Camesa-Rebolledo. ¿Vera luliobriga?

Ángel Fernández Vega - Javier Peñil Mínguez - Serafín Bustamante Cuesta

Este artículo tiene un premeditado carácter de en­sayo y una confesable finalidad: la difusión de una teoría apoyada sobre los avances logrados gracias a los sondeos realizados entre 2003 y 2005 por nuestro equipo en el yacimiento de Camesa-Rebolledo. Se nos ha invi­tado reiteradamente en medios locales a dar a conocer resulta­dos pero nos hemos resistido hasta ahora porque estamos trabajando sobre una hipótesis a verificar.
La insistencia y los compromisos adquiridos motivan este artículo que profundiza en lo sugerido con motivo de la expo­sición que ya se ofrece en el arqueositio de El Conventón en Camesa-Rebolledo: hay ahora más argumentos para defender que luliobriga estaba en Camesa, que para mantener la atribu­ción de Retortillo.
Presentación infográfica del plano del edificio El Conventón. (P.A. Fernández Vega y Digital Model)La defensa de esta tesis requiere una revisión de todo el de­venir historiográfico en torno al yacimiento de Camesa que re­alizaremos a continuación, pero exige también no compartimentar lo que se encuentra unido: siempre hemos pensado que el edificio de El Conventón había de interpretarse en rela­ción con el yacimiento detectado en La Cueva, de rango aparentemente mayor, y a su vez, todo este conjunto no debía di­sociarse de la realidad que seguramente lo precedió en el tiem­po. Nos referimos al posible castro de Santa Marina y al yaci­miento de Monte Ornedo. El microespacio, en este caso las rui­nas de El Conventón, si se interpreta de modo aislado, sólo puede ofrecer una lectura parcial. La lógica macroespacial guarda la clave de comprensión global y por tanto, sólo al des­velar ésta podremos saber qué fue El Conventón. ¿Una villa periurbana, parte de un barrio urbano, termas militares, termas públicas o una mansio, una suerte de mesón junto a la calza­da? Evidentemente, todo está abierto. Ahora sabemos que hay más edificios junto al ya conocido, pero para que la interpretación sea más convincente, se requiere que las excavaciones avancen y, sobre todo, que se valore en un conjunto arqueo­lógico: el que hemos denominado Camesa, asentamiento cántabro-romano.
El término asentamiento alude a la estrategia de organiza­ción espacial que se siguió en un territorio concreto, el que se extiende desde la cima del Monte Ornedo hasta su falda, en los momentos que antecedieron y sucedieron a una coyuntura crí­tica de nuestra historia: la de las Guerras Cántabras y la con­quista por Roma del solar cántabro. El asentamiento en reali­dad se configura como un mosaico con varios enclaves arque­ológicos cuya cronología y naturaleza habrá de fijarse. De este modo, emergerán las relaciones entre ellos y la lógica de un
patrón de asentamiento iniciado hace más de 2.100 años.
El proyecto de investigación arqueológica no ha hecho más que comenzar, y seguramente el lector comprenderá que el es­tudio del asentamiento en su complejidad requerirá trabajos prolongados en el tiempo para dar sus frutos definitivos. En to­do caso, hemos realizado progresos sustanciales. Algunos los avanzaremos a continuación.
 
