Costumbrismo en la prensa campurriana a finales del siglo XIX

Irene Rodriquez Cachón

El Realismo costumbrista español del último tercio del siglo XIX, como cualquier otro movimiento literario, aporta a la Historia de la Literatura Española un conjunto de nombres sobradamente reconocidos.

Su más significado referente, José María de Pe­reda, se consolida como uno de los escritores re­presentativos del siglo y obligado es reconocer su participación en el nacimiento de la novela realis­ta y regionalista decimonónica, con un papel muy destacado en la recreación del paisaje de Cantabria. Muchos de los textos seleccionados para el presen­te estudio huelen a Pereda y su estilo tan caracte­rístico y significativo. 
 
Desde su muerte, la figura de Pereda ha sido objeto de estudio permanente. Los críticos de su producción literaria se han acercado siempre a Pe­reda con gran curiosidad para alabarle unos, de­fenderle otros, o combatirle como representante de una literatura considerada, a veces, desfasada. Pero eso no es necesariamente malo. Mientras un escri­tor suscite curiosidad es buena prueba de que aún sigue vivo.
 
Pero las características fundamentales de la literatura costumbrista y, sobre todo, el ambiente social y cultural en el que surge y se desarrolla, también pueden rastrearse en escritores de segunda y tercera fila que, la mayoría de las veces, no re­basan el ámbito local y comarcal, y cuya obra sólo se recoge en breves trabajos, más o menos abun­dantes, pero siempre de difusión restringida o, más habitualmente, en las publicaciones periódicas de su entorno inmediato.
 
Se trata de escritores coetáneos a José María de Pereda que, aunque no siempre a su sombra, son aficionados al periodismo u ocasionales escritores que vuelcan sus inquietudes literarias en publica­ciones periódicas durante los últimos años del siglo XIX y primeros del XX -plenitud del Realismo cos­tumbrista-. Estos escritores aparecen y desaparecen coincidiendo con la época en la que el costumbris­mo de Pereda está en alza. Artículos de costum­bres, folletines e incluso glosas del noticiario lle­van incesantemente sus firmas. Son colaboraciones de mayor o menor calidad que se pueden analizar como piezas de ese costumbrismo literario popular y localista carente, por lo general, de mayores pre­tensiones.
 
El análisis, en sucesión cronológica y temática, de esos variopintos trabajos periodístico-literarios en periódicos decimonónicos como son El Ebro y Campóo (publicados en Reinosa), y su vinculación, XIX no siempre deudora, con la producción literaria de José María de Pereda en sus novelas El sabor de la tierruca (1881) y Peñas arriba (1891), guiará en buena medida este artículo.
 
 
1.     El Realismo costumbrista en la lite­ratura española: José María de Pereda en El sabor de la tierruca y Peñas arriba
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Cuando ha transcurrido casi un siglo desde la muerte de José María de Pereda, existe ya una perspectiva histórica suficientemente amplia para poder analizar con objetividad el significado de su obra en el panorama literario decimonónico.
 
Se conoce bastante bien la vida y la obra de Pereda gracias a los testimonios epistolares, las crí­ticas hechas a sus libros y las informaciones de sus amigos. En Cantabria, la obra del escritor de Polanco tuvo numerosos lectores y, también, gran cantidad de imitadores que han venido sucediéndose hasta tiempos bien recientes; bien con nove­las de corte y estilo perediano o bien, con cuentos, artículos, columnas o folletines.
 
Indudablemente, el estudio sereno y objetivo de Pereda fue siempre difícil, debido a la abundancia de prejuicios y apasionamientos, como dijo acer­tadamente Azorín1. En efecto, aparte de los dife­rentes criterios generacionales y de escuela litera­ria, ha sido bastante frecuente mezclar o confundir al hombre con el novelista. La peculiaridad de su carácter, su condición de diputado carlista y, so­bre todo, la tendencia moralista de sus escritos le granjearon, desde el principio, muchas simpatías y también animadversiones. He aquí pues, la razón de los juicios tan opuestos con que se encuentra el estudioso de su obra.
 
