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La cárcel del agua

Rosa Pérez Quevedo

EL PARSIMONIOSO DECLIVE DE LAS ROZAS DE VALDEARROYO
A mediados del siglo XIX, en el término municipal de Las Rozas de Valdearroyo, se desarrollaba una in­dustria casi olvidada: la fabricación de vidrio. Di­cha fábrica suponía un impulso de los nuevos oficios, la pobla­ción obrera y la iniciación a un comercio incipiente, hecho im­portante para una economía hasta entonces basada en la pe­queña industria de abastecimiento generada por la ganadería, la agricultura y la explotación del carbón a pequeña escala.
Con las fábricas de La Luisiana, en las Rozas, La Cantábri­ca, en Arroyo y Santa Clara, en Reinosa, donde se fabricaban vidrios planos, botellas y fanales, se pone en marcha el primer complejo vidriero nacional, consiguiendo, de este modo, la ins­tauración del primer atisbo de industria en una zona de poco calado mercantil.
Pero la industria vidriera llevaba pareja la creación de otro tipo de explotación: la extracción de lignito en las minas de Las Rozas, Arroyo y Villanueva, y de arena en Arija y alrededores.
La vidriera de Campoo llegó a emplear, de este modo, un to­tal de 120 trabajadores directos, a los que hay que añadir otros 500 puestos indirectos relacionados con el resto de actividades ya mencionadas.
 
Hacia finales del siglo XIX comienzan los problemas econó­micos, por los que tanto La Cantábrica como Santa Clara, se ven obligados a cerrar sus puertas.
Aunque no fuera un cierre definitivo, no habrá posibilidad de remontar el vuelo hasta que se desvanecen/desaparecen, irre­vocablemente, en 1928.
A partir de este momento comienza el declive continuado, ya que el resto de actividades también se ven perturbadas. Un ejemplo de ello son las minas de Villanueva y Las Rozas, donde la extracción de carbón se ve tan mermada que se hace necesario su cierre, permaneciendo en activo únicamente el yacimien­to de Arroyo.
 
Nada peor podía pasar, la industria que hacía las mieles pa­saba a hacer aguas y la decadencia llegaba antes de lo espera­do. No obstante, aún había cabida para la esperanza, eso sí, muy controvertida: el proyecto del Pantano del Ebro. Dicho propósi­to contó con reacciones bien diferenciadas, desde los detracto­res más fervientes, que apoyaban sus convicciones en los futu­ros problemas de salubridad para la población, entre otras, has­ta los que pronosticaban una segunda eclosión de la zona, ca­paces de augurar la segunda Pentecostés económica.
Por todo lo dicho, parece claro que la construcción del pan­tano se produce en un momento de ocaso de la industria de la zona y que, en este impás, sirve de excusa para cualquier factor que mantuviera la industrialización de la comarca. Sin embargo no fue ésta la solución.
 
 
Obreros trabajando en la construcción del embalseFASES DE CONSTRUCCIÓN DE LA OBRA
Por todos es sabido que el proyecto fue diseñado por Manuel Lorenzo Pardo, y que en dicho proyecto se definía perfectamente el fin del mismo: la regulación de las aguas de la cuenca del Ebro y el aprovechamiento total del líquido.
No cabe duda que el ingeniero encontró el lugar idóneo pa­ra llevar a cabo una realización factible, un lugar donde la eva­poración era escasa, el grado de humedad ideal, el suelo prácti­camente impermeable y dominaba la planicie dentro de una zo­na montañosa, condiciones éstas ideales para embalsar el agua y crear un gran cono de deyección, es decir un dique.
 
