Metales para la paz y la guerra: El sur de la antigua Cantabria ante la presencia romana

Carmelo Fernández Ibáñez

INTRODUCCIÓN

   A las sociedades del pasado es posible acercarnos a partir de los diferentes objetos recuperados en las excavaciones arqueológicas. En este sentido hoy aquí partiremos del estudio de los objetos fabricados en los diferentes metales; cobre y aleaciones -bronce o latón-, hierro, plomo, plata y oro. Los períodos históricos a los que directamente vamos a hacer referencias serán: el final de la IIª Edad del Hierro y los primeros siglos de la dominación romana, o sea, la conquista, la ocupación del territorio y el sometimiento de las poblaciones indígenas a una nueva cultura y orden social. La zona geográfica escogida para nuestro análisis es el centro de la antigua Cantabria: la conocida como "Cantabria Histórica". Aproximadamente y para este caso concreto pondríamos como límite el rectángulo comprendido entre las actuales poblaciones de Reinosa (Cantabria) al Norte, Herrera de Pisuerga (Palencia) al Sur. Cervera de Pisuerga (Palencia) al Este y Amaya (Burgos) al Oeste.


   Esta área geográfica viene siendo motivo de nuestra investigación desde el inicio de los años 80, en que partiendo de los yacimientos de Iuliobriga y Herrera de Pisuerga, las necesidades inherentes a dicho trabajo nos llevaron a la amplia cota de territorio que es hoy. La base de tal investigación es el metal, y más en concreto los objetos fabricados en metal, aunque teniendo siempre presente que nuestro fin último es de tipo histórico. Es un tipo de materia, que por diversas circunstancias naturales de inestabilidad físico-química, presenta como una de sus principales características la precariedad en su estado de conservación (sobre todo en lo que al hierro se refiere), lo que en la mayoría de la ocasiones impide identificar los objetos. Por lo tanto es desde todo punto de vista imprescindible una intervención adecuada, específica e ineludible por parte de los profesionales de la conservación y la restauración, con el fin último de conservar los objetos y restablecer su antigua imagen para proceder a su identificación, clasificación y estudio.

 

