Ferrerías en Campoo

Manuel Corbera Millán

La siderurgia tradicional tuvo cierta importancia en Cantabria desde muy temprano (Alta Edad Media). El sistema empleado en las ferrerías consistía en cocer el mineral en hornos bajos, usando como combustible carbón vegetal. Al menos desde el siglo XV usaban ya la energía hidráulica para insuflar aire en el horno a través de fuelles y para mover un mazo que servía para golpear la llamada goa o zamarra, es decir, la masa pastosa de hierro que salía del horno tras la cocción; el martilleo servía para compactarla, liberarla de la escoria y darle forma.

Esquema de una ferrería hidraúlica. Dibujo de Pedro Arroyo ValientePor lo tanto, las ferrerías hidráulicas necesitaban disponer, en primer lugar, de agua, lo que les obligaba a ubicarse en las proximidades de los ríos. Mediante una presa y derivación conducían y elevaban ésta hasta un depósito bajo el cual dos grandes ruedas verticales, aparejadas a sendos ejes, giraban impulsadas por el golpear del agua que caía sobre las palas. Por otro lado, necesitaban también combustible, por lo que buscaban áreas suficientemente pobladas de bosque para poder garantizar su abastecimiento, Por último, necesitaban por supuesto mineral, pero no cualquier mineral sino que, para conseguir un hierro maleable, exigían venas ricas y con muy poco azufre. Dicho mineral procedía, principalmente de Somorrostro, por lo que la accesibilidad a la costa constituía también un factor importante a la hora de elegir el emplazamiento de una ferrería.

El proceso de transformación del mineral en hierro era llevado a cabo por un equipo de verdaderos especialistas, siempre vascongados, que guardaban tan celosamente sus saberes que hoy resulta difícil reproducir el proceso. El equipo estaba formado generalmente por cuatro hombres, el maestro aroza y tres oficiales, que forjaban de forma ininterrumpida -es decir, sin dejar apagar el horno- durante toda la semana, descansando tan sólo el domingo. Las grandes ferrerías, como lo eran las de Campoo, trabajaban todo el año, parando tan sólo el tiempo necesario para realizar las frecuentes reparaciones en la maquinaria.

 

ORIGEN DE LAS FERRERÍAS DE CAMPOO

La exigencia de mineral de Somorrostro fue quizá la causa que hasta mediados del siglo XVIII no se instalasen ferrerías en Campoo. Cierto que en Las Rozas existía mineral y que sin duda se utilizó al menos en la ferrería de Horna (Enmedio), pero casi con seguridad tuvo que ser mezclado con el vizcaíno. Por eso, sólo cuando a mediados del siglo XVIII se abrió el camino a Castilla, -la comarca abundante en recursos hidráulicos (¡nada menos que el Ebro y el Besaya!) y forestales- se convirtió en una área bien dotada para la instalación de ferrerías.

Mapa de Campoo en el s. XVIIIEl camino de Castilla, concluido en 1.753, constituyó -por supuesto entre otras muchas cosas- la articulación de la comarca de Campoo con el puerto de Santander. Este hecho coincidió con una serie de circunstancias que dieron a la industria del hierro su último y más importante auge. Tales circunstancias favorables para Cantabria vinieron a unirse a otras de carácter más general. Entre ellas, una de las más importantes fue el redoblado esfuerzo de reconstrucción de la flota llevado a cabo por Ensenada. El aumento de la demanda de hierro que eso trajo consigo, constituía un aliciente para todas las ferrerías del Reino, pero en Cantabria actuaría de forma particular debido a la vinculación que durante estos años se establecerá con la industria naval y que llevará, incluso, a la reanimación de los Astilleros de Guarnizo en 1.752. Además de esta importante demanda, que también constituirá un aliciente para el establecimiento de las ferrerías de Campoo dotadas ya de buen acceso a la costa por el camino a Castilla por Reinosa, se desarrollaron otras en el mercado interior (principalmente Castilla) y colonial. Por fin, el camino de Castilla por Reinosa venía a complementar otra ventaja alcanzada en 1.751, la de la equiparación de los hierros montañeses a los vascos o, lo que es lo mismo, su exención al ser vendidos en Castilla y Aragón.