Para fijar el emplazamiento del embalse hubo que tener en cuenta muchos factores, entre otros la ubicación de la presa; el sitio fue elegido por tratarse del punto más favorable, ya que era donde desemboca el Virga, último afluente.
Otro de los factores a tener en cuenta fue el material que de­bía utilizarse para la construcción del dique. Tras plantearse las distintas posibilidades, el resultado fue el siguiente: no se podía hacer un dique de fábrica que ofreciera las garantías suficientes; tampoco era viable la creación de un dique de tierra porque el terreno elegido para la construcción no era lo bastante seguro para servir de apoyo a un terraplén sometido a cargas descom­pensadas. Finalmente la opción más acertada parecía la que se decantaba por crear un dique mixto de escollera y piedra.
 
Para la realización de la obra había que comenzar por la apertura de las galerías de derivación, las obras del canal de des­carga, incorporar al Ebro las aguas de los demás ríos o arroyos.
Antes de construir el dique hubo que realizar las obras de un antidique para que los trabajos se pudieran realizar sin ningún tipo de problema de temporalidad o de crecidas inminentes.
La obra de mayor importancia era la presa, proyectada con las siguientes características: planta curva, altura 26 metros, lon­gitud en la coronación de 200 metros, obras de fábrica de hor­migón con un total de 60.000 metros cúbicos, introducción, en el cuerpo de la presa, de 2 tuberías de 3 metros de diámetro pa­ra la alimentación del salto de pie de presa y consiguiente apro­vechamiento hidroeléctrico del embalse.
En nuestros días una obra de estas características no tendría tanta importancia, ya que se cuenta con los avances suficientes para que el trabajo manual no fuera tan costoso y duro. No obs­tante, se asumirían unos costes significativos, algo que, sin em­bargo, no sucedió con la presa del pantano del Ebro. El importe de la obra de ejecución del dique fue de 3 millones de las anti­guas pesetas, comprendiendo ésta la presa provisional, las case­tas laterales y el dique. Con este coste fue considerada la obra más barata del mundo, en su concepción, por la relación de agua embalsada.
 
Según las palabras de Manuel Lorenzo Pardo:
“Será, pues, el dique del pantano del Ebro, una obra de tita­nes en la que hará el milagro la prodigiosa industria moderna, de tapar un valle con los pedazos de una montaña para crear un lago capaz de nutrir y regulariza, de una manera constan­te, el caudal del Ebro". (1)
 
 
LA MANO DE OBRA: PRESOS
La práctica de utilizar mano de obra presa no fue algo nuevo y característico de la etapa dictatorial. Dicha práctica fue derogada durante el periodo de la Repú­blica aunque no por demasiado tiempo, volviendo a instalarse como uso habitual tanto en el periodo de la guerra civil, como en el de la postguerra. Este será el espacio que nos atañe.
El padre Pérez del Pulgar (2), para más señas jesuita, fue quien institucionalizó este sistema por el cual no se defendía nin­gún tipo de altruismo hacia los penados sino más bien lo con­trario, es decir, los causantes de esta situación eran los encarga­dos de la reparación de los daños.
 
 
El Patronato de Redención de Penas fue el encargado de ide­ar un sistema en el cual los presos cumplían su condena traba­jando para el Estado o alguna empresa privada, un auténtico en­te del cual dependían las Colonias Penitenciarias Militarizadas y los Batallones Disciplinarios de trabajadores, prototipo extremo de los trabajos forzados.
La utilización de este tipo de obreros, que por su condición de presos se veían obligados a redimir sus penas realizando tra­bajos forzados -bien en obras de carácter militar o público- pa­só a ser algo tan necesario que, cuando descendió el nivel de presos políticos por el cumplimiento de sus condenas, el Régi­men hacía uso de los presos comunes.
 