En Pereda hay que reconocer el particular modo de ser y de escribir, que le hizo mostrarse diferente a los demás novelistas por su excesivo afán moralizador, los abundantes elementos costumbristas y sus objetivos doctrinales con propósitos religiosos y sociopolíticos. A esto, uno de sus estudiosos, José F. Montesinos le califica como «un hombre dotado para el arte de un modo increíble, uno de los más ejemplares casos de artista nato que ha conocido la literatura española»2. Benito Pérez Galdós dijo también de él que era «el más español de los escri­tores modernos»3. Pero por desgracia, en palabras de Emilia Pardo Bazán, «su endeblez como novelis­ta, el hecho de describir y narrar tipos y costum­bres santanderinas, encerrándose así en un breve de asuntos y personajes» 4y el mal consejo de sus amigos, le perjudicaron notablemente en su crea­ción literaria.
 
Ha sido habitual dar una imagen del escritor de «intimidad pacífica», sin grandes contrastes, como dice José María de Cossío5. Sin embargo, aunque se le identifique fácilmente con un hidalgo salido de su propia obra, fue un hombre que participó acti­vamente en las inquietudes de su provincia natal, gran polemista y figura destacada en el panorama literario de su tiempo.
 
Pereda tuvo una capacidad especial de percep­ción plástica que le llevó a tratar el paisaje con una paleta de limitados colores y a ver los personajes a través de una lente deformante que, en ocasio­nes, les hace ser grotescos. Acostumbrado a inspi­rarse en el natural, encontraba dificultad, como él mismo confesó, cuando se salía de los ambientes conocidos. Incluso los argumentos de sus novelas tienen esquemas semejantes y conclusiones pare­cidas. Esta dificultad de imaginación creativa y su dependencia de los modelos le hicieron ser un autor mejor costumbrista que novelista. Pero ello no im­pidió que Pereda tuviera devotos lectores también fuera de su tierra natal. Sus libros resultaban los adecuados para la burguesía por ser moralizadores y no contener mensajes que incitaran a un cambio de mentalidad.
 
También Galdós fue el escritor de la clase media, interesado por temas entonces tan polémicos como la libertad religiosa, la tolerancia, la defensa del feminismo, el reparto de la riqueza y la instrucción, considerados problemas pendientes del pueblo español. Pero el escritor montañés ignoró todo esto. Como buen burgués, prefirió refugiar­se en las aldeas perdidas y contar idilios campesi­nos de unos personajes que son buenos o malos, pero que casi nunca se rebelan contra su destino ni intentan cambiar su status social. Fue Pereda, en definitiva, ciego para percibir la evolución social e histórica de su tiempo o, lo que es más probable, prefirió la conservación de su mundo tradicional. En su obra los personajes presentan un dualismo moral y existe una moraleja que demuestra cómo el mal nunca triunfa.
 
Pereda suele mostrar un sistema perceptivo notablemente sutil, con tentáculos y antenas que capturan y absorben sonidos, colores, volúmenes, etc. Una vista y un oído agudísimos constituyen las más cabales herramientas de trabajo en manos de todo escritor. Graham Greene dijo una vez que «los novelistas tiene algo en común con el espía: fis­gonean, aguzan el oído, persiguen razones ocultas y analizan caracteres». Esta descripción se adapta en muy buena medida a la personalidad de Pereda, cuya audición y visión son delicadas membranas en las que se fijan fielmente las imágenes y los sonidos, aunque por esto haya sido criticado por el gran subjetivismo con que observa lo que le rodea.
 
1.1.    Pereda y la Montaña
Por cientos se cuentan los expedicionarios que arrancando del modesto y ennoblecido lugar de Argamasilla de Alba, supuesta cuna del gran don Quijote de la Mancha, recorren mapa en mano la ruta por donde sembró sus aventuras aquel hidalgo que tiene por patria el mundo. Tratándose de la obra del genio, hasta el detalle más nimio interesa, y es natural deseo de todo lector culto y apasiona­do el de hacer revivir ante sus ojos aquella misma realidad por el artista idealizada, para ante ella re­novar más intensa su emoción.
 
No es mucho, pues, que tratándose de Pereda, los lectores cautivos de su narración maravillosa procuren conocer cuantos elementos de arte sirvie­ron al maestro para componerla, y muy especial­mente el lugar de acción y el escenario de los epi­sodios de sus obras. Galdós confiesa en el prólogo de El sabor de la tierruca que después de haberla leído, sintió una sensación extraordinaria por co­nocer al autor y a la tierra descrita por él tan ga­llardamente6. De ahí vino su amistad con Pereda y su avecinamiento en Santander, según se repite en estas páginas.
 