LA CULTURA INDÍGENA. EL TERRITORIO SUR DE CANTABRIA ANTES DE ROMA

   Cuando Roma decidió integrar a su imperio el territorio cántabro, éste se encontraba ocupado por una población indígena que poseía una cultura propia, de características diferenciadas con respecto a las del entorno inmediato. Hoy nos es posible conocerla solo parcialmente a través tanto de la literatura escrita que nos ha llegado de los historiadores v geógrafos de la época (González Echegaray, 1996). como por los objetos recuperados en las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en un reducido número de poblados. Estos son los yacimientos de Las Rabas (Celada Marlantes, Cantabria) (García Guinea y Rincón, 1970; García Guinea, 1999), Monte Bernorio (Aguilar de Campoo) (Barril Vicente, 1999) (San Valero Aparisi, 1944) y Monte Cildá (Olleros de Pisuerga) (García Guinea, González Echegaray, J. y San Miguel Ruiz, 1966; García Guinea, Iglesias Gil y Caloca, 1973), estos dos últimos en Palencia.
   Estas poblaciones habían desarrollado su cultura como producto de una simbiosis, entre lo heredado de sus antepasados del periodo anterior y más próximo (Iª Edad del Hierro) consecuencia a su vez del transcurso de una enriquecedora historia, y las influencias venidas tanto del área celtibérica a través del valle del Ebro como de las poblaciones vacceas del sur. En sus costumbres y modos de vida no se diferenciaban demasiado de las de su entorno más inmediato, dentro de una generalidad que caracteriza a esta cultura de la IIª Edad del Hierro en esta zona geográfica. Se trataba de una sociedad estratificada de forma simple pero claramente diferenciada, con jerarquías guerreras que ostentaban el poder sobre el resto de la masa poblacional según pone en evidencia la única necrópolis (M.Bernorio) hasta ahora descubierta y excavada. Al igual que en otras latitudes el castro o poblado edificado en la cumbre de ciertas elevaciones se encontraba fortificado mediante una muralla de piedra.
   En torno a él se distribuían las tierras de explotación, tanto las inmediatas con regadío cercano para el desarrollo de la agricultura, como las montañosas y más alejadas donde cubrir otro tipo de necesidades.
   Llevaban siglos afincados en un vasto territorio que conocían a la perfección y en el que recíprocamente se habían integrado. Explotando sus recursos bióticos y abióticos durante siglos de forma racional, lo que al parecer y según la información de que disponemos les permitió vivir de ellos durante siglos, y quién sabe si llevar a cabo un comercio a base de excedentes debido a las relaciones que sabemos mantenían con otras poblaciones.
   Y con respecto al metal, la materia que nos ocupa, su presencia es abundante testimoniando la importancia que desempeñaba en la vida diaria, la abundancia de mineral y el dominio de totalidad de las actividades y técnicas metalúrgicas necesarias tanto extractivas como de transformación y diseño. Según lo que las excavaciones han aportado observamos a través de objetos muy diversos que es utilizado en una muy amplia gama de actividades, y cuya variedad material se reduce al hierro y al cobre. Aquí ya vislumbramos lo que será norma generalizada a lo largo de la historia, y es la utilización del hierro para la fabricación de elementos útiles tales como la caza, la guerra o las herramientas, mientras que el cobre y las aleaciones en que intervino y al igual que los metales nobles (y la mayor parte de las veces en sustitución de éstos), para el ornato y adorno; masivamente de carácter personal.
   En definitiva el resultado fue la obtención de un variado conjunto de objetos y herramientas que se emplearon para asimismo un vasto número de actividades profesionales. Éstas podían ser tanto ocasionales como cotidianas, abarcando desde la defensa y el hostigamiento, mantenimiento y subsistencia (carpintería, minería, agricultura...) hasta el más simple adorno que como ya suele ser norma general, suelen hallarse en gran cantidad (Figura 1).
   Así las élites guerreras y fundamentalmente a través de los ajuares depositados en las tumbas de la necrópolis de Monte Bernorio, nos muestran que el armamento de la época (Figura 2) estaba completamente forjado en hierro y compuesto por característicos y estilizados puñales que al haber sido hallados aquí por primera vez en aquella elevación llevan su nombre (Griño. 1989). Las empuñaduras de estas armas y las vainas donde eran transportados, se encontraban bellamente decorados con plata (nielados), al igual que sus fundas rematadas en discos en número de cuatro o tan solo uno (Alonso López, Cerdán y Filloy Nieva. 1999). Estos iban colgando oblicuamente de un cinturón de cuero con hebilla metálica mediante un complicado sistema en el cual intervienen varias piezas metálicas de forma curva (tahalí), que también se decoraban con nielados. Así como lanzas y venablos de agudas puntas y cortantes filos de delineación flameante o recta, cuchillos afalcatados y pequeños escudos posiblemente circulares (caetra) con umbos hemiesféricos o troncocónicos que eran colocados en su centro para proteger la mano que los asía. Es posible que buena parte de los fragmentos de arreos de caballo que han sido encontrados en los poblados de Las Rabas en Celada Marlantes, Monte Bernorio y Cildá, perteneciesen a esta clase dirigente. Todo ello resultaría muy vistoso y harían ciertamente altiva la actitud de sus portadores, acrecentando el respeto y la admiración de sus congéneres.
   En el ornamento personal contamos con alguna hebilla e inclusive pasadores moldurados para cinturones, una pulsera con doble vuelta y un rígido collar de pequeños colgantes "amorcillados" también metálicos en él insertado, todos en aleación de cobre. Al igual que un gran número y cierta variedad de fíbulas (anular hispánica, de pie vuelto, torrecilla y omega...) entre los tres poblados como de hecho es muy habitual en este tipo de yacimientos arqueológicos.