El contar con una mano de obra de este tipo no sólo le inte­resó al Estado, sino que hubo también un gran grupo de empre­sas que contaron con ella. Las empresas contratantes de este ti­po de "asalariados" tenían que contribuir de manera clara con su benefactor, por lo que entregaban el salario íntegro de cada reo a la Jefatura del Servicio Nacional de Prisiones. Una vez allí, el dinero se desglosaba de la siguiente manera:
- 1,50 pesetas para la manutención del preso.
50 céntimos para sus gastos.
2 pesetas para la mujer.
- 1 peseta por cada hijo menor de 15 años.
El resto, una media de 6 pesetas por reo. iría a parar a las arcas de la Hacienda Estatal.
En caso de horas extras, que nunca existían a pesar de que un preso podía trabajar un 60% más de tiempo que un trabaja­dor libre, ese dinero iba a parar íntegramente a la familia del re­cluso. (3)
Sin duda alguna el Estado no sólo se enriquecía indirecta­mente con la utilización de este tipo de mano de obra emple­ándola para hacer tareas que, de no haber sido en estas condi­ciones, hubieran sido adjudicadas a una empresa privada con un coste mayor-, sino que también se lucraba directamente de los presos, como se ha visto en el desglose anterior, ya que una par­te importante del salario se lo quedaba la Dirección General de Prisiones. (4)
La única motivación que tenían estos hombres para llevar a cabo su trabajo obligatorio no era la restauración del país ni el afán lucrativo, sino la reducción de la pena, ya que, por un día trabajado les correspondía un día de indulto. No obstante, en la mayoría de los casos, los años de trabajo serían desmedidos.
 
 
ARROYO
A lo largo de nuestra región aparecen distintos empla­zamientos en los que el trabajo fue realizado por presos, redimiendo su condena: en Potes, como se especifica en la memoria de Patronato de Redención de Penas, para reconstruir una zona devastada; en el Puerto del Escudo, para desviar la carretera; en Ganzo, para la realización de la fá­brica más grande de celulosa de España (SNIACE); en Vega de Pas, para realizar obras del ferrocarril, y en Boo para construir el ferrocarril que uniría Santander con el Mediterráneo, obra esta
que nunca se llegó concluir, pero de la cual aún quedan restos tan tangibles como el casi derruido túnel de la Engaña. Dicha obra fue casi faraónica teniendo en cuenta los tiempos de los que estamos hablando y la escasez de medios con los que se contaba.
Tras el final de la Guerra Civil, se reanuda la actividad en la construcción del pantano del Ebro, en Arroyo. En este momen­to la empresa responsable de llevar a cabo las tareas que habían quedado a medias sería Vías y Riegos, que contará con una ma­no de obra muy especial: Presos de la República procedentes de distintos lugares de España, tales como Andalucía, Cataluña, Ex­tremadura, Burgos y pueblos de Cantabria.
 
En el caso de Arroyo, la obra de carácter público que había que llevar a cabo, era un dique que permitiera la finalización de ese pantano que parecía sempiterno; para ello, la empresa en­cargada, Vías y Riegos, contó con un total de 258 presos cuyo trabajo en la zona y para el que habían sido enviados se prolon­gó durante 6 largos años.
No sólo tuvieron que realizar el levantamiento de la presa, sino también la carretera que se trazó para rodear el pantano y el arreglo de las zonas aledañas al dique.
Aunque lo cierto es que los trabajos del embalse ya estaban bien avanzados para estas fechas, quedaba el de mayor enver­gadura y menos apetecido por los trabajadores.
Dentro de las labores que realizaban los presos estaba el pi­sado del hormigón para que los bloques quedasen lo más com­pactados posibles. También hacían losetas para acondicionar los accesos a los lugares en los que se distinguía la presa, es decir, la propia presa, los túneles y los desagües.
 