Estas nuevas ventajas tuvieron una incidencia determinante en el incremento del tráfico del hierro montañés hacia el interior. Cierto que resulta difícil evaluar la proporción de hierro montañés que penetró a Castilla por el nuevo camino de Reinosa, ya que carecemos por completo de series cuantitativas e incluso son muy escasas las referencias concretas a la utilización de esta vía de exportación. Pero su importancia está fuera de toda duda, como lo demuestran la aparición de cinco nuevas ferrerías en el propio camino o sus proximidades y los importantes almacenes de hierro que se establecieron en la villa de Reinosa utilizados por los propietarios de las ferrerías de Campoo y Besaya.

La animación del nuevo camino de Reinosa fue aumentando conforme pasaban los años y, por lo que se refiere al tráfico de hierro, no sólo en el sentido meridional sino también en el septentrional. Con la habilitación del puerto de Santander en 1.765 para el comercio con América el tráfico de hierro forjado montañés con las colonias del otro lado del Atlántico se vio favorecido y las nuevas ferrerías situadas en el camino castellano ‑como el resto de las de la región‑ pudieron aprovecharse también de la reforzada oportunidad que les ofrecía este segmento del mercado.

 

CARACTERÍSTICAS DE LAS FERRERÍAS DE CAMPOO Y DE SUS PROPIETARIOS

Las ferrerías de Campoo eran instalaciones modernas que, por lo general, producían durante todo el año, al contrario de lo que sucedía con las más tradicionales del área oriental de Cantabria, de menor tamaño y localizadas en arroyos intermitentes ("aguacheras"). Entre las cuatro (Pesquera, Santiurde, Horna y Bustasur) debían de producir una media de 375 Tm. al año, lo que venía a significar en torno al 14% del hierro forjado en toda Cantabria. De ellas, la ferrería de Pesquera y la de Bustasur eran las que más producián (sobre 130 y 120 Tm. al año, respectivamente). Su modernidad se dejaba también sentir en la propia concepción y diseño de los edificios, al menos en el caso de la de Bustasur (Las Rozas), cuyas carboneras parecen incorporar algunos conceptos propuestos en la Enciclopedia francesa de Diderot y D'Alambert.

Dicha modernidad se debe, sin duda, en buena parte al talante de sus primeros propietarios. A medio camino entre la pequeña nobleza local y la naciente burguesía tenían gran capacidad emprendedora, sin importarles utilizar sus cargos políticos y militares para conseguir sus objetivos. Constituían un pequeño grupo entre los que es frecuente encontrar fuertes vínculos e incluso una cierta endogamia. Así al menos tres de los primeros propietarios de las ferrerías de Campoo se encontraban vinculados al empresario más emblemático de Cantabria en la época, don Juan Fernández de Isla, que fue primero asentista de maderas para los Astilleros de Ferrol, hasta que su amistad con el Marqués de la Ensenada le permitió obtener la concesión de construcción de varios navíos en los antiguos Astilleros de Guarnizo, para lo que puso en funcionamiento un verdadero complejo empresarial en el que las ferrerías jugaban un papel importante, así como las fábricas de anclas que instaló en el pueblo de Marrón (Ampuero) que se convirtieron en importante fuente de demanda de hierro forjado.

Restos de la ferrería del Gorgollón. PesqueraLa ferrería del Gorgollón (Pesquera) fue construída por don Marcos de Vierna Pellón, que había sido socio de Fernández de Isla en los años en que éste era asentista de maderas para los Astilleros de Ferrol y mantenía excelentes relaciones con el Marqués de la Ensenada. Estos vínculos le facilitaron tal vez la concesión que en 1.748 se le hizo de la construcción del camino de Castilla, obra que concluyó en un plazo de cinco años. Un año antes de finalizada, en 1.752, solicitó y le fue concedida la instalación de la ferrería de Gorgollón cerca del lugar de Pesquera, en un paraje del camino que él calificaba de desértico y en el que eran frecuentes los asaltos de bandoleros. Su influencia sirvió también, sin duda, para situar a su yerno don Luis Cueto como inspector del camino y se le concediese la instalación de otra ferrería en el pueblo de Santiurde. Ambas ferrerías pasaron por herencia al hijo de este último, don Manuel de Cueto Vierna hacia finales del siglo XVIII.