En raros escritores como en Pereda se mezclan y confunden la obra y el autor, el «alma» del país que describe y la del artista, de modo tan íntimo; por eso en Pereda amamos la Montaña. Principio y término de todas las aventuras de sus personajes es la Montaña: a ella acude Marcelo (Peñas arriba) atraído por cierto llamamiento de la sangre y de la raza, y de ella se enamora y a ella se entrega, olvidando la refinada vida cortesana; a la Montaña vuelven casi todos sus protagonistas que añoran en tierra extraña las delicias y aún las pobrezas de la propia, a ella vuelven con sus desilusiones en el espíritu, como si vinieran a contar a sus paisanos que fuera del terruño todo es perdición y daño7.
 
En El sabor de la tierruca desarrolla la acción en un escenario muy querido por Pereda, me refie­ro, claro es, a cuanto de cielo, tierra y mar la vista abarca desde lo alto del campanario de Polanco; el pintoresco valle de San Martín de la Arena, con sus cauces, regatos, mieses, robledas, castañares y huertos, sierras bravías y melancólicas praderías, azulado y violado horizonte según la hora y la es­tación y coronado por los Picos de Europa.
 
Este es el paisaje que podemos llamar clásica­mente perediano: allí se sentía el maestro en su casa y es aquí donde amaba su tierra. No hay duda de que en El sabor de la tierruca aparece (lumbra­les (Polanco), con las campanas de la iglesia más sonoras y grandes, los frutos de sus mieses más ex­quisitos, las mozas de su barrio más garridas y en­cantadoras que las campanas, los frutos y las mo­zas de Rinconeda u otro cualquier barrio de los que componen el término de Polanco. De Peñas arriba no hay nada realmente significativo que advertir, pues todo es en esta novela de completa exactitud geográfica, y hasta son contadísimos los lugares que no aparecen en él con sus verdaderos nombres. Pereda se lo propuso así desde que esta gran obra germinó en su fantasía8. El viaje por Campoo, el Saja, el puerto de Sejos, Tudanca, Potaciones, Proa­ño, Soto y el Nansa es el escenario de esta novela.
 
 
2.    Las publicaciones periódicas en Cam­poo durante el último tercio del siglo XIX: El Ebro y Campóo
 
 
La proliferación de nuevas publicaciones pe­riódicas a la que se asiste en toda España duran­te el último cuarto del siglo XIX tiene su reflejo, y no anecdótico, para el ámbito campurriano en su único núcleo de fisonomía, costumbres y voluntad urbana, Reinosa. Entre 1884 y 1896 El Ebro y, con menor éxito, entre 1894 y 1898 Campóo, inician su andadura discontinua, pero reincidente, de periódi­cos dedicados por entero a las inquietudes, necesi­dades y sentimientos reinosanos y, por ello, de las tierras altas de Cantabria9.
 
El Ebro10 surge, como tantos otros periódicos similares de la época, con voluntad de publica­ción eminentemente dedicada a difundir avisos de interés entre la población (notas de sociedad, obligaciones administrativas, necesidades higiénico-sanitarias, etc.) y, sobre todo, a trasladar a los lectores abundante publicidad comercial. Pero la personalidad del fundador, director y mantenedor durante sus diez años de existencia, Demetrio Du­que y Merino'1, le convirtió desde el principio en algo más. Sin dejar de ocupar la mayor parte de sus números la publicidad de establecimientos y servi­cios reinosanos e incluso foráneos -Santander es­pecialmente-, El Ebro incorporaba colaboraciones poéticas —en ocasiones no desdeñables— artículos de costumbres, cartas al Director y de éste a los lec­tores, reflexiones y propuestas sobre la gestión de la vida política comarcal. También, durante varios de sus números apareció un folletín coleccionable en el que tras ser recortado del faldón (ocupaba dos de sus páginas y en el que Duque y Merino bajo el sobrenombre de «Bismil»), intercambiaba con el médico reinosano, Ramón Muñoz Obeso (acomo­dado, a su vez, tras el pseudónimo de «Phortos») opiniones sobre distintos temas de actualidad lite­raria.
 
