Una romería campurriana en el primer tercio del siglo XIX

José A. Gutiérrez Delgado

Los usos y costumbres populares en la Merindad de Campoo han experimentado en la segunda mitad de este siglo una transformación tan profunda, que a las nuevas generaciones se les hace difícil imaginar los aspectos más representativos de la vida tradicional rural.

Sólo las personas que sobrepasan los setenta años han conocido y experimentado vivencias similares a las que se producían en nuestros pueblos a lo largo de la pasada centuria.

¿Cómo hacerse una idea, por ejemplo, de las fiestas que celebraban nuestros antepasados? ¿Cómo se divertían? ¿Qué hacían en un día de romería?

Por suerte disponemos de algunas descripciones conservadas gracias a la pluma de los escritores de la época. Este es el caso de la romería de San Pelayo en Naveda del año 1826 a la que D. Manuel de la Cuesta dedicó una de sus primeras poesías.

Este escritor, según relata D. José María de Cossío, biznieto suyo, en un artículo publicado en 1933 en el Boletín de la Biblioteca Menéndez y Pelayo titulado "Noticia de D. Manuel de la Cuesta y sus versos", nació el 3 de enero de 1808 en la Casona de Tudanca. Allí pasó su infancia, aficionándose a la lectura en la escasa biblioteca de su padre. Entre los catorce y los quince años comienza los estudios de Filosofía en Burgos, donde permanece dos años, pasando a continuación a Valladolid para cursar las disciplinas de Derecho. A los 18 años consigue el titulo de bachiller en leyes y es en este momento al finalizar la carrera, cuando se acerca a nuestra comarca, Al regresar de Valladolid pasa a visitar a sus abuelos y tíos maternos que viven en la casa torre de los Cossío en Reinosilla y continúa por Campoo de Suso para acceder por el puerto de Sejos, a su casa de Tudanca.

Es probable que también visitase a algún pariente o amigo de Naveda y fuese motivo y ocasión para quedarse a la fiesta del pueblo.

Cuatro años más tarde en 1830, huérfano ya de padre y habiendo tenido que hacerse cargo del mayorazgo de la Casona comienza a escribir algunas poesías entre las que se halla la por él titulada "Memorias de la romería de San Pelayo". Antes de investigar lo que en ella nos relata, digamos, para completar escuetamente su biografía, que destacó sobre todo en el campo de la política, desempeñando importantes cargos en diversas ciudades españolas y que desde 1850 a 1863, año en que murió, fue rector de la universidad de Valladolid.

El poema, como reconoce José Mª de Cossío, es de escaso valor literario; sin embargo nos muestra con realismo ingenuo pero digno de tener en cuenta, lo más característico del ambiente festivo.

Comienza con una estrofa dedicada a pedir favor a las musas para que le inspiren los versos que va a escribir. Pasa después a exponer la situación del pueblo:

Este pueblo situado
en un llano frondoso y dilatado, 
en medio de una pradera
donde reina perpetua primavera 
donde mil plantas y fragantes flores 
exhalan aromáticos olores, 
cuyo sitio hace aun más delicioso 
el susurro del Iger caudaloso 
que por medio del valle abriendo brecha 
regándole, le deja a la derecha.

Inmediatamente nos sitúa en el tiempo (26 de junio):

Este pueblo repito, justamente 
en fin del mes siguiente
al florido, feraz y alegre mayo
celebra la función de San Pelayo.

Quiere destacar luego que esta fiesta le agradó sobremanera porque, a diferencia de otras "aldeanas romerías" en las que se hacen patentes los malos modos y sobresalen los "pedantones", aquí se encuentra con la "finura, la modestia y compostura" de las personas.

La descripción festiva propiamente dicha, se inicia con los actos que se celebran por la tarde, después de comer. Con seguridad la mañana se ha ocupado con la Misa mayor y la procesión del Santo

Después que los sencillos labradores
y también los señores

ante el altar postrados
contritos y humillados
incienso prodigaron
y al santo tutelar se encomendaron,
según del templo augusto iban saliendo 
se fueron dividiendo
en diversas secciones 
formando luego varias diversiones.

 

A continuación viene lo más importante de la fiesta, los tres principales focos de atracción. En sus versos se nos muestran caracteres de indudable valor etnográfico. El inicial se refiere al baile:

Primero las doncellas campurrianas 
tan frescas y tan sanas, 
en corro reunidas, 
de mil mozos seguidas, 
los panderos tomaron 
y un fandango a su son presto bailaron 
¡Que era de ver los jóvenes gallardos 
con sus vestidos pardos 
cuán alegres bailaban 
mientras ellas con gracia los cantaban 
Y éstas ¡Cuán complacidas 
estaban al mirarse perseguidas!