Aunque la realización de este trabajo pudiera parecer simi­lar al de muchos otros, la realidad era bien distinta: se trabajaba con un material nada grato, el cemento.
Otro de sus trabajos consistía en descargar los vagones de cemento que llegaban de Alfa, la cementera situada en la locali­dad de Mataporquera.
El ferrocarril de la Robla era el medio de transporte utiliza­do para trasladar el cemento de esta localidad hasta Arroyo. Pa­ra que el cemento llegase a una zona de descarga cercana a la presa, se creó un camino especial por el cual se desviaba el tren y así se facilitaba la manipulación del cemento. Una vez reali­zada la descarga, el tren continuaba su recorrido habitual has­ta Bilbao.
Como anécdota cabe citar que el transporte, en determina­das ocasiones, no llegaba a su destino predeterminado, ya que la picaresca de algunas personas hacía que el tren continuase su trayecto hacia Bilbao, donde vendían la mercancía para su pro­pio beneficio.
Cercana a la zona de descarga había un cobertizo para al­macenar todos los sacos que iban a utilizar posteriormente. Des­pués de descargarlos había que acarrearlos y trasladarlos a tra­vés de un puente móvil hasta las grandes tolvas donde se mez­claba con la arena, el grijo y el agua para realizar el hormigón que luego se destinaría a hacer los grandes bloques.
 
Picando en los túneles de tomas superficiales. Embalse del Ebro. 1929Ya que se carecía de maquinaria para llevar a cabo este tipo de obras (sólo se contaba con carretas para el transporte del ce­mento, palas, picos, la tolva de almacenamiento, etc.) el trabajo que realizaban era prácticamente manual, llegando a ser exte­nuante e inhumano.
Pero además, en torno a las obras se construyeron peque- nos talleres de carpintería y herrería, más o menos rústicos, que servían para reparar y fabricar aquellos útiles fundamentales y necesarios. Los talleres mecánicos también estaban presentes ya que así se permitía la reparación inmediata de los pocos camio­nes y palas que trabajaban allí. Claro está, que al frente de estos talleres estaban los propios presos, en muchas ocasiones seleccionados para formar parte de una colonia disciplinaria o un ba­tallón, dependiendo de la actividad laboral que habían desarro­llado antes de cumplir condena.
Debido a las duras condiciones climáticas, el destacamento se dedicaba a excavar los pequeños canales que servían de de­sagües durante los meses de invierno, mientras que en las esta­ciones con una climatología más permisiva aprovechaba para la manipulación del hormigón, incapaz de fraguar a temperaturas bajo cero, algo muy habitual en esta zona.
 
Como se dejaba claro en el proyecto inicial, la creación del pantano traería pareja la creación de trabajo para los habitantes de la zona, pero ¿qué sucedería si esa gente era desplazada por mano de obra reclusa?; pero lo que pudo haber provocado un gran conflicto se quedó en la mera concienciación de que cual­quier tiempo pasado siempre fue mejor. La mano libre que tra­bajó para la empresa Vías y Riegos fue tan escasa que ni siquie­ra es digna de mención y los motivos para no trabajar en la mis­
ma eran muy diversos.
 
Donato Campo Ahumada, antiguo vecino de Villanueva, vi­ve en la actualidad en Arroyo. A sus 82 años recuerda que por aquel entonces, con tan sólo 16 años, era trabajador de las minas; y haciendo memoria de los tiempos pasados recuerda por qué nadie en condiciones normales quería trabajar en el pantano:
"Nadie de la zona quería trabajaren el pantano porque las condiciones eran peores, la mayoría de los obreros trabajába­mos en las minas porque nuestra jornada era de siete horas, no trabajábamos los domingos y además cobrábamos más que en el pantano.
Aunque todos los hombres que no tenían dieciséis años, edad permitida para poder trabajar en la mina, trabajaban en el pan­tano con los presos. También nuestro trabajo era duro, porque la mina no era a cielo abierto, pero el trabajo con el cemento era todavía peor".
Donato también recuerda las coplas que los presos proferí­an a la empresa por su malestar dadas las condiciones laborales y sus fervientes deseos:
"Vías y Riegos es una mina,
 en cuestión de medicinas,
no tiene gasas ni alcohol, ni yodo
hiel prácticamente lo arregla todo".
 "El orgullo de los presos
es que caiga mucha nieve,
 y las obras del pantano
el demonio se las lleve".
(8)
 
