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De toponimia menor aguayesa

Manuel García Alonso

ACERCA DEL VALOR DE LA TOPONIMIA
Nombrar la realidad la delimita y la hace manejable para quien la nombra. El espacio, como una parte básica de esa realidad -una parte indudablemente importante para el hombre pues de allí proceden todos los recursos que le permiten desarrollar su vida personal y comunitaria- también debe ser nombrado. El espacio que carece de nombre no existe como categoría mental de análisis, por tanto no existe "realmente" para el grupo humano que allí vive. La toponimia documenta y estudia los nombres de lugar, los cuales constituyen una apropiación mental del espacio con un elevado contenido social, ya que el manejo del espacio, en este sentido, resulta no solo necesario sino imprescindible para quienes viven de él.
Dependerá de las formas de vida del grupo humano que ocupa el territorio la determinación de la conformación y distribución de la toponimia en el espacio. En nuestro caso se trata de un espacio ocupado, desde hace un milenio, por colectividades campesinas que han moldeado, construido y nombrado el espacio de su interés y jurisdicción, el del valle de Aguayo, históricamente perteneciente a las Cinco Villas de la Merindad de Campoo, en la divisoria cantábrica que se asoma ya a la vertiente septentrional de la cordillera.
Por ello, además, la densidad toponímica resulta directamente proporcional al interés e intensidad en el uso y control del espacio; y esto es especialmente así en cualquier lugar y fundamentalmente en un espacio aldeano como el que aquí vamos a tratar. La densidad disminuye del interior al exterior de los distintos ruedos en torno a los pueblos. Casas, barrios y callejas, huertos, tierras y mieses, derecheras y ejidos, prados y praderas, brañas y montes marcan la gradación, de menos a más, de la superficie a la que se aplica cada una de las denominaciones, cada uno de los nombres con que se conoce cada porción del valle que los habitantes de Aguayo reconocen porque les han dado nombre (Ver mapa págs. 30-31).
Otro valor de la disciplina se deriva de que los topónimos aparecen en un determinado momento de la historia del lugar, sustituyen en ocasiones a otros precedentes a un ritmo lento pero predecible y evolucionan también con el devenir. Por ello, en muchas ocasiones nos revelan otros modos de vida, la propia historia local, y nos ofrecen datos sobre la evolución de la zona. A veces se trata de verdaderos hitos, fosilizados o no, de la arqueoetnografía del lugar. De todo ello vamos a hablar tomando como referencia lo que sabemos sobre el lugar de Aguayo, un valle de las Cinco Villas en la Merindad de Campoo.
 
 
LA TOPONIMIA QUE DESCRIBE EL TERRITORIO
 
 
Comenzaremos por los orónimos o nombres de los relieves. Destaca su variedad, desde los que hacen referencia a los materiales geológicos de superficie, los meramente descriptivos o los que indican situación respecto a otro lugar.
Existe una serie de orónimos que vienen determinados por el carácter de los materiales que aparecen en la superficie del terreno. Así, entre ellos, destacaremos aquellos que se refieren a la presencia de piedra desnuda, allí donde la erosión la ha puesto al descubierto:
- Peña <PINNA, con sus diminutivos, se emplea para indicar relieves de roca masiva (La Peña, Peña Lancheros, Peña Cervera, Peña San Roque, las Peñas de Soberón), o su diminutivo La Peñía (La Peñilla).
- Lancha es una piedra plana y de gran tamaño (Peña Lancheros, Coteralanchas).
- Castro <CASTRUM (El Castro, el Castro el Roblón), es cualquier ladera escarpada y rocosa.
Y también algunos se aplican a la piedra suelta o a una zona pedregosa, como El Pedregal, o Gándara y Cándano (Candarías, Rucándano, Valcantín) procedentes de la fecunda raíz prerromana *CANT- (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ 1999,109 y 110,178 y 179). En algún que otro caso hace referencia al tipo de terreno, como El Terrero (<TERRARIUM) o La Herrera (<FERRARIA).
Aunque, a veces, la denominación tanto hace referencia a los materiales como a la mera descripción del relieve, caso de Aspra <ASPERA y sus variantes (El Aspra, La Aspría, El Aspral) que nombra un cerro de superficie rocosa, o Crespa <CRISPA, ladera de superficie desigual por los afloramientos (La Crespa). También el topónimo Las Coronas, en Aguayo, se aplica a una serie de estratos rocosos aflorantes en una ladera cónica.
San Miguel De AguayoEl modelado cárstico, siempre sobre materiales calcáreos del Juras, genera una serie de relieves y formas peculiares. Los campos con dolinas, algunas de gran tamaño, aparecen en el Alto los Cerros (El Hoyo de los Midiajones, El Hoyo) y en la Breña Mayor, (Valtazones, La Hoya del Espinal). Los topónimos son muy significativos y, efectivamente, se trata de depresiones con materiales arcillosos procedentes de la decalcificación en su fondo. En pocos casos conocemos torcas de cierto desarrollo vertical Lindalatorca), torcas pequeñas en La Turquía (<*torquilla"<*TORQUA) o grutas de reducido desarrollo (Cueva la Llosa). Por contra en estas zonas calizas es habitual la presencia de sumideros y surgencias como las de las fuentes de Juan Fría y Juan Vidalez.
En cuanto a las meras denominaciones descriptivas tenemos desde los relieves culminantes a los deprimidos, con diversas formas:
- Otero <*autario<ALTARIUM - Cueto, Cotero, Cotorro (El Cueto, Cotejón, Cotero los Vallaos, Coteralanchas, Coterajidra, Cotera Soto, la Cotorra Sorao, la Cotorra del Medio, la Cotorra Valcantín) son cerros de remate destacado. Mientras cotero parece asimilable a la toponimia montañesa general, cotorro es más propio de las tierras campurrianas.
- Pando <PANDUM (La Panda, El Pando) como alomamiento.
- Dueso <DORSUM (El Dueso) de significado similar.
- Cerro <CIRRUM (El Cerro, Los Cerros).
- Cuerno <CORNUM (El Cuerno Temuda, Cornezuelo, El Cornejón).
