio espolique. Aquel cuerpo fornido e incansable; aquellas guedejas estoposas; aquel palo pinto, que en su diestra remedaba un venablo; aquel paraguas azul que, bajo su brazo izquierdo, podía tomarse por un haz de flechas envenenadas; aquella mandíbula saliente; aquel mirar poderoso e imperturbable; aquella faz montuna y atezada... ¡oh!, escarbando un poco en todo aquello, no había duda, resultaba el cántabro primitivo.

Comprendí entonces su resistencia de seis años contra las invencibles legiones de Augusto; y las legiones enteras despedazadas en el fondo de los desfiladeros, o rodando por las agrias laderas, aplastadas por los peñascos desgajados de las cumbres; el sentimiento exaltado de su salvaje independencia, la muerte en cruz antes que el yugo del conquistador...; todo, todo, lo comprendí y todo lo sentí, lo mismo que lo había comprendido y sentido mi padre, menos que pudiera vivir en tales vericuetos y tan esquivas soledades un hombre de mi educación, de mis sentimientos y de mis hábitos.

Con estas fantasías en la cabeza y los ojos cerrados muy a menudo por no ver los abismos a mis pies, fui bajando la pendiente como y por donde quiso mi caballejo, a cuya juiciosa firmeza me había entregado con ciega fe desde arriba, por encargo del propio Chisco, que me precedía caminando por el derrumbadero con igual desembarazo que yo por los pasillos de mi casa.

Metido ya en la grieta como una lagartija, apenas daba el camino "usgoso" y desconcertado, para sentar sus pies, con grandes precauciones, mi jamelgo. A lo mejor, grandes doseles de granito con lambrequines de zarzas y escaramujos raspándome la cabeza, mientras que por el lado derecho me punzaban las espinas de los escajos, y el más ligero resbalón de mi cabalgadura podía lanzarme a las simas de la izquierda. Y mirando hacia arriba en busca de luz, que ya nos faltaba abajo, montes erizados de crestas blanquecinas y conos encapuchados de espesa niebla, y gárgolas de tajada roca amenazando desplomarse sobre nosotros; y a todo esto, el camino estrechando y retorciéndose cada vez más, subiendo aquí, bajando allá y sin poder yo darme cuenta de si, desde que habíamos descendido del Puerto, bajábamos o subíamos en definitiva.

-¡Oh condenados admiradores de la Naturaleza "en toda su grandiosidad salvaje"!- decíame yo, entumecido y quebrantado de alma y de cuerpo-. Aquí os daría yo el pago de vuestras sensiblerías de embuste, poniéndoos a pasto de admiración durante medía semana.

Al fin resultó que bajábamos; y esto lo noté cuando me vi en terreno un poco más abierto y despejado: una espaciosa rambla que terminaba en una "vadera "por la que corrían hacia el Nansa, aún no visto por mí, los acumulados tributos que le pagaban los montes de aquella vertiente
(22).

Con este fragmento, Pereda termina de describir una ruta de la que nos habla José Calderón en un artículo en el que explica cuáles son los caminos antiguos que recorrían Campoo. En el fragmento que reproducimos a continuación nos especifica este autor cuál era para él el denominado Camino de asturianos (Habitantes de las Asturias de Santillana): "el camino de Sejos (pues le hay), es la vía romana que subiendo desde la Marina por la cuenca del Nansa (en Polaciones hay por lo menos tres puentes) entra desde Huznayo en los puertos de Sejos, y sale de ellos por el collado de Romaceo, al encuentro de la otra vía romana que sube por la cuenca del Saja, y que tan bien acertó a señalar desde Cabezón a la frontal que sube por la cuenca de Soto. Hechas una de las dos vías, cruza Campoo de norte a sur y, por el collado de Somahoz (el Sometum de la Edad Media), va por la Braña y Salcedillo a Brañosera, y por las brañas de Pamporquero (pratum porquerum), a Salinas de Pisuerga, que prácticamente es lo mismo, para, como hemos dicho más arriba, seguir hacia Compostela por las cabezas de Palencia y de León, lejos del peligro de las frecuentes incursiones de la morisma, o sin el miedo de que estas incursiones pudieran producirse por sorpresa en el momento menos esperado" (23). El mismo autor señala la pervivencia del camino, desde la época romana, pasando por la Edad Media y las peregrinaciones a Santiago, hasta la actualidad, con la trashumancia de ganado. Y todo ello debido a la configuración del terreno, lo cual nos hace pensar que esa misma ruta sería la utilizada por el personaje de la novela.