 
LA MANUTENCIÓN DE LOS PRESOS
En los primeros momentos en los que funcionó el sistema de trabajos forzados, el régimen alimen­ticio impuesto a los presos fue terrible, la comida era precaria y no cubría el mínimo suficiente para poder soportar las larguísimas jornadas de trabajo.
A pesar de que la Dirección Gene­ral de Prisiones establecía minuciosa­mente tablas calóricas para los destaca­mentos y batallones disciplinarios, la realidad era otra. Hubiera resultado in­verosímil la situación contraria, en esos años de la posguerra todo el país padecía el mismo mal, una hambruna te­rrible que, en ocasiones, llegó a diez­mar la población.
Como se comentó anteriormente, parte del salario que se le adjudicaba a cada reo se desviaba para la manuten­ción. La base alimenticia se componía principalmente de aceite, 43 gramos (que se reemplazaban por grasa), arroz, 107 gramos, boniatos, 647 gra­mos, cebollas, 7 gramos, fideos, 35 gra­mos, pan, 451gramos, patatas, 503 gramos, zanahorias, 71 gra­mos, pimentón, sal y algunas legumbres (algarrobas básica­mente). Todos estos alimentos eran contabilizaos por recluso y día. Esta dieta es la que aparece recogida en la memoria de la dirección de prisiones del año 1943.
 
Aunque la dieta pudiera parecer adecuada, hay que tener en cuenta que, en la mayoría de las ocasiones, no se compo­nía de estos alimentos, sino que variaban, siendo además de peor calidad y de poca cantidad. Si tenemos en cuenta que el encargado de suministrarla era la empresa Vías y Riegos, es fá­cil pensar que también quisiera aprovecharse de la situación y reducir al máximo los costes de manutención para aumentar sus beneficios.
Una vez más los presos reflejaban su situación, muchas ve­ces paupérrima, a través de cánticos que les animaban a olvi­dar un día más.
 
"Vías y Riegos es una mina,
con un cacillo de sopas de ajo,
 vamos zumbando para el trabajo.
Ahora llega el mediodía,
esto si que es alegría,
nos dan un plato de lentejas
que de las formas que nos las ponen
el que las m ira no las come.
Esto sí que va de guasa,
tocino poco por que se ahorra,
 pero el aceite 'to' se evapora."
 
ALOJAMIENTO
Los reclusos vivían en barracones cercanos a los lugares de trabajo; en estos barracones hacían su vida.
Allí se instalaban pequeñas letrinas que les permiti­rían atender sus necesidades básicas.
En Arroyo, el alojamiento se estableció en un barracón cons­truido para la ocasión situado en las dependencias de la antigua fábrica de vidrio La Cantábrica, por aquel entonces cerrada des­de hacía una veintena de años. La Cantábrica y sus terrenos es­taban en manos de Diógenes Díaz Lantarón en aquellos mo­mentos.
 
Como cabe pensar, este barracón no podía ser de materiales nobles, es decir, estaría hecho con todos aquellos elementos constructivos que permitían una rápida realización, lo que im­plicaba que fuese un sitio frío, húmedo y lúgubre.
Los barracones eran de madera revestida de albañilería y el piso era de tierra, por lo que era fácil que se enfangara cada vez que entraba la humedad, cosa frecuente durante gran parte del año en esta zona.
El interior se componía de una única estancia en la que se si­tuaban las literas con unas tablas de madera y colchonetas, y ca­da recluso estaba provisto de dos mantas en mal estado. Aunque pueda parecer que estas condiciones no son las más adecuadas para ningún ser humano, es de destacar que en Arroyo corrían mejor suerte que en muchas de las prisiones, batallones y mili­cias penitenciarias del país. Lo más habitual era que durmiesen en tablas de madera sobre el suelo, puesto que no existían ni las colchonetas ni ningún otro dispositivo que las sustituyese.
 