Llano <PLANUM (Los Llanos, La Llanona). - Tablada (La Tablá), con el sentido de zona amplia de suave pendiente.
- Cuesta/Cuesto (Cuesta Argañosa, Cuesta Manil, Cuesta Alta, el Cuestón de Recuria).
- Pendia (el Hito la Pendia) con el significado de notoria pendiente, lo que en dialecto montañés es "pindia".
- Varga, como fuerte pendiente (La Barguía, El Barguijón). Los Bragales, quizá sea metátesis de Vargales como lugar de cuestas.
- Escalerón es un gran peldaño en la falda de una montaña.
- Valle y Val- <VALLIS, en compuestos (El Valle, Valdesantián, Valcabao, Valpalaz, Valtribuz, Valcantín). La Valliluenga indica la presencia de un valle estrecho y prolongado, "luengo" (<LONGUM) según el castellano antiguo.
- Vallejo, originariamente un diminutivo del topónimo anterior (Los Vallejos, El Vallejuelo, El Vallejón, el Vallejo Oscuro).
- Canal, en femenino para marcar el mayor tamaño, con el significado de vallejo largo y pendiente (Las Canales. La Canalona, Los Canalizos).
- Carcua, como derivación fonética de cárcava, es el barranco producido por la erosión superficial (La Carcua).
- Cubo/Coba (CUPA), como El Cobo, La Coba, La Cubía, Los Cubos, es una hondonada. - Hoz <FAUCIS, garganta fluvial (La Hoz, Hozcabao, Matahoz).
- Hoya/Hoyo (El Hoyo, la Hoya la Villa).
- Hondo (Los Ondales).
- Barcena, con el sentido de llano junto a un río (La Bárcena, El Barcenal, la Bárcena Morín).
- Uquío/Juquío, diminutivo de "hueco", con la forma campurriana o con la aspiración, propia de los límites con Iguña, en que se encuentra. Los pasos entre alturas se denominan Collao (<*COLLATUM), como El Colladío ("El Colladillo" en el Cartulario de Cervatos) y Horca <FURCA (La Horca, el Campo la Horca), por similitud formal.
No nos extenderemos aquí, por su poca especificidad, sobre los que indican situación relativa. Recogemos sin embargo algunos, como Entre (Entrecuetos, Entrecallejas, Entrecarreras, Prao Entremangas), la Entrá la Canal, So- (Las Sorrasas, Los Sotierras, Soberón, Somonte, Sorao) con el significado de debajo (SUB-), y Sobre (Sobresanmiguel). Somo- que también significa encima (SUMMUM-) se encuentra hoy únicamente en Somavía (<Soma Villa), salvo que Samorín provenga de Somorín por disimilación. Otra forma arcaica se detecta en el topónimo Barridiuso (<Barrio de Yuso) con el significado de Barrio de Abajo (Yuso<DE-ORSUM).
Por lo que hace a los hidrónimos, o nombres de las aguas, la mayor parte de ellos son comunes en el área castellana, como el genérico Agua (El Agua, Agualateja) que se recoge en el mismo topónimo que da nombre al valle. Aguayo procede del latino AQUARIUM, indicando una zona de nacederos y fuentes de numerosos arroyos de montaña, como así es. El nombre del río principal, Irvienza, parece que contiene un femenino que recuerda los grandes hidrónimos prerromanos de área cantábrica (Sella, Deva, Nansa, Saja, Miera...), aunque podemos considerarlo también una derivación del latino reconstruido *FERVENTIA.
Los cauces naturales de aguas reciben también las comunes denominaciones de Río (El Río) y Arroyo (Los Arroyos) acompañado casi siempre del topónimo correspondiente (Río Salce, Río Irvienza, Arroyo la Braña, Arroyo Mojón ...) (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ 1999, 70 y 71). Pero, en el caso de Río (<RIVUM), encontramos también los contractos Ru-/Re- en Rucándano/Rucándiano, Rumeña y Refreo (<Rio Frío) con alternancias (Recuria/"Rocuria" en documento de 1902) y aperturas vocálicas (Reancho/Riancho).
Las fuentes utilizan el término castellano, salvo en El Juntalejo y la Juentecía, ambos en Santa María, lo que indica la virtualidad en este lugar y hasta no hace demasiado tiempo de la aspiración de la F inicial latina. En San Miguel, sin embargo, se ha perdido totalmente la conciencia de ese rasgo hasta el punto de no reconocerlo. Así lo muestran los topónimos que duplican el término Fuente (Fuente de Juan Vidalez, Fuente de Juan Fría). En este sentido se vincula con una pérdida temprana -¿en la Edad Moderna?- de la aspiración, como en el resto de las tierras' meridionales y orientales de Cantabria. Un caso llamativo es la denominación de un manantial como Fuente Dé (<DIVA), en el sentido de fuente divina; compárese éste con el mismo nombre en el nacimiento del río Deva, en Liébana. Las lagunas, mayormente zonas temporalmente encharcadas, 'resultan Liaos (Lagos), como en la Braña los Liaos.
En los cauces fluviales, aquí de montaña, se habla de Pozo (Los Pozos) en los represamientos naturales, y sólo en una ocasión, y con ciertas dudas, encontramos nombres de pasos o vados (Buldeje <¿Vado del Tejo?, con pérdida de la sonora intervocálica y asimilación de vocales). La Ribera se denomina al terreno que bordea y acompaña el cauce de un río o arroyo mayor. Por lo que hace a los fitónimos debemos indicar el dominio paisajístico en el valle de tres formaciones vegetales, el bosque arbolado, el monte bajo y el pastizal. Estos tres dominios reciben, en el habla local, un término propio. Así tenemos el monte que define las áreas boscosas por un lado, por otro, la sierra identifica la landa atlántica o monte bajo de forma genérica y, por último, las brañas que son los pastizales de montaña.
