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Los viejos buhoneros

Museo Etnográfico El Pajar

La venta por los caminos de Castilla en un carro de vacas
Lantueno, a la vera del Camino Real de Castilla a Santander y con estación de tren desde la construcción del ferrocarril de Isabel II, fue un lugar de residencia de carreteros y gentes dedicadas a la venta ambulante, los viejos buhoneros.
 
Sus mercaderías eran variadas. La garauja y el laurel venían a venderlos los artesanos montañeses, principalmente de los pueblos de Los Tojos, Bárcena Mayor, Saja y Cabuérniga. Los carpanchos y garrotes se les compraba a los vecinos de Santiurde, los cestos con asas para sembradura y garrotas a los de Somballe, las albarcas a los de Rioseco y Santiurde de Reinosa, los palillos para mangos de escoba se hacían en Lantueno. la piedra de sal se compraba en la mina de Cabezón, las patatas campurrianas se adquirían en el mercado de los lunes y la paja en Castilla. Estas fueron las principales mercancías a vender.
 
Francisco Calderón, de Lantueno, con su carroLa garauja, el laurel y la piedra de sal para el ganado fueron los artículos con los que viajaban más lejos los mercaderes. Se llamaba garauja a los utensilios utilizados para las labores de la recogida de la hierba y de la trilla de los cereales y flor: rastrillos, garias, bieldos, diferentes tipos de horcas, palas de madera para beldar o dar vuelta la parva y aijás. Normalmente eran fabricados en madera de avellano, fresno o haya.
 
La mercancía se pagaba una parte a su entrega y la otra al regreso. También se pactaban las entregas que se debían enviar durante la estancia de los mercaderes en Castilla, ya que en el carromato se cargaba para realizar las ventas en las primeras escalas. Los nuevos envíos se depositaban en almacenes alquilados en el Canal de Castilla o en las estaciones del tren.
 
El peso a transportar era de unas 40 arrobas (media tonelada), lo que obligaba a tener las vacas bien alimentadas y herradas para la larga caminata, el carromato con los bujes de las ruedas bien engrasados. En la caja, para proteger la mercancía, se colocaban unos arquillos frontales sobre los que lateralmente se amarraban las cañas para el tensado del toldo, creando el cierre frontal y trasero con otras dos piezas, normalmente confeccionadas con tela de sacos cosidos.
 
Dentro de la caja, en sus laterales, iban unos picachos donde se colocaba la garauja, dejando el centro para la piedra de sal y encima de esta el resto de mercancías y utensilios para el viaje de los mercaderes, como el jergón realizado con una saca de paja llena de hojas de maíz, y lo imprescindible para cocinar, aseo personal y mudar su vestimenta.
 
Cada familia salía con ruta diferente hacia las tierras del cereal de las provincias de Burgos, Patencia, León, Valladolid y hasta la provincia de Madrid. Componían la expedición como máximo tres personas: dos mayores y un chaval. Normalmente iban dos: una persona mayor y el chaval, que se quedaba al cuidado de la mercancía mientras el adulto distribuía las ventas. Con las primeras ventas realizadas compraban las provisiones en los lugares de paso. El vino se adquiría en aquellos lugares que tenían colocado en su fachada un trapo colorado. Cuando el negocio iba bien pernoctaban en posadas o fondas.
 
Por el canal de Campos tomaban uno de los tres ramales, haciendo depósito de sus mercancías en Frómista, Medina de Rioseco o Valladolid. Con la construcción del ferrocarril hacían el depósito en la estación de tren más conveniente a su ruta y a su conexión con el canal, ya que se ahorraban el carretear la carga hasta Alar del Rey. Recuerdan los lugareños sus ventas en Villalón de Campos, Carrión de los Condes, Villaramien, Astudillo, Rioseco de Campos, Monzón de Campos, Fuentes de Valdepero, Villada o Piña de Campos.
Partían a primeros del mes de junio y regresaban para el Carmen. Realizaban otra salida después del Carmen, incluyendo en sus mercancías carpanchos para la recogida de la uva y regresando entre Nuestra Señora de septiembre y San Mateo. Su primera noche la pasaban en el portalón de Pozazal. Desde allí hasta Becerril del Carpió para llegar a Alar del Rey (punto de partida hacia las diferentes rutas) hacían trayectos de 20 kilómetros de media al día.
La pernoctación y las comidas se solían hacer aprovechando la llegada a alguna venta, pueblo o villa. Se soltaban las vacas y se las amarraba a la rueda del carro, colocando en sus cuernos los garrotes pienseros que viajaban colgados del eje de las ruedas. En ellos se las daba la ración de harina, tercerilla o trigo, para que fibraran sus músculos. A continuación se preparaba el guiso o el escabeche para almorzar o comer y las sopas de ajo para cenar. Se dormía dentro del carro, o en la posada, ocupando un lugar en el suelo, encima del jergón, y compartiendo lecho con el resto de transeúntes como los trilleros, pellejeros, lichoneros, afiladores y quincalleros.
 
 
Alguacil pregonero

Al llegar a un lugar contrataban al aguacil, al cual entregaban una lista de las mercancías a vender. Este las pregonaba a todos los vecinos y los que necesitaban comprar o reponer se acercaban a la plaza del pueblo donde se había expuesto la mercancía. La venta se hacía al contado,. Dadas las necesidades de aquellos lugareños, algunos no podían pagar y se les admitía el trueque con trigo que almacenaban en el depósito para su venta en Campoo. Si el trigo almacenado era superior al que se podía transportar a su regreso (ya que tenían que medir bien las fuerzas de la pareja de vacas para que subieran la varga de Pozazal), este se facturaba. En algunos lugares los mercaderes eran abastecedores de ricos hacendados que disponían para trillar de hasta 12 parejas de mulas.
 
Las ganancias que se tenían no eran muchas, porque a la compra de la mercancía había que sumar los gastos de estancia en las posadas o fondas, la compra de víveres y pienso para las vacas, la tasa del alguacil, el pago del transporte y almacén de la mercancía.
 
Los últimos viajes a Tierra de Campos se realizaron a mediados del siglo XX. La progresiva mecanización de la trilla y la motorización y mejora del transporte por carretera cambiaron la vida de estos mercaderes, dejando paso a una generación que llevaba las mercancías en un solo día a los almacenes que lo distribuían.

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