De sus páginas habituales y de este folletín he seleccionado varios artículos significativos y que, sin duda, los escritores realistas y costumbristas con los que convive José María de Pereda, dejaron en manos de Duque y sus colaboradores para su posterior publicación en Reinosa12.
 
2.1.    «Al monte Saja», El Ebro (1885): las excur­siones de Marcelo (Peñas arriba) diez años antes
Casi un decenio antes de que Peñas arriba apa­reciera en el mercado, el semanario reinosano El Ebro recogía en su número 67 del 16 de agosto de 1885, la crónica que su fundador y director, Deme­trio Duque y Merino, hacía de una excursión a las estribaciones entre las tierras de Campoo de Suso y la hoy Reserva Nacional del Saja.
 
Con el título Al monte Saja se relata brevemente el recorrido de un grupo de varones campurrianos por el puerto de Palombera, trayecto que coincide casi a la perfección con el que Pereda hace recorrer en el segundo capítulo de Peñas arriba a Marcelo, cuando tras apearse del tren en Reinosa, inicia una travesía a caballo en compañía de Chisco rumbo a Tablanca. En el periódico El Ebro encontramos:
 
«Cuando llegamos al Frontal todos nos detuvi­mos. Habíamos subido cuatrocientos veinte metros desde Reinosa, y nos hallábamos por consiguiente, a mil doscientos setenta del nivel del mar. Me pa­rece que el sitio era para detenerse. Desde encima de aquella meseta, el punto medio de la carretera divisoria de las aguas que vienen por Campóo a el Ebro y van al Mediterráneo [...], extendimos la vista a nuestro alrededor por encima de las montañas, y hubiéramos llegado a divisar las aguas del Océano, según nos dijeron [...]. Es un espectáculo siempre su­blime el espectáculo grandioso de nuestras montañas patrias. La naturaleza parece aquí más viril y gigante que en las grandes llanuras, parece que debió ser más poderosa la fuerza de la creación en estas sierras. Desde aquella grande altura se contempla lo sublime, se desatienden los detalles. Cada uno de los expe­dicionarios tuvo un grito de admiración para aquel majestuoso espectáculo.»
 
Y en Peñas arriba:
«Desde luego, no había entre todos los valles que yo conocía de peñas al mar uno tan extenso ni de tanta luz como aquel; y ya, puesto a comparar, me atreví a hallarle más semejante, en sus líneas y en la austeridad de su color, a los valles de Navarra cuando aún verdeguean en el campo sus sembrados. De todas suertes, era muy bello y podía considerarse como una gallarda variante de la hermosura campes­tre de que tanta fama goza la Montaña, con sobrada razón. Por las noticias no muy minuciosas que fue dándome Chisco, supe que aquel valle era el de los tres Campoes [...] y el pueblo grande con la torre en el centro, que so veia en los más lejanos de la llanu­ra, Reinosa, la villa en que yo había dejado el tren y encontrado a Chisco.» (Peñas arriba, op.cit., p. 25).
También, en muy buena medida, corresponde con la segunda parte del camino que en la mis­ma obra trazan en una salida campestre el propio Marcelo, ya instalado en casa de su tío, y Neluco, el médico de la localidad: «Contemplé la verde y extensa planicie del va­lle de los tres Campoes. Con aquel espectáculo re­vivió mi espíritu adormilado y comencé a respirar con avidez el aire de la hermosa vega, como si me hubiera faltado hasta entonces el necesario para la vida; caso que no admiró a Neluco.» (Peñas arriba, op.cit., p. 141).
 
Los paisajes que Pereda hace describir a Marcelo a lo largo de todo Peñas arriba, son también pre­sentados en El Ebro (aunque mucho menos ma­tizados), por Duque y Merino: «[...] el espectácu­lo grandioso de nuestras montañas patrias». Estas ideas y formulaciones, conceptos y propuestas de interpretación son tan propias del momento como de toda la producción perediana. Este pequeño re­lato de una excursión por la Montaña, publicado en un periódico comarcal diez años antes de la aparición de la novela de Pereda, bien puede ser un anticipo que pudo servir a Pereda para la concep­ción de su mayor y conocida obra.
 
2.2.     «Adiós Campoo», El Ebro (1886): nostal­gia del paisaje
Al empezar el otoño de 1886, concretamente en el número 126 del 3 de octubre, El Ebro insertaba un pequeño texto de prosa poética que respondía a la solicitud que Duque y Merino había hecho a su autor, Luis Hoyos, durante la estancia de éste en Reinosa a lo largo de los meses de verano.
 