Demasiado ocupado por los negocios que tenía en Cuba, desatendió su administración y acabaron pasando a otras manos. La de Santiurde pasó -probablemente por venta- primero a don Alfonso de Cosío -propietario de la ferrería de Cosío (Rionansa)- y don Manuel Antonio de Anillo y Mazo, a quienes pertenecía en 1.792; más tarde pasó a propiedad de don Tomás López Calderón y don Juan Antonio Sancibrián (éste último fiscal militar de los montes de Pie de Concha) y ya en 1.853 era propiedad de don Javier López Bustamante, hijo de don Tomás. Por su parte la ferrería del Gorgollón (Pesquera) le fue embargada por deudas en 1.800 y rematada dos años más tarde a favor de don Ignacio Francisco Martínez (abogado) y su mujer doña Juana de Vinar Quevedo, una de las acreedoras a la que el administrador de la ferrería debía 26.000 reales (pagaron por ella 300.000 reales). Al año siguiente se la vendieron a don Francisco González de Villalar, factor de la Real Provisión de Víveres de los Reales Ejércitos y Armada, quien, a pesar de su más que probable avanzada edad, todavía detentaba la propiedad en 1.850.

Carboneras de la ferrería de La Pendía. BustasurLa ferrería de La Pendía en Bustasur (Las Rozas) fue erigida por un personaje también vinculado a don Juan Fernández de Isla, don Luis Collantes Velasco. Además de una posible relación familiar de su mujer, había sido comisionado de éste en Londres, donde se encargaba de buscar compradores en Inglaterra para el hierro producido en las ferrerías de Fernández de Isla. La instalación de la ferrería fue tardía (quizá a mediados de los años sesenta), la última construida en Cantabria, lo que contribuye también a explicar su modernidad. A su muerte heredó la ferrería su hijo, don Luis Collantes Fonegra, un interesante personaje que sin embargo no presentó demasiado interés por este negocio, arrendándola en 30.000 reales y dedicando su atención a la explotación y venta del carbón mineral de las ricas minas de Las Rozas. Poco antes de su muerte, ocurrida en 1.807, vendió la ferrería, probablemente a don José de los Ríos (teniente coronel del ejército) que era su propietario en 1.809 y que en ese mismo año se la cedió a su cuñado don  Rodríguez de Cosío Barreda. El nuevo propietario no tuvo mucha suerte ya que en 1.812 una fuerte riada la destruyó; tuvo que invertir 12.000 reales en su reconstrucción y acabada la misma, 1.814, se la vendió a don Ramón López-Dóriga, vecino de Santander. De él la heredó don José María López-Dóriga, armador y naviero, que era su propietario a mediados del siglo XIX:

La ferrería de Horna (Enmedio) fue levantada en 1754 por don Antonio Díaz Zorrilla, emprendedor vecino de la villa de Reinosa que habiendo descubierto una mina de hierro en el concejo de Valdearroyo, decidió transformar unos viejos molinos de su propiedad en fábricas de hierros, con el propósito de fabricar también acero. En 1.771 la ferrería pertenecía a don Joaquín de Zorrilla, sin duda pariente del anterior, que demostraría también su capacidad emprendedora explotando tres minas de carbón mineral en Las Rozas (las mismas que veinte años más tarde explotara don Luis Collantes Fonegra) con el objeto de utilizarlo en la conversión en acero del hierro labrado en la ferrería. En 1.811 unaparte de la propiedad correspondía a don Nicolás Fernández Cavada, el Conde de las Bárcenas, que era también propietario de la ferrería de las Caldas de Besaya. Con el tiempo debió de conseguir la propiedad completa ya que en 1.847 figura como único propietario. Finalmente la ferrería fue vendida a don José María López-Dóriga, que en 1.856 concentraba la propiedad de las dos ferrerías del Ebro.

Las ferrerías y los bosques

De las dos materias primas básicas demandadas en el proceso de producción, el combustible era la que participaba con mayor volumen. Para la obtención de un kilo de hierro eran necesarios tres de vena y cinco de carbón vegetal y cada uno de éstos resultaba del carboneo de cinco kilos de leña, es decir, si las cuatro ferrerías venían a producir unas 375 Tm. de hierro al año, ello suponía un consumo de unas 9.375 Tm. de leña.