Las menciones genéricas al bosque sólo reciben esta denominación en el contracto fósil Bos-/Bus- (Busnal <BOS-NATALIS, Busconce). Hoy las zonas arboladas se conocen como Monte. Cuando es un área poco extensa Soto <sautu<SALTUM (El Sotío, Cotera Soto), y cuando se trata de masas arbustivas Mato (la Mata Santa Cristina, Matazamora.,.), un topónimo muy abundante en la zona campurriana (GUTIÉRREZ CEBRECOS 1995,33). Las praderas naturales o mantenidas por el pastoreo se conocen como Campo (el Campo los Gayanes, el Campo Milhombres, el Campo las Labrás, Camporredondo, Los Campíos, La Campiza). Las zonas lagunosas y humedales de montaña reciben el nombre de incierto origen prerromano Lama/Llama (La Lamiza, Las Llamas). El topónimo El Ujano es posible que se refiera a la presencia de hoja,
Los fitónimos cuyo origen son nombres de árboles y plantas forman una larga lista con numerosos derivados y compuestos, y permiten ampliar conocimientos sobre la vegetación en el valle de Aguayo:
- Haya (El Haya, las Hayas Altas, El Hayedo).
Roble (El Roblón, La Roblemeca), o su otra denominación Cagigo (el Prao el Cagigo). Los Coreos (<QUERCUS) hace referencia a la presencia de robles. Carraspedío pudiera ser de "carrasquedillo" con el sentido de renuevos de roble. Los Abares pueden derivar de Albares (roble albar), y muy plausiblemente El Boreo (Elboredo) tenga su origen en Albaredo. Por otra paite El Rebollo se refiere a una variedad específica del roble.
- Alisa (El Alisal, Alsa <alisa) es el aliso (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ 1999,54 y 55).
- Salce <SALICIS), Río Salce, Los Salceos (Salcedo, lugar de salces o sauces).
- Abedul (el Campo el Abedul).
- Acebo (El Acebal, la Braña los Acebos).
- Tejo (Cotera los Tejos).
- Cerezo (El Cerezo).
- Espina (la Hoya el Espinal, Braña Espina, Los Espinales), es el espino albar o majuelo.
- Manzano (Braña el Manzanal). El varietal silvestre es el mello (<MALUS), "mahillo" (Gª LOMAS 1999, 418) o "mahío" (El Mahío).
- Mostajo (El Mostajo).
- Guindo (Los Guindales) es el cerezo silvestre. También existe El Cerezo.
- Mora (Los Morales) es la zarzamora pues no se conoce la morera.
- Halecho (Cuesta Lechoso<"Cuesta Halechoso"), variante campurriana por helecho. El Languero aparece por El Anguero (Halguero), con trueque de L en N (MENÉNDEZ PIDAL 1982, 156) con el significado de "helechal" o lugar de helechos, los Helgueros y Helgueras del resto de la región.
- Berezo o Escoba (Los Berezos, La Escobosa) es el brezo en sus variedades.
- Enhiesta (Nesteo<Henestedo<GENESTA), es la retama.
- Cardo (Cardeo<Cardedo, lugar de cardos).
- Argana (Cuesta Argañosa) es un tipo de hierba larga (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ 1999, 67).
- Barda (El Bardalón), "bardal" con el significado de lugar de bardas o zarzas.
Sobre los zoónimos, son menos numerosos. Algunos hay, como Los Lobos, Peña Cervera, Los Gavilanes, El Prao el Burro, Cueva los Raposos, Las Cabras o Lindalamula).
Más dudosas son las posibles etimologías de algunos nombres de lugar. Los Borcos quizá esté relacionado con el montañesismo "boruco" que se aplica a los pequeños montones de hierba que se hacen en el prado cuando se cosecha (Gª LOMAS 1999, 213). Jarín, quizá como diminutivo de jara, mata de arbustos espinosos, del árabe SAKHRA (COROMINAS1973, 343). Las Coces, quizá de "coz" indicando la parte más alejada de algo (GARCÍA LOMAS 1999, 275). Las Cocías (Coallas), es posible que derive de la misma raíz o de la palabra campurriana "concia" con el significado de braña acotada (Gª LOMAS 1999, 267). Los Dazares posiblemente sea un topónimo con sonorización de la consonante y de la misma raíz que tazar, un verbo muy vivo en Aguayo. Los Cencíos (Cencillos), se conoce "cencillada" como montañesismo (GARCÍA LOMAS 1999, 256) con el significado de carga pequeña del carro. Aunque pudiera explicarse etimológicamente a partir de *SINGELLU, que origina el castellano "sencillo" (MENÉNDEZ PIDAL 1982, 120 Y 138), no nos parece probable. Campo de los Gayanes, en Campoo "gayana" es una vaca que sube al puerto (GARCÍA LOMAS 1999, 356), por lo que pudiera tratarse de novillos trashumantes hacia estos lugares. Ano, nombrado Jano en Iguña, se ha planteado la posibilidad de que derive de FANUM latino (faro, referencia orográfica). Por otro lado Ureño pudiera provenir también del latino AURINIUM, quizá por el color dorado que toma al atardecer. Rumeña es un hidrónimo que puede contener una voz prerromana (*MINIA), bien conocida en otros lugares del norte peninsular. Y, para concluir, sobre Samorín cabe decir que pudiera también tratarse de un antiguo "sel" (¿Salmorín?) o, quizá, un compuesto de "Somo", con disimilación vocálica. O nombres aún más oscuros como Temuda, de raíz quizás prerromana.
 
 
LA TOPONIMIA QUE DESCRIBE LOS APROVECHAMIENTOS
 
Ahora vamos al factor humano, a los grupos humanos que han utilizado y modelado, en su verdadero sentido, ese medio natural al que ha dado nombre. Porque son esos habitantes del valle de Aguayo, desde los orígenes de su poblamiento en la Edad Media, los que han comenzado a denominar con esos nombres sus términos con el único propósito de definirlos, clasificarlos y, en último caso, convertirlos en su dominio y uso, en la base física de su supervivencia durante todo ese tiempo.