Ya desde Madrid, donde Hoyos vivía, el escritor de origen campurriano con su Adiós Campoo resu­me el cúmulo de sensaciones anímicas y sensitivas vividas durante los meses de su estancia estival en Reinosa. Estas sensaciones son siempre difíciles de tratar y comprender fuera del contexto geográfico al que van dirigidas, ya que cada territorio posee las suyas propias y sólo el nativo puede reconocer­las. Algo muy parecido pasó con buena parte de la obra de Pereda, ya que no sobrepasó, en la mayor parte de las ocasiones, el ámbito local y comarcal de Cantabria, haciendo que su obra sólo la com­prendiera un sector muy reducido de la población.
 
La nostalgia que siente Luis Hoyos por Campoo es muy semejante a la añoranza del que retorna o del que, por ella, se niega a abandonar su lugar de origen. Es Pablo en El sabor de la tierruca cuando justifica en charla con Don Baldomero su decisión de abandonar los estudios universitarios capitali­nos para identificarse en continua acción con el paisaje de Cumbrales. Es también, el doctor Neluco Celis de la Tablanca perediana en Peñas arriba el que escucha la explicación de Marcelo por la cual un profesional joven y cualificado, como él, opta por una vida, aparentemente raquítica y anquilosa­da de una aldea como Tablanca.
 
Luis Hoyos escribe: «cada impulso de la máqui­na de tren es un metro más separado de la fresca tierruca»; seguido por una exagerada prosa lírica sobre el paisaje que dejó atrás: «recogido y coqueto paisaje de montaña con sus mil detalles de luz^ colores [...] encerrado en un manto de azul cielo y verde monte, y realizado por la suave belleza de la aurora y el alegre murmullo del agua [...]». Qui­zá nos encontremos ante una intemporal poética del «paraíso perdido» o del tan conocido elogio al campo con el «menosprecio de corte y alabanza de aldea». La distancia siempre sublima lo recordado; pero, sin duda, el paisaje de Campoo es una in­agotable fuente de inspiración en los narradores de la literatura costumbrista de Cantabria. Presente en muchas obras de Pereda, se singulariza en las ambientaciones tierra adentro, como es Campoo en Peñas arriba o el valle del Pas y el Besaya en El sabor de la tierruca.
 
2.3.    «Escena diaria», El Ebro (1886): José Ma­ría de Pereda en El Ebro
Las páginas de El Ebro no regatearon nunca espacio a todas aquellas noticias o colaboraciones que se vincularon con la persona y obra de José María de Pereda. En ocasiones, son breves reseñas de homenajes que el ya consagrado escritor de Tu- danca recibe en su tierra e, incluso en Madrid, por parte de la crítica, lectores y colegas del mundo de las letras; en otras, se anuncia la próxima aparición de una nueva obra —habitualmente «muy espera­da»— o se extienden en el análisis del trabajo recién aparecido.
 
Junto a todas estas aportaciones de indudable interés historiográfico, merece la pena destacar, sin embargo, la presencia del propio Pereda en las co­lumnas del número 123, correspondiente al 12 de septiembre de 1886. Duque y Merino no esconde en las breves líneas de presentación su reconoci­miento y gratitud por la autorización que el autor otorga para publicar, bajo el título «Escena diaria», un pequeño cuento que años atrás había sido in­sertado en las páginas de periódico santanderino El Aviso. Dice Duque:
 
«Deseando que nuestro modesto periódico no carezca en su colección de ninguna de las firmas de escritores montañeses, hemos alcanzado de nuestro querido y admirado amigo D. José María de Pereda autorización para reproducir todo cuento convenga al periódico [...]. Confiamos en que nuestros lectores saboreando la lectura de tan bello trabajo, nos agra­decerán la publicación, tanto como nosotros agra­decemos al Sr. Pereda la autorización con que se ha dignado a favorecer a El Ebro.»
 
Aunque el propio Pereda califica este texto como «cuentecillo», su presentación, con una es­tructura en forma de diálogo y sus acotaciones de situación escenográfica, permiten identificar el tra­bajo más como apunte teatral que como narración a modo de cuento; aun cuando, ciertamente, como señala el autor, encierra cierta moraleja.
 