Hasta aquí el relato del viaje del personaje desde Reinosa hacia Tudanca. Nosotros nos quedamos en el límite de las dos comarcas. Pero en la novela el camino sigue con el espectacular descenso por unos barrancos difícilmente localizables sobre el terreno: otra "licencia" literaria más de la novela.

Pero el personaje, en el discurrir del argumento de la novela, vuelve de nuevo a Campoo, lo cual nos permitirá desandar el camino.


REGRESO AL VALLE DE CAMPOO


El camino de regreso al valle lo realizaremos también por la ruta que describe Pereda. Esta vez, el protagonista de la novela es acompañado por Neluco, el médico de Tablanca, en un viaje cuyo motivo es la visita a una figura ilustre en la cultura campurriana, don Ángel de los Ríos, el Sordo de Proaño -el Provedaño que se menciona en el texto-.

Cuando menos lo esperaba me encontré en el Puerto, que me pareció menos interesante que la primera vez, porque le veía a la inversa de entonces, con la línea insulsa de la sierra baja por gran parte de su fondo, en lugar de las grandiosas montañas que en esta segunda visita iban quedando a mi espalda. También flotaban sobre él las nieblas, como en el monte por donde habíamos subido, y también lo deploró Neluco, porque me impedían gozar del espectáculo admirable, que tanto me había ponderado Chisco a su modo. [..]

Al fin traspusimos la cumbre de la sierra que limita el Puerto hacia el Sur, y volvía contemplar la verde y extensa planicie del valle de los tres Campóes. Con aquel espectáculo revivió mi espíritu adormilado, y comencé a respirar con avidez el aire de la hermosa vega, como si me hubiera faltado hasta entonces el necesario para la vida; caso que no admiró Neluco por lo raro cuando se le declaré, porque, por una ley fisiológica, del peso "ideal" de las grandes moles que agobia a los espíritus avezados a las llanuras abiertas y despejadas, participa el organismo físico también. Bajando sin cesar nuestras cabalgaduras, que ya no podían con el rabo, por los senderos que yo había conocido al subir, a media bajada se salió de ellos Neluco y tomó por otro hacia la derecha.


Desde el punto mencionado en la novela, no se tiene más que una visión muy parcial del valle. Las empinadas laderas que comienzan en Proaño impiden tener una visión panorámica de todo el valle. Al final de esas cuestas se sitúa la cuenca de Proaño, cuyo arroyo marcaría el camino que los personajes de la novela tenían que seguir para llegar al pueblo. Actualmente hay una pista ancha que impide perderse. Y aquí continuaría el relato:

A poco rato de andar en él, descubrimos en el extremo del valle más arrimado a aquella estribación de la sierra y debajo de nosotros, una gran torre señorial con un grupo de edificios agregados a ella, a corta distancia de un pueblecito agrupado en una frondosa rinconada del monte.
Señalando al pueblo y luego a la torre y sus accesorias, y deteniendo al mismo tiempo su caballo, me dijo Neluco:
-Aquel lugarejo es Provedaño, y aquí está el fin de nuestra jornada de hoy
(24).


PROAÑO

Los textos propuestos a continuación pueden ilustrar una visita a la torre de Proaño. Se pueden usar como punto de referencia para comprobar las diferencias entre lo que se nos narra en la novela de Pereda y lo que se vaya viendo. Estos textos se podrían ilustrar con muchas fotografías, dada la gran cantidad de detalles de la casa que se nos ofrece en el relato; nosotros sólo recogemos una panorámica de estos edificios desde la carretera que conduce hacia Proaño desde Reinosa, a la entrada del pueblo. La lectura atenta de estos pasajes de la novela nos muestra la fidelidad del relato a la realidad, cosa que no podemos decir de otros momentos descriptivos del texto. Lo cual indica que Pereda, cuando conoce de primera mano el lugar, describe con realismo, pero que en otros momentos el marco espacial de la novela no es fruto de la observación directa, y, además la intención del autor es crear un clima o producir unos efectos que, seguramente, son más trascendentales para el desarrollo de la obra que la fidelidad fotográfica al modelo. Sin embargo, la maestría perediana hace que la impresión de verosimilitud sea grande.