El carbón era elaborado en el propio monte por carboneros especialistas de origen guipuzcoano. Utilizaban el sistema de hacina alta, que consistía en levantar grandes hacinas sobre bases de piedra, colocando la leña en pisos sucesivos de grosor decreciente en torno a un poste, que después se retiraba para introducir, por la chimenea resultante, ramas y leña menuda. Todo el conjunto se cubría con ramas, hojarasca y tierra, a modo de aislante. Luego se encendía por la chimenea y se dejaba quemar lentamente. Una vez carbonizada la leña se dejaba enfriar y se conducía a la ferrería. Cada ferrería contaba generalmente con un área de dotación preventiva consistente en el exclusivo derecho de aprovisionamiento en los montes comunes de las jurisdicciones que se encontraban en un entorno de dos leguas desde la instalación. Ello les garantizaba el suministro, permitiéndoles oponerse a la instalación de nuevos competidores, a la vez que imponer precios de montazgo estables y bajos. No obstante, la dotación de dos leguas debió consistir en una referencia más teórica que real ya que la proximidad de las ferrerías de la zona hacía que en la práctica se produjera la superposición de las áreas de dotación, produciéndose sobre algunos montes la competencia de dos de esas ferrerías. Tal era el caso de las de Santiurde y Gorgollón (Pesquera) y de ésta última con otras próximas del Besaya, que disputaban -dada la escasez de bosques próximos- por las leñas de los montes de San Miguel de Aguayo. Igual sucedía entre las de Horna y La Pendía (Bustasur, Las Rozas). En ambos casos, la escasez de leña en las áreas próximas a las ferrerías llevó a continuos pleitos entre ellas y la presión sobre estos espacios tuvo como consecuencia un deterioro del monte alto, que, sin embargo, resulta bastante difícil de valorar.

Es probable que dicho deterioro fuera menor de lo que pudiera pensarse teniendo en cuenta los altos consumos, ya que existía una estricta legislación sobre el modo en que debían aprovecharse las leñas. Sobre la parte que se concedía para el aprovechamiento anual, primero debían sacarse las leñas rodadas, luego las de poda -que tenían que realizarse dejando horca y pendón y no al trasmocho, como se hacía en el País Vasco- y finalmente, si era necesario para completar, se podían cortar los árboles inútiles para la construcción naval, pero entresacando y no arrasando superficies enteras; cada área utilizada quedaba después en reposo durante diez años. Aunque posiblemente se produjeron transgresiones de estas normas con la connivencia de algunos jueces de montes, no parece probable que se llegase a una destrucción definitiva de grandes espacios forestales, como sí ocurrió, sin embargo, con el avance de los pastos en distintos momentos históricos.

 

CRISIS DE LAS FERRERÍAS Y ALTERNATIVAS

Ferrería y harinera de Santiurde, recientemente destruidaDurante los años cincuenta del siglo XIX comienzan a surgir los problemas para las ferrerías de Cantabria. La aparición en el mercado de cantidades cada vez mayores de hierro producido por la moderna siderurgia nacional y extranjera, incidió sobre los precios reduciendo los márgenes de beneficio. El hierro forjado, demandado casi exclusivamente por el sector artesano, fue perdiendo importancia ante la penetración de productos elaborados industriales que comenzó a arruinar la actividad de un gran número de herreros. Sólo en ciertas áreas marginales, menos accesibles a los centros de mercado (occidente castellano, Léon...), la actividad artesana resistió mejor y continuó demandando hierro forjado. Pero con la caída de los precios y los elevados costes de transporte resultaba cada vez menos rentable para los ferrones montañeses, hasta que el deterioro de los años cincuenta se transformó en hundimiento vertiginoso durante la década siguiente, en lo que influyó también, sin duda, el incremento del precio del combustible. De ese modo, para 1.874 sólo quedaban tres ferrerías produciendo en Cantabria, y dos de ellas en el área de Campoo, la de Bustasur y la de Horna. Éstas, propiedad ahora de los armadores López‑Dóriga, aprovecharon su ventaja de proximidad al mercado artesano castellano y resistieron hasta mediados de la década del setenta.

Por su parte, las ferrerías del Gorgollón (Pesquera) y Santiurde optaron por el abandono de la actividad una década antes ‑probablemente por sus mayores dificultades de abastecimiento de combustible‑, transformando las instalaciones en harineras, es decir, en productoras de la nueva y principal mercancía del comercio castellano y santanderino hacia América, la animadora en esos años del redoblado trajín del Camino Real a Castilla por Reinosa.


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