En los montes y valles de esta parte de la Cordillera Cantábrica, la aldea, a veces el barrio, era el centro y eje del sistema y se componía de las casas o lugares de habitación, las cuadras y pajares así como otros anexos, y los huertos cercados no lejos de las casas. Alrededor se disponía en un primer ruedo alveolar, según la topografía y calidad del terrazgo, las mieses, cercadas en común, en donde se encontraban las tierras del pan (trigo principalmente y patatas a partir del siglo XIX). Junto a ellas algunas tierras particulares de sembradío o "llosas", cercadas, y las derecheras que se abrían a los ejidos. El amplio aro circundante lo conformaban las praderías, muchas veces comunales, como el "prao-concejo" o el prao-toro, o divididas en suertes fijas, y los espacios comunales para pastos y leñas, los bosques y pastizales. Cada uno de estos ruedos o áreas conformaban espacios bien definidos y caracterizados en los cuales, ocasionalmente, aparecían elementos diversos de complementariedad en los usos y aprovechamientos, como bebederos, carboneras, tejeras, caleros, etc. Una red radial de veredas y caminos carreteros unía estos espacios con el núcleo aldeano.
Esta división ternaria nos servirá ahora para determinar lo que la toponimia nos dice acerca de los aprovechamientos de dichos espacios.
Empezaremos por las casas, callejas y barriadas de las aldeas. La denominación genérica de éstas son hagiónimos: San Miguel, Santa María (hasta el siglo XVIII Santa María del Valle) y Santa Olalla (< "Santa Eulalia" en la documentación antigua referida a la advocación de su iglesia pan'oquial). Además existe una necrópolis de tumbas de lajas en torno al edificio de lo que fue sucesivamente ermita de San Cristóbal, Casa de Concejo y luego sede del Ayuntamiento de San Miguel de Aguayo, en el lugar conocido como El Campo (¿Campo Santo?). Otros hagiónimos son el de San Cifrián, en los prados a las afueras de Santa María, San Lorenzo, en una pradera alejada de Santa Olalla,y el de San Roque, en los de San Miguel; y el mismo origen tienen los topónimos de Las Nieves (ermita del siglo XVII), La Piedad o Los Remedios (ya existente en 1624), en lugares en que existieron pequeñas ermitas o humilladeros dedicados a la Virgen de sus respectivas advocaciones.
En ocasiones son los antropónimos, generalmente indicando su promotor o posesor, los que se rastrean. Por ejemplo en la Ormita Rayón vemos el apellido de su promotor y posesor, un apellido común en la zona hasta el siglo XIX, y en el Prao el Bartolo aparece otro antropónimo claro.
En cuanto a los barrios y agrupaciones de casas, en Santa María tenemos las de La Ormita (donde estuvo la Ermita de la Piedad fundada por la noble estirpe de los Obregón), La Fuente, El Hurro (<El Hórreo, puesto que hay testimonios materiales de su existencia en estos pueblos), La Calle Alta, La Picota (lugar en que estuvo uno de estos monumentos para exposición pública de los penados), La Barriá (<La Barriada), lugares como La Calle Real, El Campío, La Puente, Carrera de la Fuente y La Juentecía, así como la singular casa de "El Castillo" o, como se la denomina hoy, la Casa-palacio de Santa María. En Santa Olalla los de Los Corrales, El Callejuelo, La Calle del Campío y La Calle Real. Y en San Miguel existen dos barrios, denominados La Bárcena y Somavía. El primero está conformado por los lugares, barriadas y casas de La Bárcena, La Corraliega, Cabrero, La Ribera, La Cruz (junto a la iglesia parroquial), La Torre Vieja, El Dujo, La Coba, La Torre y El Campo. En el barrio de Somavía existen diferenciados La Barriá y la Casa de Valtribuz (¿VALLIS-TRIBUTUM?). En ciertos casos sabemos de la existencia de viejas torres, hoy desaparecidas. Se han hallado fragmentos de cerámica, posiblemente bajomedieval, y teja curva junto al abrevadero sito en el lugar de La Torre. Además, muy cerca, pero unos cien metros al norte, hay una barriada de casas conocida como las casas de la Torre Vieja.
Estas denominaciones dan ya una idea del tipo de espacios que, a lo largo de su historia, han conformado los espacios intra-aldeanos, un conjunto abigarrado de casas, torres, barriadas, corrales, hórreos, molinos, calles y callejas que se significan como un espacio de ocupación, de habitación, perfectamente definido frente a los espacios exteriores a los que conducían los diversos caminos jalonados de ermitas y humilladeros.
Debió de existir otro pequeño núcleo o barrio al margen de éstos, si volvemos a analizar la toponimia, El Barridioso -o Barridiuso- deriva de una síncopa por "Barrio de Yuso", lo que pudiera indicar un pequeño despoblado junto a una fortaleza medieval que allí existió, en relación con la ermita de San Roque, muy próxima, y al viejo camino hacia La Montaña. En la inmediata Cueva de la Llosa se encontraron dos fragmentos de cerámicas medievales fechables de forma genérica entre los siglos XI y XIV, que quizá centren el tiempo en que este lugar estuvo habitado.
Testimonio evidente del aprovechamiento del espacio es la antigua presencia de molinos, bien dentro del núcleo o en sus proximidades; siempre junto a los grandes cauces de agua a tono con lo que nos expresan sus topónimos. En la villa de Santa María del Valle había, y aún se conservan en ruinas, dos molinos, el de La Puente y el de La Bárcena. El primero se describe en 1890 como un molino "con dos piedras" y sufrió reparaciones en los años treinta del siglo XX hasta convertirlo en minúscula central hidroeléctrica. El molino de La Bárcena, o Molino Nuevo, existía ya en 1834, también con cauce y dos piedras, que es el que hoy se puede contemplar y se conoce también como el del Tío Pepe. En Santa Olalla existía, sobre el mismo río, el Molino Viejo o de El Barcenal, que hoy no existe ya. Y en San Miguel hubo dos molinos maquileros que tampoco se han conservado. Uno en la Fuente de Juan Vidález, y otro en Somavía, denominado en 1880 de "El Ravón". Ambos aprovechaban surgencias cársticas, la de la fuente citada y la que hoy se llama Fuente del Molino en Somavía. Por otro lado es interesante decir que se rastrea el topónimo Calce (<CALICIS) referido a un cauce realizado por el hombre para conducir las aguas, sobre todo en los molinos (el Calce del Molino).