LA TORRE Y LA HISTORIA

Lo más notable de todo ello fue para mí la torre, de la que daban dos fachadas al corral, en una de las cuales, y no en su centro, estaba la puerta de ingreso a ella, baja y angosta y reforzada con enormes clavos y grandes barrotes de hierro mohoso. Tenía cuatro pisos y terminaba en un gracioso parapeto con gárgolas de piedra para desagüe del tejadillo apuntado. Parecióme una construcción de venerable antigüedad, y no me equivoqué en el supuesto (25).

Después me habló de la torre, que se veía muy bien desde allí, y lo que sobre ella me dijo, por convenir en todo o en gran parte a otras muchas semejantes de la Montaña, merece los honores de no ser olvidado. El edificio está deshabitado desde el siglo XV, y ruinoso, por consiguiente, en particular por dentro, razón por la que me "le explicó" el solariego desde afuera y del siguiente modo, palabra más o menos:

-La disposición que tienen sus pisos (el bajo, bodega y saladero de carnes; el principal, que parece fue salón de recibo y banquetes; y los dos últimos, que se comunican por medio de trampas al fin de cada escalera) demuestra que ni de los domésticos se fiaban los amos. En el último piso se hallaban ventanas más altas y adornadas, con asientos de piedra a los lados, que servirían a las castellanas y a sus hijas o criadas para ocuparse en labores de su sexo. Repare usted que no tiene almenas, sino un parapeto o prolongación de la pared, a mayor altura que el tejado, cuyas aguas salen al exterior por gárgolas de piedra. Y si este parapeto servía para ofenderá los que intentaran socavar los cimientos de la torre, la disposición de su ferrada puerta, como usted ve, no al medio, sino a un costado de esta fachada de Occidente, hace creer que se franqueaba la entrada por medio de un balcón saliente, de piedra con matacanes o saeteras, situado en el centro y a la altura del primer piso, donde ahora se ve esa ventana cuadrada, mal acomodada al arco de salida que interiormente se conserva, y no hay en los otros dos frentes, provistos de ventanas ojivas o treboladas, mientras el del Norte, sólo tiene saeteras o aspilleras de todos... Vea usted sobre la puerta un pequeño escudo; acaso es el único que se conserva de los primitivos que se usaron, porque no tiene cimera o celada; y en la orla de dos "ríos" toscamente diseñados, se ven armas y trofeos militares, aún más confusos, que algunos han tomado por letras desconocidas, y a otros se les antojaron cabezas de serpientes, cuando eran ellos los que no conocían las catapultas, escorpiones y bodoques usados como máquinas ofensivas antes de la invención de la pólvora, ni la caldera y pendón, insignia de los ricos hombres o caudillos de mesnada. Estas señales y la certidumbre de que en España no se figuraron armas de linaje hasta fines del siglo XII, y muy poco después se introdujo la arquitectura ojival que se nota en la puerta y ventanaje de la torre, me hace fijar su construcción a principios del siglo XIII, tal vez por el mismo señor cuyo castillo roquero de poco más abajo de aquí fue derribado en pena de alguna rebelión de las que solía promover por aquel tiempo la Casa de Lara, extendida en muchas ramas por este valle y los inmediatos, y reprimida con mano fuerte por el rey don Fernando, como su nieta Isabel la Católica extinguió los bandos de Castilla, en que esta torre y otras se hicieron notar. También es de advertir, como resto de la independencia y tenacidad cántabras, que en estos edificios a ella agregados, donde se notan detalles del siglo XV junto a obras del XVI y siguientes, hasta el actual, no hay ningún otro escudo que el de la torre, ya descrito, si bien dos puertas interiores de esta casa que hizo el alcaide de Argüeso, cuyo castillo le chocó a usted tanto ayer, según me han dicho, entonces condenado a muerte y salvado por la influencia de su pariente el duque del Infantado, tienen escudos lisos, no sé sí para ser labrados allí, aunque estoseharía mejor antes de ponerlos en su sitio, o por haber sido picados en pena de las "Comunidades", que siguieron y acaudillaron en este país el señor de esta casa y el de la de Hoyos, hermano de Juan Bravo, el descabezado en Villalar... Y se acabó la historia, porque desde entonces, amigo mío, las casas de mayorazgos y parientes mayores de la Montaña, no tuvieron poder más que para pleitos o para poner una pica en Flandes, un aventurero en América o un voluntario como el manco insigne de lepanto, mientras los Grandes se disputaban, por las antecámaras o retretes de Palacio, los virreinatos y encomiendas, o las "llaves" de sus servidumbre. Pero más comúnmente vivieron los señores montañeses retirados en sus casonas y mayorazgos, prefiriendo ser los primeros de su aldea, a cualquier puesto de la corte, aunque sus segundones se hicieran, por su cabeza o por sus puños, obispos y generales, o trajeran de América con qué adquirir títulos y mujeres, de quienes, a la vuelta de pocas generaciones, se pudiera decirlo que de los dineros del sacristán
(26).