METALES DE Y PARA LA CONQUISTA

   Nuestra zona de estudio se vio inmersa en una contienda militar de conquista (como también lo fue ron los territorios de Astures y Galaicos) por parte del ejército de Roma para la aprehensión tanto del espacio geográfico que comprendía como de las poblaciones afincadas en los poblados fortificados cuyas características generales ya hemos visto. En efecto, entre los años 27 al 19 a. C. y bajo el reinado de Augusto -y para su gloria- según señalan las fuentes escritas siete legiones (I Augusta, II Augusta, IIII Macedonica, V Alaudae, VI Macedonica, VIII Macedonica y X Gemina) y la armada de Aquitania por la costa conquista a esta población de Cántabros y que en palabras de García Guinea (1999: 104) "trunca su indigenismo y les incorpora al torrente civilizador de su cultura..." Con esta campaña quedó pacificado todo el Imperio y pudo abrirse en Roma el templo de Vesta.
   No sabemos demasiado sobre cómo se desarrollaron estos años de enfrentamientos, aunque las excavaciones y los estudios comienzan a despejar ciertas dudas, y también a plantear no menos importantes cuestiones. Por los campamentos hallados y actualmente en fase de excavación de la sierra del Escudo (Peralta Labrador, 1999), el ya investigado de Andagoste (Álava) así como el yacimiento de El Cincho (Campoo de Yuso), en fase de excavación y emplazado junto al pantano del Ebro y muy cercano a Reinosa, todo parece indicar que las campañas cíe invasión hacia Cantabria provinieron del S.E. desde el área celtibérica y paralelas al río Ebro. Con una retaguardia bien segura donde poder abastecerse y en último caso emprender la retirada, desde todo punto de vista parece más lógicamente justificada y planificada la estrategia de conquista.
   Desde el principio de la década de los años ochenta las intervenciones de campo llevadas a cabo en el núcleo urbano de la población palentina de Herrera de Pisuerga, vienen demostrando la existencia y superposición de varios campamentos militares (castra miliataria) tanto para tropas regulares de infantería como auxiliares de caballería. El primer ejército en asentarse fue la Legio IIII Macedonica (Morillo Cerdán, 2000) hacia el año 15 a. C., le fue encomendada de nuevo una misión. Dicha misión fue la de pacificar, controlar, administrar y establecer las mínimas infraestructuras socio-económicas (vías...) dentro de un área hoy no bien delimitada, pero que podría estar encuadrada entre la costa Norte y su emplazamiento hasta un indeterminado lugar en el Este que quizás pudiera ser Vareia (Logroño) o Caesaraugusta (Zaragoza).
   Un cuerpo de ejército de estas características que estaba compuesto por cerca de cinco mil soldados, lo que imperiosamente necesita eran lugares permanentes de avituallamiento tanto de víveres como de materias primas de todo tipo. Ya permaneciesen todas las tropas en el campamento, lo que no sería lógico, o una parte de ellas hubiesen sido diseminadas por el territorio en asentamientos secundarios de carácter más o menos estable. Vigilando y controlando por ejemplo las comunicaciones o bien solventado cualquier tipo de enfrentamiento. En estos casos el abastecimiento llegaba a complicarse. Pero no cabe duda que fue solucionado con éxito durante años, y que por lo tanto se hallaron buenas fuentes de captación de materias primas con las que abastecer a hombres, animales y la totalidad de las necesidades que su trabajo imponía; y que eran numerosas.
   Una materia en concreto de entre el ingente número las que eran necesarias (arcilla, hueso, madera, piedra...) que es y ha sido fundamental sobre todo para cualquier ejército estable o en campaña, son los criaderos de mineral metálico. Minas donde poder abastecerse para que una vez es extraído el mineral, transformarlo para confeccionar armas y herramientas. Dada la tecnología tan desarrollada que como vimos tenían las poblaciones indígenas y al tratarse de una guerra de conquista (económica fundamentalmente), es fácil deducir que con seguridad las fuentes de abastecimiento fueron también aprehendidas. Las excavaciones han aportado un gran y variado número de objetos que nos ofrecen una visión amplia de todas estas actividades (Fernández Ibáñez, 1992;1994;1996;1999).