Igualmente estaban presentes en los espacios aldeanos los colmenares particulares, y así lo muestra la denominación, en San Miguel, del pago de El Dujo (<DOLIUM), ya que estamos precisamente ante un tronco ahuecado para colmenas.
Continuaremos ahora por las tierras de labor y prados segaderos, absolutamente fundamentales para los campesinos de esta comarca. Tenemos en primer lugar las diversas mieses cercadas en común donde estaban las hojas de tierras dedicadas a cereales y patatas (La Haza<FASCIA), hoy convertidas en prados de diente, a las que se da nombre según la zona en que se encuentren. Por ejemplo, en San Miguel la mies de Celadla (Celadilla<CELATA) (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ 1999, 125 y 126) hace referencia al cercamiento y en Santa Olalla la mies de Los Llanos describe el tipo de terreno en que se asientan preferentemente las mieses, las breves llanuras o débiles pendientes bien soleadas. Por otra parte la mies de Santa María aún conserva en el habla local el nombre antiguo de estos espacios en la región cantábrica, La Mier. Las cerraduras de estos espacios, de piedra y seto, llevaban unos accesos que dan paso a las distintas servidumbres con cierres denominados portillas (La Portilla de Celadía). Junto a las mieses están las arias (Las Arias, La Aria León), en la documentación "añilas", equivalentes a las "erías" Cerillas) montañesas y asturianas. Respecto a nombres como Las Eras o La Eruca, existentes en el barrio de La Bárcena, parecen relacionarse, con toda probabilidad, con el de aria, lo que pudiera aclarar algo sobre el uso inicial de éstas en otros tiempos (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ 1999, 166 y l67). Al mismo tiempo algunos topónimos hablan de tierras dedicadas con preferencia a determinados cultivos, como al mijo (Las Mijariegas) o al lino (El Linarojo). Por otra parte en La Rasne, pago inmediato al pueblo de San Miguel, vemos el latino FARRAGINIS -derivando por disimilación al tardío FERRAGINIS- con el significado de lugar dedicado a obtener forraje para el ganado. El apellido De las Herrasnes, tan común en otro tiempo en Aguayo, tiene el mismo origen. Se trata del mismo radical que ha originado Herrán, Renedo y el mismo Reinosa (GUTIÉRREZ CEBRECOS 1995)
Santa María de AguayoFuera de las mieses el terrazgo se ampliaba particularmente con tierras cercadas de pared a canto seco. Se trata de las "llosas" (<CLAUSA) que aún recuerda la toponimia -La Llosa- y una de las cuales se cita en el citado documento de Cervatos: "la lossa sobre el solar". Además de configurarse unos espacios de praderías de siega que podían ser comunales, como el Prao Toro de cada barrio, de cierre comunal y reparto individual de predios, lo que en Aguayo se llaman "praderas" como la Pradera de Carraspedío, o de cierre particular, en cuyo caso tenemos El Cierro o El Prao (del Cagigo, del Yugón, etc.), en ocasiones con su cabaña o caserío (de Marigarcía, por su posesor, o de La Braña, lo que indica claramente sus orígenes).
Las praderas se componen de una agrupación de suertes de prado cerradas en común y que, por ello, someten su explotación a las normas concejiles. La denominación de suertes recuerda el sorteo de los predios en origen, y nos lleva a pensar en los "praos- concejo" de los valles del Nansa.
La "serna" debió de ser, en los lejanos tiempos medievales, un espacio acotado -cercado- quizá acondicionado con el fin de incrementar el terrazgo concejil aldeano. La Serna, La Sernuca, La Sernadoria, La Serna Grande y La Serna Chica son el recuerdo de esta explotación en la toponimia aguayesa. En la Serna Chica aún se aprecia una cerca de piedra arruinada aunque es dudoso que fuese la originaria.
En estas zonas, sobre todo en los caminos que las atraviesan, en los manantiales pueden aparecer bebederos, así llamados, o pilones de obra. Curioso resulta uno de los pocos arabismos existentes en la toponimia aguayesa: la Fuente del Alberque (<AL BIRKA) (COROMINAS 1973, 36), referido a un abrevadero de piedra allí existente. Igualmente aparecían, en relación a los materiales de superficie, los hornos para fabricar teja o para hacer cal. Los primeros aún se aprecian en el lugar de La Tejera, donde afloran arcillas varioladas y yesos, y los segundos en El Calero, en el vallejo de Los Pirulojos, en terreno calcáreo.
Y, finalmente, nos fijaremos en los ejidos y espacios para pastos y leñas, Los Ejidos, topónimo que proviene de las salidas de la aldea hacia el exterior, se encuentran en las salidas de las aldeas (Es plausible también que Coterajidra provenga de Cotera Ejidera, la cotera de los ejidos), y en ellos se abrían los sotierros o fosas para enterrar animales muertos (Los Sotierros). A veces ciertos pastizales eran repartidos entre los vecinos a suertes para segarlos y completar los pajares de cara a la ceba del invierno, así el nombre de Las Cáñimas en lo alto de Temuda. Durante el Antiguo Régimen las "cáñimas" o "cáñamas" eran las cargas o derramas de los repartimientos de cargas fiscales entre vecinos o entre los concejos (RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ 1986, 67 y 140).
Los montes arbolados eran reservorios, especialmente los de roble, de material de construcción, para elaborar aperos y para carbones y leñas, así el Monte de la Edesa ("defessa" <dehesa, como espacio acotado o defendido), que cada núcleo poseía. Los espacios boscosos, hoy reconocidos como montes, conservan todavía la antigua forma, contraída en los compuestos, bos-/bus- (Busnal <BUS-NATALIS, Busconce), y cuando tienen menor desarrollo y extensión se habla de mata, como en La Mata el Midiajo, siendo el mato un valor menor aplicado a diminutos sotos de avellano (El Mato la Ritaela).