Túneles de los desagües de medio fondo. 1930Es probable que en esta estancia pasaran la mayor parte de su poco tiempo libre, bien escribiendo cartas a sus familiares ale­jados de ellos, o bien realizando pequeños trabajos manuales, todo ello para hacer que el tiempo pasara de la forma más en­tretenida posible.
Alrededor del barracón existía una zona donde los presos también se recreaban jugando al fútbol. Tan reconocidos eran los méritos como cancerbero de uno de los presos, que todavía hoy hay algún lugareño que, a pesar de que por aquel entonces era un niño, recuerda la habilidad del preso parando los balo­nes que le enviaban.
No obstante la agrupación funcionaba como una unidad en la que cada uno de los presos tenía establecido su trabajo fuera del campo de trabajo, es decir, las tareas cotidianas de un "ho­gar"; trabajos como la limpieza de los barracones, la reparación del calzado, las funciones de sastrería y el lavado de la ropa pa­ra mantener lo mejor posible sus pocas prendas y calzado.
Pero estas labores no eran con las que más tiempo podían perder porque su tiempo libre era escaso, o simplemente no les apetecía, con lo que de manera continuada y debido a la poca higiene por falta de medios, sufrían plagas de piojos y todo tipo de parásitos que encuentran un hábitat inmejorable en zonas de poco aseo. En el destacamento de Arroyo no contaban con du­cha para el aseo personal, así que cuando salían del trabajo la única manera que tenían de lavarse era la de acercarse al río o en los bidones que funcionaban como pequeños aljibes. Por otra parte, de nada servía el aseo personal cuando las ropas de los presos sólo se lavaban esporádicamente.
 
 
DÍA A DÍA
Dentro del día a día de los presos no es fácil destacar nada en especial, ya que su vida se resumía en una sola palabra: trabajo.
En este destacamento de Arroyo la jornada laboral se lleva­ba a cabo en dos relevos de trabajadores. A las 6 de la madruga­da comenzaba el primer turno, tras un breve desayuno y des­pués de la formación, y se desarrollaba hasta las 2 de la tarde, momento en el que finalizaba su relevo y se dirigían a comer a las inmediaciones del barracón. Mientras tanto el otro relevo lle­gaba a las 2 de la tarde al trabajo después de haber comido y su jornada se completaría a las 10 de la noche. Es de destacar que sólo a partir de esta hora los presos coincidan entre ellos.
 
Inauguración del Pantano del Ebro por Francisco Franco. 6 de agosto de 1952La hora de la comida era otro de esos momentos que a to­dos sorprenden, puesto que. en lugar de realizarse en el barra­cón, se hacía en los alrededores de él. A la hora del rancho ca­da preso se colocaba en fila para que el encargado de repartir la comanda se lo depositara en su cuenco de metal correspon­diente, que ellos mismos tenían que guardar consigo junto a la cuchara.
Arroyo supuso una excepción, ya que casi todos los presos podían salir de la zona de acuartelamiento para dirigirse a algu­nas de las cantinas que por aquel entonces había en el pueblo.
 
Aunque en la actualidad no existe ninguna de las antiguas cantinas que frecuentaron, sí que quedan los testimonios de los que, por aquel entonces, vivían con ellos: Amador fue el dueño de la "Casa Barros", una de las pocas cantinas que permaneció abierta después de la gran avalancha de gentes que se tuvo que desplazar a otros lugares de España para poder sobrevivir. A sus 85 años todavía hoy le vienen a la memoria todas aquellas pe­queñas vivencias con estas gentes que nadie temía como presos, sino que eran considerados como unos vecinos más del pueblo que vivían en las mismas condiciones de penuria que el resto.
 
"Eran una gente maja, muy alegre y que nunca causaba ningún problema. A pesar de su situación nunca se les veía con mala cara, venían a la cantina cuando tenían un poco de dine­ro, que era en contadas ocasiones, aunque la verdad es que siempre se fiaba a todo el mundo. Nuestro libro de fianzas era más grande que cualquiera de los de ventas, pero todo el mundo hacía lo que podía, eran tiempos muy duros...
Los presos compraban pequeñas cosas para comer porque la comida que ellos tenían no debía ser muy buena y además segu­ro que era escasa".
 