Sin duda, por aportaciones literarias como ésta Pereda no habría pasado a la Historia de la Litera­tura. Bien es verdad que su composición, anterior según la anotación de El Ebro a 1866, nos traslada a un escritor todavía muy novel, de estilo indeter­minado que intenta abrirse paso en el campo de la creación literaria. Todavía se está muy lejos del afianzamiento que supone El sabor de la tierruca, o la culminación estética y temática de Sotileza y Peñas arriba.
 
2.4.     «El último carretero», El Ebro (1888): un mundo que se acaba
Entre el 25 de marzo y el 29 de abril de 1888, El Ebro dedica su folletín a uno de los trabajos, al menos dentro de su producción de cuentos, más conocidos y quizá, mejor elaborados de Demetrio Duque y Merino. En los seis números que aparecen entre estas fechas se desarrolla, bajo el título de El último carretero, el drama de un personaje campurriano ideado, pero a buen seguro real, que con la llegada del ferrocarril comprueba y sufre, sin que nadie pueda remediarlo, el fin de la carretería, tan identificada con la vida social y económica en la época.
 
Destacada la importancia del trabajo, prescindo de su comentario por cuanto ha sido objeto ya de análisis varios13, pero no se puede olvidar en el pre­sente artículo por el significativo texto dedicatorio que Duque incorpora: «Al Sr. Don José María de Pereda, maestro inimitable de la descripción de es­cenas y tipos montañeses, escritor, novelista insig­ne. Su admirador más entusiasta, sincero y desin­teresado; su devotísimo y cordial amigo», y firma: «El autor de este boceto». Nada más elocuente en la supeditación creativa a la gran figura del escritor de Tudanca.
 
2.5.    «La montaña», El Ebro (1889): crónica de una exposición de paisajes montañeses
En ocasiones, el texto costumbrista no adopta los parámetros de creación literaria propiamente dicha, sino que se hace presente, como en el caso que ahora nos ocupa, en la crónica entusiasta de una exposición de dibujos. El 2 de junio de 1889, en el número 265 de El Ebro, en su espacio dedica­do al folletín y firmado por «Bísmil», es decir, por Duque y Merino, se hace eco de la aparición de un álbum con reproducciones de cuadros firmados por pintores montañeses.
 
Se trata de trabajos grabados a lápiz recopi­lados con «[...] la idea patriótica de reunir en un álbum un puñado de obras características de la Montaña [...]». Para realzar la publicación se incor­pora de una carta autógrafa del propio José María de Pereda en la que, tal y como reproduce Duque, aparecen «[...] escenas campestres y costeñas, cu­ras, pedagogos, motilones y pardillos, marinos, paisajes, ruinas solariegas y pataches arrumbados [...], lo más sabroso y llamativo de la tierruca y lo más saliente de la genialidad artística de Polanco y de Camino».
 
Los lugares, campos o pueblos, más significativos de Cantabria aparecen reflejados en esos cua­dros y bocetos. La pintura costumbrista regional está llena de tipos humanos y situaciones popula­res de la vida cotidiana. La lectura de este artículo nos guía por el mundo idealizado que como pocos supo mostrar Pereda, hasta el punto de que pode­mos perfectamente olvidar el objeto del artículo y entender que nos encontramos en una de sus habi­tuales y cuidadosas descripciones. Entran en esce­na la pandereta, la taberna de la aldea, la bruja, el camino al mercado, etc., que son precisamente los nombres de El sabor de la tierruca.
 
Duque apunta para concluir que el álbum se enriquecería si se añadieran los «... paisajes y re­cuerdos de la Montaña», tan queridos por Pereda.
 
2.6.    «Peñas arriba», Campóo (1895): la nueva novela de Pereda
El 14 de febrero de 1885 aparecía en el perió­dico Campóo una pequeña reseña sobre la nueva novela que Pereda publicaba. En esta reseña sobre la obra cumbre del novelista montañés se palpa la admiración que el cronista siente hacia Pereda. Bajo la firma de A.A. y P. se alaba la trayectoria del novelista y hasta se le llega a comparar con Cervantes: «Ahí está precisamente lo magistral de este nuevo Cervantes, como alguien le ha llamado».
 