 
EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO
 
Recreación infográfica de la fachada del edificio de El Conventón en su primera fase. (P.A. Fernández Vega y Digital Model)Ninguno de los tiempos arqueológicos empleados ha sido vano. Al contrario, somos herederos de una cadena de trabajos que han ido arrojando iulcs, y uimuién sombras, sobre los enigmas temporales del asentamiento.
En 1889 Ángel de los Ríos y Ríos publicaba un artículo en el que daba a conocer la presencia de tres vallados en las ci­mas de Monte Ornedo. Vinculaba dichas estructuras con cam­pamentos de verano de la Legión IIII Macedónica, y proponía que el de Castrillo del Haya, ubicado en el entorno de la desaparecida ermita de Santa Marina, fuera campamento de invier­no por su mayor desarrollo. Indicaba también que en la ermi­ta dedicada a la santa que daba nombre al lugar, demolida en 1822, se recuperaron varios términos augustales de los que establecían los límites entre el territorio de Julióbriga y los pra­dos de la Legión IIII, cuerpo de ejército romano que quedó asentado en la región durante casi medio siglo al acabar las Guerras Cántabras. Sin duda este hallazgo motivó que vincula­ra las fortificaciones con dicha legión, pues la identificación de Julióbriga parecía incontrovertible. La había fijado a fines del siglo XVIII el padre Flórez en la colina de Retortillo, único lu­gar con ruinas romanas conocido en la época y próximo al na­cimiento del Ebro como establecía el escritor latino Plinio (His­toria Natural 3, 21). Ni Ángel de los Ríos, ni casi nadie desde entonces, ha cuestionado por escrito una identificación que se ha perpetuado y consolidado con sucesivas y renovadas excavaciones arqueológicas, que se autojustificaban a su vez por el hecho de excavar Julióbriga. Sin embargo no hay otro argu­mento sólido a priori para defender tal atribución, que no sea el reunir el requisito fijado por Plinio y que hemos de sopesar­lo en relación con un escritor que redacta su obra en Roma: ¿a qué distancia hemos de entender que estaba Julióbriga si se lo­caliza "no lejos" (baud procul) del nacimiento del Ebro? Por lo demás, Retortillo no reúne el resto de condiciones que la información latina exige para la identificación de Julióbriga.
 
 
¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?
 
En 1942, superada la Guerra Civil y la más inme­diata posguerra, el in­vestigador alemán A. Schulten publica sus tra­bajos realizados en 1933 en compañía del general Lammerer sobre las fortifi­caciones de Santa Marina. A la luz de sus resultados no queda lugar a dudas: el cerro albergó un castro, no un campamento legionario. Schulten identifica­ba cuatro vallados en el camino de ascenso por el este antes de llegar al re­cinto fortificado interior, con forma cuadrada de 140 m de lado aproxima­damente y una superficie de 1,56 Has. Realizó una serie de cortes en las fortificaciones para estudiar su técnica constructiva y la estrategia defensiva seguida en las puertas de acceso.
Identificó un fondo de cabaña y halló los herrajes de la puer­ta de entrada al castro, molinos, hierros de arados, cerámica pin­tada supuestamente ibérica y negra "de barro mal cocido", se­guramente de época prerromana. Habiendo identificado ceni­zas de destrucción, los hallazgos le inclinaron a concluir que se trataba de un castro arrasado en época de Augusto.
Santa Marina o Castrillo del Haya quedaba por tanto clasi­ficado como castro prerromano, pero en una nueva fase de tra­bajos surgirían dudas muy serias acerca de una atribución tan rotunda.
 
EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA
 
La labor amplia realizada por Schulten no se había visto quizá demasiado apoyada por restos muebles,  y la publicación de resultados, siendo breve y no in­corporando apenas dibujos o registro gráfico de materiales, tampoco resultaba tan rotunda a ojos de los historiadores pos­teriores. Por otro lado, las fortificaciones no parecen inequívo­cas en las primeras aproximaciones al yacimiento. En todo ca­so, los nuevos artículos que retomaron el yacimiento, contri­buyeron a minimizar las expectativas abiertas por Schulten.
En 1956, A. García y Bellido publica sus prospecciones en Castrillo del Haya. Redu­cía las fortificaciones de Santa Marina a un recinto en la cima, pero identificaba otro en la cima de Monte Ornedo y restos de dos posibles cabañas al oeste, fuera de la cerca.
Fue en 1964 cuando se realizaron exca­vaciones más extensas, bajo responsabilidad de Miguel Ángel García Guinea y Joa­quín González Echegaray. Se centraron en un recinto fortificado, el mismo que detec­taba García y Bellido, pero que se inscribe dentro del otro más extenso que Schulten reconociera como murallas del castro. Concretamente está adosado a las murallas oes­te y sur de Schulten. Por la publicación pos­terior de los resultados, realizada por R. Bohigas en 1978, cabe colegir que éstos fueron en buena medida decepcionantes: en las diez catas practicadas, casi todo el material recuperado era medieval, datable entre los siglos VII-VIII y XII. Las expectati­vas de material prerromano se alejaban al ver que las cerámicas pintadas supuesta­mente ibéricas de Schulten no eran sino medievales, y que solo tres piezas escapa­ban a la cronología medieval: un fragmen­to de cerámica sigillata romana, un denario republicano y un cuchillo de hoja afalcatada. Con todo, el yacimiento quedaba bas­tante clasificado: pudo ser castro pero de perfil bajo, desdibujado, pues su ocupación más intensa pare­cía medieval.
 