Donato Campo Ahumada, relata su particular visión de es­tas gentes:
"En el pueblo de les trataba como a uno más, simplemente eran los trabajadores de la presa, ellos hacían su trabajo como nosotros hacíamos el nuestro. Cuando salían del trabajo y tení­an un céntimo para gastar, venían con nosotros a las cantinas a beber un porroncín de vino, que era lo más barato y para lo que nos daba. En la época de hierba, solían ayudarnos a reco­gerla, iban con nosotros al prado, segaban, rastrillaban, y hacían el carro como cualquiera de nosotros. A cambio de estos tra­bajos les dábamos de merendar, así que para nosotros eran unos vecinos más, que por desgracia estaban presos".
 
Una circunstancia anecdótica y peculiar, y que se dio gracias a la situación de semilibertad de la que gozaban, como se ha mencionado anteriormente, fue que se produjeran enlaces ma­trimoniales entre los presos y las mozas de la zona, que por aquel entonces formaban un nutrido grupo de chicas.
 
Uno de esos matrimonios fue el de Celia Lantarón con José María Armas, preso arrestado en Laredo por pertenecer al ban­do "rojo" y que cumplía su condena de trabajos forzados en Arroyo. Pero Celia no fue la única joven de la zona que se casó con un preso.
Todavía hoy, después de 6 décadas, a Celia se le empaña la mirada y la emoción no la deja hablar al recordar lo duros que fueron aquellos tiempos. Tras dos años de noviazgo y la conde­na cumplida, Celia y su flamante marido residieron un tiempo en Arroyo, donde tuvieron cuatros hijos; pero la desesperante situación laboral les obligó a trasladarse al País Vasco, como a tantas otras familias que aquí vivían y por los mismos motivos se fueron al lugar en que, por aquel entonces, el trabajo era fructí­fero y no tan escaso como en Campoo y la zona de Arroyo.
 
Uno de los primeros objetivos que el Régimen se marcó fue romper la unidad de los presos. De esta forma desaparecía el fantasma de la reestructuración política, el asociacionismo, y problemas como revueltas, conflictos e incluso otra guerra.
Se trataba de minar la moral de unos hombres que, desde el inicio de su cautiverio, aguardaron primero a la reacción interna­cional contra Franco, y después a la derrota de Hitler; pero eso nunca llegó y al final la única intención era que presos perdieran toda la esperanza de recuperación política o de la vuelta a la Re­pública, algo que se presentaba como utópico e imposible.
A pesar del gran empeño por evitar el contacto entre reos po­líticos, dentro de las cárceles y los destacamentos penitenciarios extendidos por todo el país comenzaron a organizarse pequeñas células partidistas que actuaban de manera independiente cap­tando enlaces que les comunicaran con otras personas de su in­terés, tanto de otras cárceles como exiliados o huidos.
Algunos de los presos que construyeron el pantano de Arro­yo, no como práctica habitual, intentaron escapar de forma in­fructuosa ya que eran capturados por los guardianes en las in­mediaciones del pueblo. Es fácil pensar, que con el intento falli­do de huida y la captura fuesen castigados para dar ejemplo al resto de presos, un castigo además de físico psicológico ya que de esta manera perdían los beneficios de la redención.
 