El realismo de Pereda plasma todo lo que ve en la montaña. En sus novelas, es clave el entorno geográfico, sociológico y educativo; planteamiento en el que coincide, sin duda, con las teorías posi­tivistas que se dan en el siglo XX. A partir de este entorno regional, Pereda se compromete con su «país natal», Cantabria. Aunque las novelas de Pe­reda tienen un sentido moralizador, nunca caen en un excesivo didactismo, sus personajes son meros tipos de la sociedad con los que el escritor juega a su antojo y nunca se rebelarán contra su pro­pio destino14. La función documental de Pereda es indudable, el querer fijar unas costumbres, unos comportamientos a punto ya de quedar disueltos por la acción destructora de la sociedad industrial que amenaza. Sus argumentos están tomados de la realidad, pero deformados y nunca aparecerán acciones feas, ni malas; por eso en la reseña que aparece en El Ebro es alabado: «¿Pues qué sería de nosotros si después de tanta bazofia, como nos proporciona a diario la lectura de asuntos vulgares, de miserias, odios, pequeñeces, ambiciones y enga­ños, no nos encontráramos un oasis lleno de entu­siasmos para el corazón, de dulzura, sentimiento, arte y un alimento que el espíritu saborea con todo el refinamiento del buen gusto?». Este párrafo po­dría resumir perfectamente el estilo perediano.
 
En definitiva, con esta pequeña reseña se pre­tende dar a conocer en Campoo la nueva novela de Pereda ambientada en la zona. El autor muestra una gran cercanía a su obra palpándose el afecto que profesa por nuestro novelista y, por ello, invita a todos a leer su nueva novela: «Y ahora caballeros, a leer todo el mundo Peñas arriba
 
2.7.     «El coche misterioso», Campóo (1894): o la capacidad del cuento corto
En buena parte de sus números, Campóo pu­blicó unas interesantísimas piezas literarias cortas -difícilmente más de dos columnas- que, con el nombre genérico de Cuentos instantáneos, permi­tieron, como ya se ha comentado, el desarrollo de las inquietudes creativas de algunos escritores de la zona. De entre todos estos colaboradores desta­ca, sin duda, la figura de D. Ramón Sánchez Díaz, personaje ilustrado reconocido ya en vida como escritor aficionado y colaborador habitual de pu­blicaciones en la zona.
 
Títulos como La suicida, La desaparecida o el El coche misterioso nos muestran a un escritor re­finado, de gran capacidad narrativa con un perma­nente matiz entre el pesimismo y el romanticismo decadente. El coche misterioso se publica en el nú­mero 7 correspondiente el 16 de agosto de 1894.
 
Como en otros cuentos de Sánchez Díaz, en El coche misterioso la presencia del costumbrismo pe­rediano, paisajista y en gran medida risueño, surge con meridiana evidencia. Los personajes del cuento son presentados como los de Pereda pero ajustados al relato corto. Es el caso de la señorita Rosario, «[...] muy célebre por su belleza [...]. Era una jovencita de ojos negros, muy tristes, la cara blan­quísima y las manos suaves y heladas». El paisaje está tan idealizado como el creado en Cumbrales o Tablanca:«[...] la villa era encantadora, pues estaba oculta en el fondo de las montañas y los ríos, pro­fundos y azules, se enroscaban a ella como anillos inmensos de zafiro».
 
Ramón Sánchez Díaz y otros contemporáneos escritores aficionados a la creación literaria en la segunda mitad del siglo XIX se encuentran muy cer­ca de las ideas estéticas y formales de José María de Pereda. Pero la escasa proyección que tuvieron estos aficionados escritores fuera de los estrechos límites comarcales y provinciales hicieron que su producción fuera escasamente conocida y valorada.
 
3.     Conclusión
Pero ¿fue tan potente y extenso el influjo de José María de Pereda, y su sombra literaria, como para que aficionados escritores de la zona de Cam­poo, —que publicaban en los periódicos reinosanos El Ebro y Campóo—, carecieran de fórmulas e ini­ciativas estéticas propias?
En conjunto, la presencia del de Polanco es in­negable a primera vista: impresión cierta, reforzada por las continuas noticias sobre sus nuevos libros, proyectos inmediatos, actos de homenaje y un sin­fín de referencias a su persona. Es más, en ocasio­nes se sobrepasa la reseña y se entra en una larga, reflexionada y documentada crítica a sus trabajos, como ocurre en el estudio de Duque y Merino sobre las novelas de Pereda La puchera y La Montálvez, protagonistas del folletín completo de El Ebro du­rante tres semanas entre enero y febrero de 1888. Sin embargo, quizá, no fuera descartable reducir el influjo directo de Pereda sobre estos escritores, y buscar las semejanzas con el gran maestro en los gustos y circunstancias socio-literarias de la segunda mitad del siglo XIX. Así, todos ellos serían producto —sin caer en determinismo alguno— y consecuencia, —más o menos destacable—, de un mismo ambiente literario que se vio reflejado en el Realismo costumbrista español.
 