   Todas las herramientas, útiles y armas eran fabricadas en un lugar específico del campamento denominado fabricae, que contando con diversos departamentos especializados en otras tantas materias (hueso, cerámica, forja, fundición, etc...) cada uno llevaba a cabo el trabajo sobre una o bien diversos productos. Su tamaño era proporcional al número -y por lo tanto a las necesidades- de soldados establecidos en el campamento, lo que nos hace presagiar según las evidencias con las que hasta ahora contamos que el levantado en "Castra Legionis IIII Macedonicae" debió de ser bastante grande. Apenas se trabajan materias de uso exclusivo. Así por ejemplo los objetos empleados en cirugía, farmacología y aseo fueron siempre realizados en aleación de cobre por motivos de salubridad ya que el hierro se corroía mucho más rápidamente que aquél. El armamento se fabricaba fundamentalmente en hierro debido a su resistencia, durabilidad, mayor facilidad de hallar mineral... pero también algunas veces en plomo como eran los proyectiles de honda (glandes). De buena parte de todos ellos hemos encontrado evidencias en el antiguo campamento de Herrera de Pisuerga, aunque más bien solo fragmentos al ser materiales desechados cada vez que abandonaba el ejército romano aquel lugar (Fernández Ibáñez, en prensa) (Figura 3).
   El armamento militar romano era como en cualquier otro ejército de la historia de dos tipos, ofensivo y defensivo. Era distribuido (y pagado por los propios soldados) en cuerpos de infantería formada por ciudadanos romanos y cuerpos auxiliares de caballería que los componían contingentes de indígenas, y a la que daban mucha menor importancia y se le encargaban en general misiones de apoyo. Aunque el armamento no siempre fue el mismo, variando a través de los siglos, podemos generalizar el equipamiento asignando a cada soldado un yelmo o casco (galea) de hierro, más sofisticado para la infantería por motivos obvios. La coraza (lorica) era una cota de malla realizada mediante anillas entrelazadas, pero hacia el año 30-40 d.C. fue sustituida por otro modelo más práctico y fundamentalmente eficaz realizado mediante láminas de hierro que a modo de corsé se ceñía al torso, protegiéndolo a la vez que permitía libertad de movimientos. Los caballeros utilizaban cotas de malla o bien otra coraza compuesta por laminitas o escamas de cobre entrelazadas en forma de "D" invertida (squamata), con el fin de conseguir mediante ambas la libertad de movimientos que se precisan debido a su actividad a caballo. Finalmente un escudo (escutum) oval y plano para los jinetes; rectangular y curvo (en forma de segmento de círculo) para los de a pie. Estaba confeccionado con láminas de madera unidas mediante cola, cubiertas de piel, pintadas y con un ribete metálico. En su centro un abultamiento de hierro (umbo) protegía la empuñadura y por lo tanto la mano del soldado.
   Como armas ofensivas contaban con dos largas lanzas de punta piramidal maciza, fabricada en madera la mitad de la longitud (pilum). La caballería contaba con largas lanzas de punta metálica, aunque también podían ser pequeñas jabalinas, mucho más manejables y que llevaban en un carcaj sujeto a la parte trasera de la silla de montar. Una vez eran arrojadas contaban con otro tipo de armas. De un cinturón con placas de metal sobre una lámina de cuero pendía una espada (aunque también podía llevase colgada de bandolera), más corta para el soldado de a pie (gladius) que para el de caballería (sphata). Aunque sobre estos últimos va tomando cuerpo la idea de que no eran llevados al campo de batalla, sino que al igual que el "mandil" que se llevaba colgando sobre el bajo vientre (compuesto por varias correas de cuero repletas de tachuelas de latón de grandes cabezas), sólo se lucía en los desfiles y demostraciones. La rica decoración que muchos de ellos llevan en las vainas corrobora esta creencia.
   Opcionalmente alguna legión podía contar con otros cuerpos de especialistas como honderos o bien arqueros. Era frecuente asimismo la presencia de artillería mediante lanzaderas "de torsión" (tormentae).Máquinas que lanzaban diversos tipos de proyectiles (bolas de piedra y dardos de punta metálica) a algunos centenares de metros, aprovechando la fuerza obtenida por la torsión de gruesos cordeles fabricados mediante crines.
   Aparte hay constancia fehaciente de un sinfín de objetos muy diversos de carácter civil. representando a una variada gama de actividades que nada tiene que ver con la guerra, cuyos restos hemos hallado va sea de forma completa o testimonialmente por algún fragmento. Así, y desde instrumentos de uso personal (limpiauñas, strígiles...) hasta adornos para arneses de los caballos, ornato personal (anillos, pulseras, fíbulas...) O bien herramientas para los oficios que la legión debía llevar a cabo como pueden ser la agricultura, ganadería, albañilería, cantería, carpintería, cocina. caza, pesca, etc. (Fernández Ibáñez, 1992;1994).