 

LA CASA

Guióme Neluco y seguíle yo: estaba abierta la portalada, embutida entre la torre y un extremo de los edificios que forman dos lados de la espaciosa corralada en que entramos, cerrándola por el otro lado un muro que une otra esquina de la torre con la fachada frontera de la escuadra de edificios. Éstos eran tres, aunque en una sola pieza y de una misma altura, y de distinta época cada uno de ellos; pero todos más modernos que la torre, particularmente el principal. No era esta casa tan ostentosa como la de los Pomares de Promisiones;pero si tan "bien nacida", y desde luego más rancia de linaje. Buena huerta y grandes cercados en las inmediaciones de la corralada. [...]

Después de dar un vistazo general a todos aquellos característicos accesorios, cuadras y gallineros inclusive, de la mansión del caballero a quien íbamos a visitar, y siempre bajo la dirección de Neluco, seguíle yo estragal adentro y escalera arriba, y así llegamos a la pieza que podía llamarse estrado o salón de recibir, amplia, con luces a un gran balcón de hierro, de viguetería descubiertay suelo de recias tablas de castaño. Colgaban de las paredes algunos retratos viejos, de familia, por orden de antigüedad, desde la cota de malla hasta la peluca y las chorreras; dos grandes cornucopias de talla dorada, semejantes a las que había en mi habitación de la casona de Tablanca, y un San Jerónimo penitente, muy estropeado. Los muebles no guardaban estilo, ni orden ni concierto, y en cada uno de ellos y en el conjunto de lo que contenía todo el salón, y en el salón mismo, se echaba muy de menos la huella de la hábil mano de la "señora de la casa", que faltaba en aquélla por no haberla necesitado aún su dueño para arrojar la cruz de su soledad, que no debía de pesarle mucho. De seguro que no hubiera consentido esa señora rimeros de libracos viejos y apolillados sobre el sofá de damasco rojo, ni un banco de roble tallado entre dos sillas de "reps" verde, ni dos pedruscos célticos y una escombrera de cascotes romanos encima del banco de roble y de la consola de nogal, no obstante serlos unos y los otros buena presa del solariego en sus incesantes exploraciones arqueológicas en aquellas comarcas y sus aledaños; ni una colodra colgada de un retrato. También hubiera hallado la señora ausente mucho que ordenar, o siquiera que despolvorear y aun de barrer, en la pieza inmediata, que era el despacho o cuarto de estudio del señor. Porque ¡válgame el de los cielos! ¡Cómo estaba también de libros fuera de sus estantes, y de resmas de periódicos, y de fajos de papeles, y de montones de revistas, y de huesos fósiles, y de candilejas, y "escudillas romanas", y de bronces herrumbrosos, y de ejemplares de panojas de muchas castas, en las sillas, por los suelos, en la mesa de escribir y creo que hasta en el aire! (27).


CONCLUSIONES

La prosa de Pereda tiene una innata intuición creadora, observador de la realidad que interpreta en muchos casos. No es un realista objetivo, sino más bien un creador. En este sentido es indudable la "novelización" del relato, sin embargo es posible realizar el itinerario que describe Pereda -tal y como se muestra en el mapa que figura más abajo- aunque quizás para él fue una abstracción y tal vez nunca ascendió hasta los picos en los que sitúa a don Sabas o a Marcelo.

El Sordo de ProañoPereda conocía estos parajes, en algunos casos a través de la realidad, en otros a través de los relatos que el Sordo de Proaño confiara al insigne escritor.

Reinosa, Julióbriga, Fontibre, Argüeso..., es posible realizar esta ruta acompañándonos de los textos del de Polanco; a partir de Soto los datos son más literarios que reales, pero aun así se puede seguir una ruta que asciende hasta Sejos. A partir de Soto, Pereda describe un paisaje prodigioso que difícilmente se alcanza a contemplar desde aquí, pero que puede apreciarse en su esplendor si la panorámica se realiza desde la cumbre.
No debemos confundir realidad y ficción, en estas notas establecemos la relación entre el espacio novelesco y el espacio real; en cualquier caso, es un placer realizar la ruta propuesta, releer a Pereda y comprobar cómo su acierto creador es capaz de componer una abstracción que tiene un referente en la Cantabria actual. Sirvan estas líneas como reivindicación del regionalista, recuperemos el tópico perediano del "menosprecio de corte y alabanza de aldea", recuperemos los espacios rurales, los espacios naturales; cuidemos de la tierra que dejó Pereda y que disfrutan nuestros sentidos, de esta tierra que tenemos el derecho y la obligación de conservar