 
RIMAS Y LEYENDAS
 
Estructura volumétrica en recreación infográfica del edificiol de El Coventón en Camesa-RebolledoEl eje de atención iba a desplazarse un año más tar­de de la publicación de Ramón Bohigas hacia la falda sur de Monte Ornedo. En 1979 se tenían los primeros indicios de restos romanos en El Conventón. Abel Gómez y su sobrino José María Robles iban a desencadenar las labores arqueológicas que dirigiría Miguel Ángel García Gui­nea. Abel halló el fragmento de teja a partir del cual, el latinis­ta José María Robles postuló la lectura LEG sobre una cartela incompleta. La tradición de misterio y de restos antiguos que tenía el lugar arropaba el hallazgo y auspiciaba la excavación.
Eran los primeros años ochenta, conmemoración del Bimilenario de las Guerras Cántabras y de relanzamiento de las ex­cavaciones en Retortillo, siempre denominada Julióbriga. Am­bos yacimientos se excavan en los primeros años ochenta de modo intenso y simultáneo. Bastantes años después José Ma­ría Robles escribirá que hubo un cierto afán de contrarrestar el eco propagandístico de Retortillo-Julióbriga.
Se exhuma la parte anterior del edificio de El Conventón y la iglesia prerrománica, así como una importante extensión de la necrópolis medieval. Posteriormente, en los años 1986,1989 y 1991 se hicieron excavaciones en otro sector situado a unos centenares de metros en dirección a Camesa, donde aparecía' otro gran edificio alargado -lugar de La Cueva-,
A partir de ese momento, las excavaciones se paralizaron. El Conventón se cubrió con una estructura temporal que hubo de soportar casi dos décadas de incuria institucional.
Mientras tanto, se escribía sobre Camesa: la publicación de las primeras memorias en el año 1985 rendía cuentas de los pri­meros trabajos sin que se pudiera aventurar entonces una po­sible funcionalidad del edificio, más allá de la descripción de hallazgos y unas primeras hipótesis que no excluían la presen­cia de salas de uso termal entre otras posibilidades para la ro­tonda.
En el año 1996, en el Primer Encuentro de Historia de Can­tabria, abordamos una revisión de la arquitectura romana en Cantabria y allí presentamos nuestra primera interpretación del conjunto como un enclave periférico respecto de un lugar de rango mayor que parecía detectarse en La Cueva, el sector de excavaciones próximo a Camesa. Ya entonces identificábamos la instalación termal y sus partes, el patio anterior que organi­za el edificio de fachada torreada y un posible patio trasero. La aportación a las jornadas se publicó en las actas de las mismas tres años más tarde.
En ese lapso de tiempo, José María Robles publica en 1997 en Cuadernos de Campoo una interpretación de la zona termal y de patio central, a grandes rasgos convergente con la nues­tra. Además se alinea junto con otra publicación de 1996 de Emilio Illarregui, en el sentido de ver en el edificio una instala­ción termal de naturaleza militar. De hecho, Robles identifica­ba en el gran edificio de La Cueva cuyo plano publica, un po­sible barracón militar.
Curiosamente, el mismo autor acaba postulando que el ya­cimiento podía corresponder a Octaviolca y que ese fue el mó­vil que en origen animó el inicio de los trabajos arqueológicos. Octaviolca fue el nombre de un asentamiento cántabro-romano. Según el Itinerario de Barro, una placa de arcilla inscrita con una ruta de calzada que marca las mansiones o etapas y las distancias en millas que median entre cada ellas, Octaviol­ca se situaba a diez millas -unos quince kilómetros- al sur de Julióbriga. Resta por indicar que algún historiador cuestiona la autenticidad del Itinerario de Barro, pero incluso por nuestra parte incidimos en un primer momento en esta atribución co­mo la más acertada.
 