Luego estaban los amplios espacios abiertos para pastizales comunes, las múltiples brañas en que se encontraban los "seles" en que se recogían los ganados y sus pastores. Los pastos de verano (braña<VERANEA)- son muy abundantes en Aguayo (Braña Espina, Braña el Ortañil, Braña el Cerro, La Brañuela, Braña Cerrada, La Braña los Acebos...), no tanto los que se refieren a "seles", como el Sel de Postremón, Sel de las Fuentes, Sal de Mudarra, Sel de los Bueyes y Sel Redondo. Mientras la primera voz sigue utilizándose en el habla local y ha continuado formando topónimos, la segunda dejó ya de estar viva a comienzos de nuestro siglo, dando lugar a derivas fonéticas como Sal de Mudarra.
El ganado salía de los "seles" expulsado por los pastores al amanecer, sale hoy aún por sí mismo, para dirigirse a pastar a las brañas, sesteando al mediodía en lugares aireados y frescos, libres de la molesta mosca, en los mediajos (Los Mediajos, Mediajo Redondo, Mediajo Frío...). Es muy probable que los nombres de La Manil y Cuestamanil, bien situados como sesteaderos frente al viento del norte, derive del latino MANERE, aplicándose a un lugar en que permanece el ganado al mediodía (GARCÍA LOMAS 1999, 420). Los pastores contratados pollos barrios se refugiaban en las cabañas concejiles, de las que se observan numerosos restos y conservan sus denominaciones (El Cabañón del Crucero, la Cabañuca de La Brañuela, la Cabaña del Tío Domingo, La Cabaña de la Manil, La Cabaña de Nesteo...).
Los veceros, vecinos que pastoreaban los ganados por riguroso turno, se guarecían en las brañas y sesteaderos, ocasionalmente, mediante refugios de pared a canto seco. En Aguayo, encima de La Culera, se aprecian aún en el lugar denominado precisamente Los Parapetos, y se conservan también en el Prao la Braña y en Entrecuetos. Estos veceros recogían diariamente los ganados de los vecinos que los sacaban siempre por las mismas veredas hacia los ejidos. Santa María echaba -escurría- su ganado por La Lastra y, desde allí, lo conducía -acurría- bien al Campo las Monjas, o bien por La Brañuela. Santa Olalla siempre por El Terrero y La Campiza. El barrio de La Bárcena, en San Miguel, bien por La Cuesta y El Hoyo, o bien por Los Vallejos a La Manil. Por último, el barrio de Somavía, escurría bien por El Cerrío y Prao Monte, bien por la Carretera del Pastor y el Arroyo las Nieves, o bien por El Anío (El Anillo).
Además en Aguayo, al igual que en el resto de la región, se tenía acotada una zona de sierra próxima a la aldea como dehesa boyal o "boeriza". En San Miguel se trata del lugar denominado ahora, por evolución fonética, La Guariza.
También es preciso referirse a los caminos carreteros que unían los núcleos aguayeses entre sí y con el exterior, cuya toponimia refleja también su carácter de obra humana y nos hablan de carros, caballerías, humilladeros, fuentes, vados, puentes y pontones: Alto de la Ormita, Los Callejones, La Revoltona (por un giro del trazado), San Cifrián, Entrecarreras, Juan Vidález, Calleja Diego, Alto las Carreteras, Entrecallejas, Fuente el Aspral, La Calleja la Breña, el Puntón (pontón de madera)de San Roque, Santa Cristina, El Paso Malo... En uno de estos caminos principales, el que comunicaba con Iguña por Alsa y Jumedre, se levantó, aún está el edificio, una casa militar de Parada de Sementales en el lugar de La Llosa, introductora principal de nuevas razas en el valle -francesas y bretonas- más productoras de carne.
Finalmente decir que esta muliplicidad de aprovechamientos del espacio por parte de una sociedad campesina define también sus dominios hasta donde pueden alcanzar dichos usos sin entrar en conflicto claro con otras jurisdicciones, pese a lo cual los pleitos han sido constantes. El arroyo de Mojón debe su nombre a tener su manantial en un lugar en que se sitúa el deslinde con Lanchares, el lugar denominado Agualateja o Fuente Armental. La denominación de Agualateja hace referencia a un hecho que tiene que ver con los conflictos por la posesión de tal manantial. Los mojones de piedra, utilizados como señales de los acuerdos de deslindes, se llaman también hitos, voz que proviene del latino FICTUM (Hito de la Pendía, Hito Caido...) y, en ocasiones, se nombran por un antropónimo, como en La Cruz de Pachi.
 
 
LO QUE NOS DICE LA TOPONIMIA AGUAYESA
 
Al margen de todo lo que aporta, como acabamos de referir, al conocimiento de la etnografía local, y que es mucho, suministra interesantes datos lingüísticos y significados apoyos para la comprensión de los procesos históricos.
Respecto a la lingüística histórica, en virtud de lo que hemos expuesto, estamos ya en condiciones de diferenciar, con alguna claridad, tres momentos en la formación y evolución de la toponimia aguayesa:
1. Época prerromana. Con voces poco numerosas pero significativas. Tal es el caso de bárcena, arroyo, cándano, gándara, cagigo, berezo o varga. Además hay otros con cierta posibilidad de serlo, como Iama, Temuda, Irvienza o Rumeña.
2. Época de formación del romance dentro del ámbito del leonés (ZAMORA VICENTE 1978, 84-210). Algunos de los rasgos astur-leoneses presentes en estos topónimos son: L inicial palatalizada (Las Llamas), la aspiración de la H inicial procedente de la F- latina (El Juntalejo, La Juentecía, Juan Fría, Juquío), la pérdida de la mediopalatal detrás de -I-, sobre todo en los diminutivos (Los Cencíos, El Anío. El Colladío, La Cubía. El Sotío, La Rasía), y la pervivencia del sufijo -ORIO, frente al castellano -ERA, en Fonforradorio y La Sernadoria. Estos elementos vinculan esta etapa con las hablas del montañés occidental y asturiano oriental.
3. Época de definitiva castellanizados Aunque paulatina, se produjo inexorablemente desde la Baja Edad Media. Casi todos los topónimos actuales que hemos visto asimilan este valle al dominio del castellano, lo que indica cierta antigüedad del proceso lingüístico. En este momento se incorporan los arabismos al léxico aguayés, muy pocos de los cuales pasan a la toponimia.