PACIFICACIÓN Y EXPLOTACIÓN DEL TERRITORIO


   Toda conquista como objetivo último tiene una evidente motivación material de índole eminentemente económica. Lo que para nuestro caso concreto quiere decir que, tras haber ocupado las legiones de Roma la totalidad de los territorios que conformaban el norte de la Península Ibérica (y entre ellos el territorio cántabro), de inmediato hicieron estables sus campamentos. Erigieron puestos de vigilancia, reunieron a la población indígena en núcleos cercanos en los que pudiese ser controlada (Fernández Ibáñez, 1999), aseguraron los puertos y construyeron una red de comunicaciones aprovechando los caminos preexistentes (Iglesias Gil, y Muñiz Castro, 1992). De esta manera nacieron las poblaciones actuales de León (Legio VII), Astorga (Legio X) o Herrera de Pisuerga (Legio IIII) para nuestra zona. También Magavia (?) (Sta. Mª de Mave) o Pisoraca como poblaciones cercanas y vigiladas donde reunieron a los grupos humanos que anteriormente vivían en los castros diseminados por el territorio. Establecieron puestos de vigilancia para controlar la principal vía de acceso a Cantabria por el sur, como fue el antiguo camino transformado en vía que remontando el río Pisuerga discurría posteriormente junto al Besaya llegando directamente a la costa (Iglesias Gil, y Muñiz Castro. 1990).
   Con el paso el tiempo se hizo necesaria la fundación de otros centros poblacionales de importante entidad jurídica que aglutinasen, controlasen v llevasen a cabo en todos los sentidos las actividades legales de carácter civil que hasta entonces habían llevado a cabo los militares, además de ir inculcando cada vez más profundamente el pensamiento civilizador romano. y haciendo perder buena parte de la ancestral cultura indígena que nunca lo fue de manera total v absoluta. De esta manera además de incrementarse las actividades de los núcleos antedichos que se fueron consolidando como tales, surgieron otros de mayor importancia como Iuliobriga puesto que su estatuto jurídico (que actualmente desconocemos) era de tal envergadura que fue necesario asentar una frontera "lítica", con el fin de que permaneciese muy clara la diferencia entre un territorio militar "pratae" (con asentamientos civiles bajo su control como Magavia y Pisoraca -y que hasta ahora conozcamos-), y otros de carácter civil (ager) e independiente como fueron Iuliobriga y Segisma Iulia (¿Sasamón?, Burgos). Por lo tanto otras funciones tales como el comercio, administraciones varias (sociales, catastrales, de justicia, etc.) eran directamente reguladas y dirigidas desde los núcleos civiles y más concretamente por la capitalidad seguramente establecida en la citada Iuliobriga. A partir de esto, las citas que la epigrafía y las fuentes escritas nos informan así como también las excavaciones efectuadas en todos los yacimientos romanos conocidos (Retortillo y Camesa en Cantabria; Otero, Cildá, Mave y Herrera en Palencia). hemos de asumir que uno de los núcleos poblacionales administrativamente más importantes se encontraba en la ciudad de Iuliobriga, identificada hoy con el yacimiento cántabro emplazado bajo y junto a la población de Retortillo.
   Esta ciudad y a la vez todas las poblaciones próximas que durante, por ejemplo, los tres primeros siglos de esta era que contaron entre todas ellas con un alto número de habitantes, necesitaban abastecerse diariamente de todas las materias primas que le eran necesarias para desarrollar todas sus actividades diarias. Eran miles de personas y por lo tanto los yacimientos, las vías de comunicación, los sistemas de transporte, administraciones, etc. deberían de funcionar de forma coordinada y a la perfección.
   El mineral de cobre debería de proceder de las minas del norte de Palencia (Cervera y alrededores), quizás el plomo del sur de Cantabria y el hierro, el mineral más ampliamente empleado, procedería de la costa. Por mar, y a partir de la muy importante vía que se iniciaba en el puerto de Flaviobriga (Castro Urdiales) y moría en Pisoraca, debería llegar el hierro extraído en Somorrostro (Vizcaya) y/o de Peña Cabarga (Santander). Es más que probable que hubiese un ramal que se desviase hasta Iuliobriga y alrededores o bien subiría desde el sur.    Sobre el aspecto concreto de la extracción y fusión del mineral hemos hallado claras huellas en Iuliobriga a través de un pico-martillo de hierro y una torta plano-convexa hallados ambos en la zona de la Casa de los Morillos, así como abundantes muestras de escoria de hierro repartidas por todas las áreas de excavación del yacimiento, muy cristalizadas éstas al estar mezclada con sílice (fayalita). Y finalmente una zona denominada del "Aparcamiento", donde aparecieron hornos de pequeño tamaño así como una red de canaletas, interpretado por sus excavadores como un área de fundición y forja.
    Por lo tanto muchas eran las aportaciones a las que el metal contribuía, dando soluciones a las necesidades diarias. Aquí y como ya vimos en un principio para otros yacimientos, al igual que se venía discriminando la materia desde la Edad del Hierro, el cobre y sus aleaciones eran destinadas básicamente a la confección de objetos de adorno. Mientras que con hierro eran forjadas tanto las herramientas y demás utensilios destinados a los diferentes oficios, ya que las armas, como no podía ser de otra manera, son inexistentes. Y así junto al tapial y los adobes, la abundancia de madera era complemento indispensable para la construcción de viviendas. Por lo tanto la carpintería supone lógicamente uno de los oficios allí más desarrollados v mejor representados, sobre todo a partir del muy alto número de clavos que se han hallado entre los derrumbes de las construcciones. Poniendo claramente en evidencia todo este conjunto de ideas que venimos arguyendo. También con partes metálicas se confeccionaban otros enseres de la vivienda como eran las cerraduras, los más bien escasos arcones (que hacían las veces de armarios), etc. (Figura 4).


