Los alimañeros

Museo Etnográfico El Pajar

El control de los daños de los depredadores se convirtió en un oficio en los montes de Campoo

El alimañero fue una persona de servicio para la comunidad, con una serie de cualidades: temple, valor, constitución física, integra­do por entero en la naturaleza, que conoce los recónditos secretos de la sierra y el monte, observador de los movimientos y comporta­mientos de las alimañas y que tie­ne la astucia de controlar su po­blación y aniquilarla cuando ame­naza superpoblación, para no per­judicar el equilibrio ecológico de la naturaleza.

 
Felipe López González con un ejemplar de lobo. Foto cedida por la familiaLas artes utilizadas por el ali­mañero para dar caza al ‘bichu’ fueron muy variadas. De las más primitivas, el seguimiento de su rastro sobre senderos, veredas o la delatora nieve, así como la imi­tación de los aullidos para conse­guir la respuesta de la hembra para el descubrimiento de las ca­madas. Algunas llevaban a una lu­cha cuerpo a cuerpo.
 
Su sapiencia en la utilización de trampas vegetales hacía caer a la alimaña en pequeños fosos o la dejaba presa en improvisadas cue­vas. La fabricación de cepos por los herreros se convirtió en un arma eficaz. Éstos los hacían de varios tamaños y formas, adap­tándoles para su eficacia a las di­ferentes alimañas a cazar. Los la­zos se hicieron más efectivos con la llegada de los cables de acero, las ratoneras (jaulas caseras), y las jaulas con reclamo que utili­zaban animales vivos, cepos de alambre y redes para los pájaros. La utilización de la estricnina para el envenenamiento de las car­nes y la pólvora con bala en esco­petas fueron más eficaces, a pesar que la estricnina hacía males ma­yores sobre otros animales.
 
Las alimañas tenían que estar controladas en su reproducción, pues eran necesarias para la biodiversidad. Se sabía que su exter­minio podía traer perjuicios. El alimañero controlaba las camadas, sobre todo de osos, lobos y ja­balíes. Si podía, hacía la selección quitando parte de la camada en sus cubiles mientras la hembra salía en busca de comida. Los ti­tiriteros, por ejemplo, se abaste­cían de los osos quitados de las ca­madas para sus espectáculos. Los osos podían atacar las cosechas y ganados, y a pesar de ser omnívo­ros, eran muy golosos y asaltaban y destrozaban los colmenares para satisfacer su glotonería.
 
El lobo era particularmente te­mido y el hombre estaba en per­manente conflicto con él por los ataques que hacía contra sus ga­nados, cuando no encontraba co­mida más fácil, atacando a las crías de vacas y yeguas así como a los rebaños de cabras y ovejas. Los pastores llevaban perros para defender sus rebaños, con colla­res de carlancas (carrancas) en sus cuellos para protegerles de las mordeduras de los lobos en su ata­que en manada. Cuando caía ne­vada sobre nevada, el hambre echaba al lobo del monte y éste se adentraba en el pueblo para en­contrar alguna presa.
 
 
Viejas batidas

Las batidas que se realizaban a los lobos han quedado reflejadas en las ordenanzas. Citamos las de la Hermandad de Campoo de Suso y Marquesado, confirmadas por el Supremo Concejo en 1589, en el ar­tículo 35: «Otro sí ordenaron que por cuanto que la tierra es áspera y fragosa y se crían muchos lobos por falta de diligencia de andar, buscar y correr, que cada y cuan­to que los Procuradores avisen a cada un Concejo en cada año, sal­ga de casa una persona de quince años arriba y cada un concejo vaya por su parte a buscar los di­chos lobos y a correrlos».
 
También están presentes en la toponimia lugares como el chor­eo, la vereda del lobo, sendero de tumbalobos...
 
Otras alimañas denominadas ‘de uña’, de menor tamaño pero no menos perjudiciales, eran los zorros, el gato montés, la monuca, el armiño, la nutria, la coma­dreja, el turón, el tasugo, el tejón y la garduña. Estas alimañas más allegadas a la convivencia del pue­blo eran diezmadoras tanto de las aves domésticas como de las sil­vestres, y de sus polluelos y hue­vos. Su caza se realizaba con ce­pos en la mayoría de los casos y con ratoneras o jaulas de anima­les vivos como reclamo. La monuca era muy perjudicial para la ga­nadería ya que producía arañazos en las ubres de las vacas, que im­pedían su ordeño. El zorro era el más dañino y el más perseguido. Su caza se realizaba con cepos, car­ne de perro envenenada o enga­ñándole con el rastro de las riestras de las vacas para hacerle caer en la trampa o ponerle a tiro.
 
De las aves rapaces las llama­das de rapiña, las más temidas eran: la carbonerilla o ‘tocinero’, ya que era capaz de entrar al lu­gar donde se colgaban los tocinos a curar para alimentarse de ellos y también era gran devoradora de las abejas del colmenar. Se cazaba con el cepo de alambres y con to­cino como cebo. Este pájaro era a su vez colocado para cebo de otras alimañas. El milano era muy te­mido por llevarse a las gallinas y polluelos, se le espantaba dando gritos o palmadas al cielo o colo­cando un espantapájaros lo más parecido a una persona en el re­cinto donde estaban las gallinas. Las aves nocturnas eran, sin em­bargo, consideradas beneficiosas.
 
¿Cuál era el beneficio del alima­ñero? Su recompensa eran las ali­mañas capturadas, las cuales de­sollaba. En algunos casos procedía a su relleno con hierba, helechos o paja, quedando en un estado un tanto feroz, para pasearlas por los pueblos en los que éstas habían causado daños o amenazas. Los ve­cinos le recompensaban con unas monedas para su sustento. Si el ejemplar era digno de trofeo, lo exhibía en Reinosa a lomos de su cabalgadura en busca de un com­prador. Otro medio de sustento para el alimañero era la venta de las pieles que, una vez curtidas, se vendían al pellejero. Las pieles más vendidas eran las de zorro, con ma­yor valor las que tenían la punta de la cola blanca y el lomo pardo en vez de rojizo.
 
Hasta finales de los años 60 del siglo XX la administración incen­tivó el aniquilamiento de las ali­mañas, pagando al cazador cuan­do depositaba la piel, levantando acta de la recepción y abono del im­porte establecido. Por ejemplo, en­tre los años 1855 a 1859 se registra­ron 130 capturas de lobos. Desde 1954 a 1962 se entregaron un total de 1.470 pieles de lobo, 53.754 de zo­rro, 2.475 de comadreja, 361 de gar­duña, 3.479 de gato montés, 4.256 de jineta, 153 de lince, 104 de nu­tria, 1.339 de tejones y 4.304 de turones, con un importe total de pa­gado de 339.500 pesetas. En los úl­timos años se pagaba por cada lobo macho 700 pesetas y por cada piel de hembra 1.000 pesetas.
 
La legislación prohibió más tar­de la caza de alimañas y la guarde­ría de caza fue ocupada en su ma­yor parte por los alimañeros, que pasaron a controlar las especies en sus hábitats de ojeo, lo que fue vrna buena medida para la conservación de la fauna.