En cuanto a la dialectología es de lamentar la inexistencia de estudios precisos sobre Aguayo. Si bien es cierto que contamos con textos costumbristas, de desigual valor, que recogen aspectos del habla popular campurriana. Sin pretender ahora un estudio dialectal, trataremos de definir los rasgos del habla de Aguayo que han quedado fijados en los nombres de lugar. La formas dialectales del habla aguayesa forman parte de una misma matriz campurriana y comparten bastantes rasgos con el resto de las del castellano más norteño, tales como el lebaniego, el montañés, el pasiego o el alavés. Las hablas de la vieja Merindad de Campoo se diferencian del montañés centro-occidental principalmente en que no utilizan, salvo casos muy esporádicos, la hache aspirada inicial derivada de la F- latina (Hoz/Joz, Ano/ Jano), y del pasiego en la casi total ausencia de rasgos metafónicos. Y todo ello se refleja en los nombres de lugar.
En cuanto al vocalismo, sus rasgos más peculiares y diferenciados del castellano que nos revela también la toponimia son:
- Cierre de la vocal final: (/-o/>/-u/): es general, y únicamente en sustantivos, adjetivos y participios singulares (lobu, deu, jatu...). Este rasgo, muy propio del montañés, está más extendido en Santa María y Santa Olalla que en San Miguel pensamos que unos más estrechos contactos con Iguña pue­den explicarlo y se comparte con el ámbito astur-leonés. Aun­que en las transcripciones de los topónimos hemos optado por la terminación más castellana, persisten los dobletes del tipo El Cagigu/El Cagigo en el habla popular actual.
-Tendencia a la apertura vocálica en posición precedente: Como en el habla norcastellana (envernar, homilladeru, sepoltura...) que, en muchos caos, puede achacarse a asimilación o disimilación, o a confusiones vocálicas (Refreo<RIVUM-FRIGIDUM). Este rasgo es muy antiguo y se constata en los docu­mentos locales desde, al menos, el siglo XVII. 
-/e-/ ante DY evoluciona a /i-/: midiar, como en Los Midiajos o Midiajo Frio.
El consonantismo más peculiar del habla aguayesa confir­ma una filiación de sustrato con el astur-leonés, más conserva­dor, así como una evolución concordante, en algunos aspec­tos, con el castellano popular.
 - Tendencia a desaparecer, por débil e inestable, la d en cualquier posición (verdá, azá, toas...), como en Las Quemás, Hozcabao, Piedra Lucia (Lúcida), Las Quebrantás, Vallehorcao, La Rozá, Las Labrás, etc..
-/g/, /b/ y /f/ alternan (güerto-buerto-huerto), aunque se prefiere la solución b (El Buerto, La Guariza < "la boheriza").
- Mantenimiento del grupo -L'C- latino: salcino (por sau­ce), como en Río Salce.
- No se suele mantener la palatal inicial. En esto se separa de las hablas montañesas y se asimila al castellano (lama, lo­ma, lago, se prefieren a llama, llomba y llago); y es significati­va la evolución *PLANICA>llancha>lancha (Cotera Lanchas), denominación dada a la losa de piedra en Aguayo, aunque hay testimonios fósiles en contrario (Los Liaos).
-En ocasiones, se da una síncopa (vetrinariu), como en La Breña, del latino VERANEA.
- Existen metátesis consolidadas: (enera por nevera) La Edesa por La Dehesa.
En lo que se refiere a los rasgos morfológicos y morfosintácticos es de resaltar la riqueza en la sufijación:
- Sufijo de función /-ero/ (barrederu, carnicero) como en castellano (El Terrero, Entrecarreras, La Culera); pero conser­va en algún caso el leonés /-orio/ y /-erio/ (corredorio, trecherio), como en La Sernadoria, Fonferradorio o Los Trecherios.
-Sufijo en /-orro/ al igual que en el resto de la zona de ha­bla campurriana (cotorro, chandorru...), visible en los múlti­ples El Cotorro y La Cotorra, que alternan con el más corriente montañesismo La Cotera.
-Sufijo vivo en /-izo/ (lamiza, invernizu), que es "de re­ferencia a" (La Campiza), como /-iego/ (raniego, mosca reciniega) en Las Mijariegas.
- Sufijo despectivo en /-ajo/ (pilindraju, pingajo) en los múltiples mediajos y en El Linarojo.
-Uso abundante de la sufijación en /-uco/, como en la ma­yor parte de la región (La Peluca, La Iglesiuca).
Como fácilmente puede observarse, estas peculiaridades reflejan tanto rasgos del habla popular castellana como un es­tado del dialecto muy crítico, puesto que algunos rasgos sólo son reconocibles a través de la toponimia.
Por otra parte la toponimia puede ser también una fuente histórica complementaria. Se puede intuir el proceso de ocu­pación inicial, una auténtica labor de colonización que pode­mos situar en los siglos centrales de la Edad Media. En los pri­meros momentos el papel de la Iglesia es fundamental, lo que se evidencia por los hagiónimos que dan nombre a los núcle­os, siendo el papel de la pequeña nobleza creciente desde el siglo XIV al XVII, a juzgar por la documentación conocida, los restos monumentales de torres y casas nobles y la toponimia de castillos y torres que se nos ha conservado (GARCÍA ALON­SO 1999 y 2001, 35-43). Además, el nombre de Quintanías (Quintanillas) que encontramos a las afueras de San Miguel es un diminutivo de "quintana" (<QUINTA), topónimo muy habi­tual toda la península -quinta, quintana, quiñón- y que se re­fiere a los quintos o partes en que se divide inicialmente el es­pacio colonizado (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ 1999, 313).
En la toponimia menor se rastrea también, con mayor cer­teza dada su mayor proximidad en el tiempo, el proceso histó­rico de transformación agraria del espacio en los ruedos exte­riores. La extensión de los cultivos en detrimento de los espa­cios incultos, desde fines de la Edad Moderna hasta la actuali­dad se identifica perfectamente en el espacio a través de los nombres de lugar.