 

Bibliografía escogida
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SUÁREZ CORTINA, Manuel (1995). «José María de Pereda: tradicionalismo, regionalismo y crítica de la modernidad» en A. Montesino González (ed.), Estudios sobre la sociedad tradi­cional cántabra. Continuidades, cambios y procesos adaptativos, Santander, Universidad de Cantabria-Asamblea Regional de Cantabria, pp. 317-334.
 
 

NOTAS
1 «Es preciso que por encima de la política, comencemos ya a ser justos con Pereda». José MARTÍNEZ RUIZ «AZORÍN» (noviembre, 1924). «Algo sobre Pereda», Cantabria, n" 15, p.8-9.
2 José F. MONTESINOS (1969). Pereda o la novela idilio, Castalia, Madrid, p.295.
3 Benito PEREZ GALDÓS (1973). Las cartas desconocidas de Galdós en «La Prensa» de Buenos Aires, Madrid, Cultura Hispánica, p.302.
4 Emilia PARDO BAZÁN (1989). La cuestión palpitante (ed. de José Manuel González Herrán), Barcelona, Anthropos, p.312.
5 José María de COSSÍO (1974). «Apuntes biográficos» en Obras completas de José María de Pereda, Madrid, Aguilar, tomo I.
6 CARO et al. (1983). Homenaje a Pereda, Santander, Librería Estvdio, p.37.
7 Laureano BONET (1983). Literatura, regionalismo y lucha de clases, Universidad de Barcelona, p.195
8 «Yo ando algunos días hace metido con pocos alientos y de mala manera, en el empeño de una novela, no ya montañesa, sino montaraz, de entre lo más enriscado de la cordillera Cantábrica». Marcelino MENÉNDEZ PELAYO (1931). Epistolario, Santander, p.137.
9 Además de El Ebro y Campóo, ambos en el siglo XIX; en el siglo XX Reinosa ha contemplado la publicación de La Montaña (1904-1909), La Tierruca (1906-1907), Cantabria (1907-1908), Nueva Cantabria (1908-1909), Heraldo de Campóo (1912-1915) y Fontibre (1956-1963).
10 El Ebro consta de ocho páginas cada número en papel prensa con un formato en vertical de 40x27cm.
11 Demetrio Duque y Merino, nacido en Reinosa el 22 de diciembre de 1844, puede ser considerado, no sólo por su labor frente al periódico El Ebro, sino por su amplia y polifacética creación literaria, como la pluma más fecunda de Campoo a lo largo de todo el siglo XIX. Desde la crónica periodística hasta los estudios de crítica literaria y etnográfica, pasando por el teatro, la poesía o los artículos de costumbres, Duque y Merino aparece en el panorama reinosano en el último cuarto de la centuria como aglutinador de otro tipo de escritores de menor nivel como Ramón Muñoz de Obeso, Luis Mazorra, etc., y transmisor de la intelectualidad de su época, merced a sus frecuentes contactos con Importantes escritores del momento como los mismísimos Marcelino Menéndez Pelayo o José María de Pereda. Falleció en Reinosa el 12 de febrero de 1903.
12 Ambos periódicos se encuentran actualmente recogidos en la Casa de Cultura «Sánchez Díaz» de Reinosa.
13 De todos, sin duda, el más relevante es la obra de Teodoro PASTOR MARTÍNEZ (1994). Antología temática de la obra del escritor campurriano D. Demetrio Duque y Merino. Reinosa, 1844-1903, Ayuntamiento de Reinosa.
14 Más información en Laureano BONET, Literatura, regionalismo y lucha de clases: Galdós, Pereda, Narcis Oller y Ramón D. Perés, Universidad de Barcelona, 1983.

 

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