REFLEXIÓN ECONÓMICA,HISTORICA Y SOCIAL

   A la llegada del ejército romano a Cantabria las poblaciones de la IIª Edad del Hierro habían desarrollado una avanzada tecnología metalúrgica, tanto en lo que a fundición de objetos se refiere como a su diseño y decoración. De todas formas esta es una tónica general a la mayor parte de las sociedades que habitaban poblados fortificados de la vieja Hispania, producto de una muy larga tradición de experimentación y uso que arrancaba desde el más remoto Calcolítico.
   De sur a norte las diferentes culturas presentan un desarrollo muy importante en el terreno metalúrgico, desde la actividad extractiva del mineral, su reducción o transformación en metal hasta la fundición y forja para convertirlo en útiles y armas.
   Una de las principales motivaciones de anexión por parte de Roma de todo el territorio que ocupa la Península Ibérica, aparte de sus obvias inquietudes expansionistas, fue el contar tanto con guerreros de los cuales nutrirse en futuras conquistas, como y sobre todo las enormes posibilidades de explotación de materias primas, y donde el mineral de todo tipo era muy abundante por su diversidad, calidad y abundancia. A lo largo y ancho de la Península Ibérica existían criaderos de hierro, cobre, estaño o plomo cuando no de plata y oro, muchos de los cuales ya fueron descubiertos y eran aprovechados por las poblaciones indígenas para su consumo y comercio.
   La explotación de los criaderos llevada a cabo por la población autóctona comprendía el abastecimiento de un área reducida de poblados y fundiciones, pudiendo ser inclusive territorialmente más amplia, pero nunca a la gran escala que imperiosamente necesitaba Roma para su abastecimiento. Una cultura más avanzada como la que impuso el pueblo vencedor comportaba otra serie de necesidades ineludibles y añadidas a las que la cultura tradicional requería y estaba acostumbrada, y por lo tanto una mayor cantidad de materia prima con la que fabricar una más amplia gama de objetos. Inclusive en mayor número, debido a una demanda en continua expansión a nivel que lo hacía territorialmente el Imperio, con lo cual comenzaba embrionariamente el sistema productivo. Aunque quizás este aspecto llega a ser a nivel arqueológico más evidente en otras materias como la cerámica, que los objetos de metal propiamente dichos.
   Cantabria a menor escala y en la generalidad presentaba las mismas particularidades, y motivaciones de su conquista así mismo fueron de índole económica, aunque también estratégica en función de la anterior. Y de esta manera permanecía bajo control romano la totalidad del territorio de Hispania. De hecho y a nivel de la materia que nos ocupa sólo en la zona sur de Cantabria quedaron abastecidas al menos durante varios siglos las poblaciones de los castros, durante más de cincuenta años al menos a toda una legión y también las ciudades y aldeas romanas del entorno durante todo el Imperio, así como a las poblaciones medievales posteriores. Esto quiere decir que la presencia de materia prima era impresionante y la red de abastecimientos -incluida la viaria- funcionaba a la perfección desde el final de la prehistoria. Por lo cual Roma en principio no tuvo más que agrandar lo que se conocía, posteriormente aumentar el número y finalmente acrecentar su producción.



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Carmelo Fernández Ibáñez
Museo Arqueológico - Palencia