En el siglo XVIII se inicia un continuo proceso de apropia­ción particular de ejidos y bosques comunes con el fin de con­seguir tierras de labor y prados segaderos. Este proceso conti­nuó hasta los años cuarenta del siglo anterior, y siempre la apropiación, concedida o no por las autoridades concejiles y supraconcejiles, acabó siendo legalizada. La toponimia nos ayuda a vislumbrar el procedimiento.
En áreas con intercalaciones boscosas importantes vemos hoy una gran cantidad de prados y praderas. Los leñadores y carboneros precedían por lo general a los apropiadores (El Campo del Carbón). Los topónimos El Rebollo y La Rebollona (<*REPULLUM) hacen referencia precisamente a la poda con­tinua de las masas arboladas por parte de vecinos y carbone­ros a lo largo del tiempo (COROMINAS 197-3,495; GUTIÉRREZ CEBRECOS 1995, 37; GONZÁLEZ RODRÍGUEZ 1999, 320). 
De hecho, ante esto, las autoridades municipales hubieron de cotear en el siglo XIX ciertos montes "ante los abusos y excesos que actualmente se están cometiendo7', aunque las apropiaciones fueron consentidas e incluso fomentadas, acabando casi siempre legalizadas (GARCÍA ALONSO 2001, 84-87). El resultado es que en el entorno de El Hayedo de Santa María tenemos el Prao Monte, el Prao el Rey, el Prao Corral, el Prao el Castro, las Hazas del Hayedo y El Praón. En la zona del bosque de la cabecera del Arroyo Riancho se encuentran el Prao el Diablo, Prao Macho, el Prao el Bartolo y el Prao la Escuela. En el interior y contornada del gran Monte del Agua reconocemos el Prao Monte, el Prao el Cobo y Prao Mayor. Junto al actual bosque de Refreo encontramos el Prao las Tercias y los Praos de la Serna. Además no son pocos los topónimos que hacen, en estos lugares, referencia al bosque originario (Busconee, Busnal), a las matas arbustivas (Matazamora, la Mata el Midiajo) o a alguna especie de árbol o arbusto (La Escobosa, Los Espinales, la Hoya el Espinal). Y todos estos lugares, en definitiva, son hoy prados entre sotos y bosques.
En este tiempo la necesidad de incrementar la producción de heno a partir del aumento de la cabaña vacuna, por el auge de la carretería desde fines del XVIII, llevó a obtener en los términos y ejidos comunales dichos prados. La documentación del XIX se refiere al Prado de los Ejidos, en Santa María, y habla, también en su término, del público remate de la subasta del Prado de los Castros, en el común. Algunos prados surgidos en esta apropiación de comunales llevan el nombre del apropiador. El Prao Macho lleva el apellido de quien rozó y limpió en el monte un pedazo que convirtió en prado, y hay constancia documental de ello.
En otras ocasiones se trataba de ampliar las tierras de cultivo mediante roza del monte bajo. A comienzos del XIX se cita "la tierra sembrada de trigo en la Rozada", actualmente La Rozá. De hecho son continuas las rozadas que incluían desarraigo de árboles y arbustos, como se vislumbra en la toponimia de los contornos de la Breña Mayor (El Troncoso, La Roblemeca). El llamado Prao del Rozo parece tratarse de una apropiación de ejido anteriormente utilizado para recoger rozo, hierba, helechos y ulicáceas que forman la vegetación de las sierras abiertas. De la necesidad de estos trabajos para ampliar el terrazgo surge el topónimo rozá: Rozapecín, La Rozá, La Rozá Chica y la Rozá Grande.
Al tiempo se ampliaban los espacios pastoriles, para aprovechamiento como pastizal, de los terrenos abiertos o de monte bajo, mediante las quemas en la sierra, que los ganaderos y pastores siguen hoy haciendo, sobre todo en los días en que sopla el ábrego entre Octubre y Marzo de cada año, que convierte en ceniza la vegetación de la sierra. Así la misma recibe las aguas primaverales con un abonado que la convierte en una verde pradera cuando los ganados salgan de cuadras y corrales (GARCÍA ALONSO 2001, 87 y 88). El lugar de Las Quemás, en las alturas que lindan con Somballe, indica una sierra repetidamente incendiada.
En fin, el análisis de la toponimia menor resulta una fuente histórica a tener en cuenta y permite un diagnóstico claro, en este caso, de la formación y consolidación de una comunidad rural, la aguayesa, con un definido anclaje sociocultural, en este caso claramente vinculado a las tierras de la vieja Merindad de Campoo.
 
BIBLIOGRAFÍA

COROMINAS, J. (1973): Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, ed. Gredos, Madrid.
GARCÍA ALONSO, M. (1999): Señores y señoríos en el Valle de Aguayo, Cuadernos de Campoo n° 17, Reinosa.
GARCÍA ALONSO, M. (2001): Aguayo y los Aguayos. La creación del paisaje en la divisoria cantábrica, Ed. Universidad de Cantabria y Gobierno de Cantabria, Santander.
GARCÍA LOMAS, A. (1999): El lenguaje popular de la Cantabria montañesa, ed. Estvdio, Biblioteca Cantabria vol. 3, Santander.
GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, A. (1999): Diccionario etimológico de la toponimia mayor de Cantabria, ed. Estvdio, Santander.
GUTIÉRREZ CEBRECOS, J. L. (1995): Reinosa: Nueva etimología, Cuadernos de Campoo n° 2, Reinosa.
GUTIÉRREZ CEBRECOS, J. L. (2002): Toponimia campurriana: La vegetación (I), Cuadernos de Campoo nº. 27, Reinosa.
GUTIÉRREZ CEBRECOS, J. L. (2002): Toponimia campurriana: La vegetación (II), Cuadernos de Campoo nº. 29, Reinosa.
LÓPEZ VAQUE, A. (1988): Vocabulario de Cantabria, Santander
MENÉNDEZ PIDAL, R. (1982): Manual de gramática histórica española, ed. Espasa-Calpe, Madrid
RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, A. (1986): Alcaldes y regidores. Administración territorial y gobierno municipal en Cantabria durante la Edad Moderna, ed. Ins. Cultural Cantabria y Estvdio, Santander.
ZAMORA VICENTE, A. (1978): Dialectología española. Segunda edición muy aumentada, ed

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