Podemos apreciar algunos elementos típicos: las mozas que cantan y tocan la pandereta, el corro de jóvenes que esperan a que las saquen a bailar, el color del traje campurriano de hombre, etc.

Continúa el poeta reseñando el juego de miradas, guiños y sonrisas, y poniendo ejemplos de las desventuras de los mozos, ya que según parece, pocos son los que consiguen un contento perfecto.

Allí el sencillo mozo enamorado 
con su querida al lado 
sin que zozobra, pena ni tormento 
viniesen a turbarle en su contento 
mil flores la decía 
favores de ella en torno recibía 
y planes lisonjeros proyectaba 
que luego ella medrosa le frustraba.

Otros se fían de una sonrisa, pero parece que la moza no pasa de ahí:

Que tales fueron siempre las mujeres:
que no gozan contento 
cuando al hombre no están dando 
tormento.

En fin, algunos se sienten tan rechazados que optan por darse una vuelta por el pueblo:

sin que placer hallasen en Naveda.

El segundo grupo numeroso lo constituyen quienes están en la bolera o corrobolos. El poeta se detiene más en aspectos sociales que en los técnicos propios del juego:

En otro corro cerca se jugaba 
a los bolos, y allí se recreaba 
el modesto casado,
o el soltero tal vez que escarmentado 
de amorosos fracasos, 
que prodigan los premios tan escasos 
después de atormentar los corazones 
buscaba más tranquilas diversiones.

El tercer centro de atención está en los que juegan a la barra ­deporte rural desgraciadamente desaparecido- en sus dos modalidades, "a manos" y a "piernas":

En otro sitio y al opuesto lado 
era un grupo abultado, 
donde estaban los matones, 
o aquellos valentones 
que a la barra tiraban 
y quién era más fuerte 
allí probaban:
ora el brazo extendían, 
ora el cuerpo encogían, 
y arrojando la barra con fiereza 
inmóviles quedan con firmeza, 
haciendo ver a los concurrentes 
que también en Campoo los hay valientes.

Entre bailes y juegos transcurre la tarde hasta que llega la hora de celebrar la fiesta con una abundante y espléndida merienda-cena:

Fuéronse en fin las gentes dispersando 
y a casa retirando
donde los de Naveda, tan honrados, 
tenían preparados pollos, 
truchas, lechazos y corderos 
para obsequiar así a los forasteros.

A partir de aquí el poeta narra lo que sucede en el entorno en el que él se mueve. Como hidalgo que es, se ve invitado a la casa del más alto linaje del lugar y nos quedamos sin saber más de las gentes sencillas.

Yo también convidado 
fui a merendar llevado 
a un palacio suntuoso 
magnífico y hermoso
que cual roble entre arbustos él se eleva 
sobre las demás casas de Naveda

A continuación describe al señor de la casona y la sala donde se celebra el banquete al que asisten "más de cuarenta convidados". Se entretiene exaltando la belleza de las mujeres, la cortesía de todos, el buen servicio, etc. y cómo él se siente transportado a un mundo maravilloso comparable a "los campos Elíseos".

Concluido el banquete comienza una nueva diversión que sorprendió agradablemente a nuestro autor: la improvisación de versos.

Bomba, bomba dijeron
y en pie discretamente se pusieron.

Allí bellas cuartetas
dijeron los poetas
y aún los más que allí estaban
en cuartetas o pies poetizaban.

Probablemente también él participó en este juego literario, pero relata que fue una bella muchacha la que se llevó los mayores aplausos por sus hermosas composiciones poéticas.

Finalmente se da por concluida la fiesta y medita sobre lo efímeras que resultan las diversiones, aunque con un cierto sentido de conformidad,

Pues si tanto durasen
como gratas nos son y deleitosas
pronto quizá se hicieran fastidiosas.

Termina la poesía trasladándonos al momento en que la escribe, con estos versos finales:

La función se pasó, 
pero en mi asilo
retirado y tranquilo
repasa mi agitada fantasía
los pasos de tan bella romería
sin que de ella sacase yo mal gloria 
que poder dedicarla esta memoria.

Esperamos que las partes transcritas sirvan al lector, de alguna manera, como respuesta a las preguntas iniciales, así como para hacer otros tipos de análisis: económicos, sociales, . . También deseamos que sea el inicio de una mejor comprensión y amor de la cultura popular tradicional que todos debemos sentirnos obligados a conservar.