Lo más llamativo puede resultar el contacto de algunos de estos presos con los "maquis" que se encontraban por los mon­tes de Carabeos, por todos los pueblos del contorno era sabido que algunas gentes se habían echado al monte ante la represión franquista.
Gracias a la ayuda que les prestaban algunos de los vecinos de la zona que, ocultándose como hombres o muchachos de los más normales, hacían de enlace entre los presos y los huidos.
Los enlaces y la gente que los ayudaban procuraban que la vida de estos hombres fuese menos amarga, proporcionándoles comida, vestido y todo lo que era necesario para cubrir sus ne­cesidades básicas y otras que no lo eran tanto pero de las que dependía su supervivencia.
, Recogida en el libro "Morir, matar, sobrevivir. La violencia política en la dictadura de Franco", se describe cómo varios de los presos huidos del destacamento de Arroyo en el año 1946 se habían unido a la agrupación guerrillera de Santander, estos hombres fueron apresados por la fuerza represora en el puerto del Escudo, de esta emboscada muy pocos fueron los que salie­ron con vida, así quedó traumatizada y mermada la guerrilla cán­tabra que junto con la asturiana fue una de las más activas.
 
 
AGRADECIMIENTOS
Llevar toda la vida conviviendo con estas gentes en Arroyo, hace que te preguntes el porqué de sus ca­racteres, de sus alegrías, de sus tristezas y de sus días de recuerdo. Para ellos recordar tiempos pasados se convierte en un trabajo de memoria regresiva muy importante y duro, no es fácil volver a la memoria esas épocas que tan lejanas están en el tiempo y que permanecían agazapadas en lo más recóndito, posiblemente por la dureza que les tocó vivir. A todos ellos mi más sincero agradecimiento por ayudarme a crear este artículo, esperando que las palabras no se las lleve el viento y que por sus relatos queden de alguna forma moldeadas en nuestra me­moria y en nuestra imaginación.
Gracias a Donato, Otilia, Amador, Celia, a la familia Rapp, y a mi abuelo, por hacer que el mundo que me rodea me motive para no cansarme de oír todo lo que tienen que contarme.
 
 
NOTAS

(1) Fundación Alto Ebro. Notas sobre la historia del pantano del Ebro.
(2) El padre Pérez del Pulgar tuvo una gran vinculación con el mundo de la ingeniería y el ferrocarril, al complementar su for­mación religiosa con la licenciatura de Ciencias Físicas en la uni­versidad de Madrid. Sobre este personaje ver Juanjo Olaizola, El Ferrocarril de Amorebieta a Bermeo (pp. 57-58) y Nicolás Gon­zález, Genio y Figura del Padre Pulgar.
(3) Fuente: Dirección General de Prisiones, Memoria 1943, p. 82.
(4) Dirección General de Prisiones, Memoria 1941, p 119.
(5) Región devastada: dependientes del Patronato Central de re­dención de Penas.
(6) Ferrocarril y Construcciones A.B.C., fue una de las empresas más beneficiadas del sistema de redención de penas por traba­jo, llegando a contar con 1.360 presos que realizaban trabajos para ellos.
(7) Fuente: Dirección General de Prisiones, Memoria 1943, p. 82.
(8) Estas coplas son recogidas en el libro de la Fundación alto Ebro. Notas sobre la historia del pantano del Ebro.
 
 
BIBLIOGRAFÍA

ACOSTA BONO G, GUTIÉRREZ MOLINA J. L., MARTÍNEZ MACÍAS L., DEL RÍO SÁNCHEZ A.: El canal de los presos (1940- 1962). Trabajos forzados: de la represión política a la explota­ción económica.
CASANOVA J., ESPINOSA E, MIR C., MORENO GÓMEZ, F.:
Morir, matar, sobrevivir. La violencia política en la dictadura de Franco.
FUNDACIÓN ALTO EBRO: Notas sobre la historia del panta­no del Ebro.
- GARCÍA SOLER, J.: Los esclavos del franquismo.
- JORRÍN GARCÍA, E.: La cuna del Ebro.
LAFUENTE, ISAÍAS: Esclavos por la patria, la explotación de los presos bajo el franquismo.
- LAFUENTE, ISAÍAS: Tiempos de Hambre.
- TORRES, RAFAEL: Los esclavos de Franco.
- IV CONGRESO DE HISTORIA FERROVIARIA
- CUADERNOS DE CAMPOO, números 20, 33, 39 y 43.

 

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