NOTAS

(1) Demetrio Estébanez Calderón, Peñas arriba, Barcelona, Plaza y Janes, 1984, pág.51 y 52.
(2) Cossío, "La obra literaria de Pereda", en Estudios sobre escritores montañeses, III, Santander, 1973, pp. 269-270.
(3) Con este hidalgo campurriano recorrió en el verano de 1893 el mismo itinerario que Marcelo en el segundo capítulo del relato tras haberlo compuesto, tal como nos indica el propio polanquino en una carta a su primo Domingo Cuevas, otro de sus informadores sobre la comarca campurriana: "Estoy de peñas hasta la coronilla, y por si eran pocas las que me había trabado, vino el Sordo por aquí, empeñóse en enseñarme el puerto de Sejos y el valle de Campoo, Proaño inclusive, y entre ir y volver y verle a medias por causa de la niebla, aunque para rectificar muchos errores cometidos en el "itinerario" de mi personaje, se me fue cerca de una semana". (E. de Huidobro, "Como recuerdo", en Cantabria, Buenos Aires, 1924,
pp.8-10).
(4) José María de Pereda, Peñas arriba, Espasa-Calpe (Colección Austral, n° 414), Madrid, 1969 (5ª edición), p. 17.
(5) Seguramente se trata del puente situado junto al Cañón -véase una foto que podría ser muy parecida a lo que conoció Pereda-, en cuya salida, siguiendo la calle Peñas arriba, se encuentra el comienzo de la carretera que nos lleva hacia Espinilla y Alto Campoo, que empieza siendo Avenida del Doctor Jiménez Díaz y Paseo de San Francisco, que podemos ver en las dos siguientes fotos que separan unas cuantas décadas.
(6)Ed.cit.,p. 17.
(7) Nos referimos, con esta denominación, a los montes más altos y que cierran el valle.
(8) José María de Pereda, Peñas arriba, cit., p. 146, nota 44.
(9) Ibit,p.l7.
(10) Ed. Cit, pp. 17-18.
(11) José Mª de Cossío, Rutas literarias de la montaña, Diputación Regional de Cantabria, Ediciones de la Librería Estudio, Santander, 1989, pp. 116-120.
(12) Se refiere el relato a los pueblos situados entre Fontibre y Argüeso: Villacantid y Barrio, que no parecen justificar la expresión "salpicadas de pueblecillos".
(13) Peñas arriba, ed. cit., pp. 19-20. Si vamos avanzando por las laderas de la derecha del camino que sale de Fontibre y desembocamos -una vez visto el castillo de Argüeso- en el fondo de un valle, o hemos llegado a La Serna o a Soto. El término "aldehuela", utilizado para definir este núcleo de población, cuadra mejor con el pequeño pueblo de La Serna, pero la ascensión, tal y como se describe a continuación, parece partir más bien de Soto. En cualquier caso, vemos ya -desde esta parte del recorrido- cierta vaguedad descriptiva, algunas imprecisiones, impropias de un texto que pretendiera ser lo más realista posible: por ejemplo, no menciona el nombre de esa "aldehuela"; y, si se trata de Soto, no nombra ni se refiere al paso por La Serna, que casi obligatoriamente habría dejado atrás.
(14) Testimonio recogido en el libro: José María de Pereda, Peñas arriba (edición de Antonio Rey), Cátedra [Colección Letras Hispánicas, n° 2591, Madrid, 1995 (2a edición), p. 146, nota 44.
(15) Ed. Cit., p. 21.
(16) En las dos fotografías siguientes se pueden apreciar los dos tipos de paisaje que se mencionan en este fragmento: un hayedo y el monte bajo (brezo, escobas, arbustos, etc.). Una de ellas está aquí y la otra un poco más arriba.
(17) A pesar de las imprecisiones en la descripción, parece casi seguro que la subida descrita en la novela sea desde Ormas o desde Soto, quizás más probablemente desde este último, dado que se mencionan arroyos a ambos lados de la subida, aunque creemos que esto proviene más de la observación de mapas que de la realización a pie de dicho itinerario. En cualquier caso, saliendo de ambos pueblos se confluye en el mismo lugar, dejando siempre a la izquierda la cuenca de Proaño y avistando el Puerto en cuanto se sale del bosque. Desde ese lugar está tomada la fotografía que recoge el camino de subida al Puerto -el collado que se ve a la izquierda. La visión del valle de Campoo desde este punto, sin embargo, es muy limitada, y parece seguro que su reflejo en la novela provenga de una vista panorámica obtenida mucho más abajo, como vemos en la fotografía colocada aquí, pero obtenida poco después de abandonar el pueblo.
(18)Ed.Cit.,pp. 21-22.
(19) Ed.cit.,pp. 23-24.
(20) Antonio Rey, de su edición de la novela en la Editorial Cátedra (Colección Letras Hispánicas, n° 259), Madrid, 1955 (2a ed.), pp. 146-147, nota 44.
(21) Sería mejor decir que su intención no es primordialmente descriptiva. Sí que describe, pero, como decimos más arriba, el paisaje está subordinado al elemento mítico, es decir, lo importante es mostrar la grandiosidad de la naturaleza, para que el lector pueda entender el cambio de Marcelo de Madrid por estas montaraces tierras; y está subordinado también al elemento épico, pues el paso del hombre por esas tierras resulta casi heroico.
(22)Ed.cit.,pp. 26-28.
(23) José Calderón Escalada, "El camino de asturianos", en Fontibre, n° 44, agosto de 1961, p. 10.
(24) Peñas arriba, ed. cit., pp. 102-103.
(25) Ibíd., p. 105.
(26) Ibíd., pp. 115-116.
(27) Ibíd,, pp. 104-105.

 


BIBLIOGRAFÍA

Ediciones de Peñas arriba consultadas y citadas:
Peñas arriba, edición de D. Estébanez Calderón, Barcelona, Plaza y Janes, 1984.
Peñas arriba, edición de E. Miralles, Barcelona, Planeta, 1988.
Peñas arriba, edición, introducción y notas de A. Rey Hazas, Madrid, Cátedra, 1989.
Peñas arriba, edición de A.H. Clarke, Espasa Calpe, Colección Austral, Madrid, 1999.
Peñas arriba, edición de A.H. Clarke, Introducción y notas de José Manual López de Abiada, en Obras completas, VIII, Santander, editorial Tantín, Santander, 2001.

Estudios sobre el paisaje en Peñas arriba:
CLARKE, A.H., Pereda, paisajista (El sentimiento de la naturaleza en la novela española del siglo XIX), Santander, Institución Cultural de Cantabria, 1969.
CLARKE, A.H. (ed.), "Marcelo entre dos ríos: el visto bueno del Nansa", en Peñas arriba, cien años después, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 1997, pp. 23-42.
CLARKE, A.H. (ed.), Peñas arriba, cien años después, Colección Estudios de Literatura y pensamiento hispánicos, Sociedad Menéndez Pelayo/Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Santander, Santander, 1997.
CLARKE, A.H. (ed.), J.M. Pereda, Introducción a Peñas arriba, Madrid, Espasa-Calpe, 1999, pp. 9-94. COSSÍO, J. Mª. (ed.) J. M. Pereda, "Estudio Preliminar" a Obras completas de José María de Pereda, Aguilar, Madrid, 1934.
COSSÍO, J. Mª., La obra literaria de Pereda. Su historia y su crítica, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 1934. Recogido en Estudios sobre escritores montañeses, vol. III, Santander, Institución Cultural de Cantabria, 1973, pp. 133-292.
COSSÍO, J. Mª., José María de Pereda. Antología de escritores y artistas montañeses, Santander, Imprenta y encuademación La Moderna, 1957.
COSSÍO, J. Mª., "La historicidad en Peñas arriba", BBMP, XV, (1933), pp. 108-121.
MADARIAGA DE LA CAMPA, B., Pereda. Biografía de un novelista, Santander, Ediciones de la Librería Estvdio, 1991.
MADARIAGA DE LA CAMPA, B., "Realidad e imagen espacial en Peñas arriba", en Anthony H. Clarke (ed.), Peñas arriba, cien años después, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 1997, pp. 43-62.
REQUÉS VELASCO, P., "Los espacios geoliterarios: a propósito de la novela Peñas arriba", en Anthony H. Clarke (ed.) Peñas arriba, cíen añios después, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 1997, pp. 171-195.
REY HAZAS, A., (ed.), José María de Pereda, Introducción a Peñas arriba, Madrid, Cátedra, 1988.