 
LA MONTAÑA MÁGICA
 
Recreación infográfica del funcionamiento del hypocastum. (P.A. Fernández Vega y Digital Model)El acuerdo entre historiadores no llega en lo con­cerniente a la razón y naturaleza del asentamien­to: ¿fue civil o militar? ¿fue una terma, una pacífica villa junto a Octaviolca, una residencia de un mando militar o quizá un mesón de carretera junto a una calzada? Sólo hay convergencia de opiniones en reconocer la presencia de un lugar de baños sobre una colina que luego se pobló de tumbas me­dievales en torno a una ermita prerrománica.
Hoy el arqueositio de Camesa presenta una apuesta de in­terpretación a los visitantes que es fruto de análisis detallados y rigurosos y de la lógica estandarizada que mostraban ese ti­po de instalaciones. Los estrechos pasos entre estancias per­miten identificar no puertas sino pasos de calor entre las sucesivas cámaras de calor de un sistema de hypocaustum o cale­facción sobre doble suelo. El horno estuvo en el acceso a la gran rotonda bajo un alveolo en el que una pequeña bañera contenía el agua caliente que se recalentaba constantemente sobre el mismo horno o praefurnium. El fuego se alimentaba desde la estancia contigua, un habitáculo subterráneo peque­ño al que se hacía llegar el combustible -paja o madera- por alguna trampilla desde el patio trasero situado detrás a una co­ta muy superior -unos dos metros.
El nivel de suelo real de la instalación termal nos lo pro­porciona ese alveolo donde estaba la bañera del caldarium: coincide con la misma cota del resto de pavimentos de morte­ro -opus signinum- que vemos en todo el ala este del edificio. A partir de estas verificaciones hemos podido proponer la res­titución de los suelos de hipocausto sobre esbeltas columnillas formadas por ladrillos cuadrados o cilíndricos, pues ambos ti­pos de material se ha encontrado en las excavaciones.
Las dos estancias siguientes en dirección sur tenían tam­bién calefacción. Una permitía la comunicación con el patio y con el resto del edificio. Hubo de ser un apodyterium o ves­tuario provisto de calefacción y quizá sirvió también como sa­la de masajes. La estancia absidada permite identificar en la exedra semicircular el lugar tradicional de una bañera curvilí­nea como la del alveolo del caldarium, o como las que pue­den verse muy bien conservadas en las termas del cementerio de Parayas en Maliaño. Dada ya la lejanía relativa respecto del horno sólo puede tratarse de la bañera del tepidarium, que contenía agua templada.
La estancia con gran bañera rectangular directamente so­bre el suelo no podía ser más que el frigidarium. Una inter­pretación alternativa que planteaba el dibujante A. Serna no puede sostenerse precisamente por eso: situar el caldarium en esta estancia, que siempre se llamó "la piscina", es imposible por el rendimiento calorífico que hubiera exigido al horno una bañera de agua caliente de tanta cabida y porque cualquier cal­darium requiere tener debajo suspensura, es decir, doble sue­lo calefactado.
El desagüe de la piscina no va directamente a la calle por el lado sur, sino que se desvía hacia la última de las estancias del lado oeste atravesándola: ¿para qué se usó habitualmente el agua de vaciado de las piscinas en las termas romanas? Para limpiar las letrinas, los sanitarios que sin duda se hubieron de situar allí, sobre el canal de desagüe. Ese canal parece haber quedado fuera de uso en la primera mitad del siglo II, y quizá se desmantelara también toda la instalación termal.
Nuestros progresos recientes nos han permitido verificar que, en efecto, hubo dos momentos al menos de ocupación del edificio, y que en el segundo se dotó a las salas termales de un pavimento de mortero con tejas machacadas -opussigninum-. Los visitantes pueden comprobar estos dos suelos de ocupa­ción en la estratigrafía que se ha dejado acondicionada y en la que se reconoce la gruesa capa de arcillas del tapial con que se levantaban los muros sobre cimientos de piedra .
También hemos comprobado que la fachada orientada al sur se cerraba por el oeste a través de la torre donde se estaba la letrina. Mostraba no dos columnas como en principio se sa­bía y como mostramos en la primera reconstrucción por reali­dad virtual que se hizo, sino cuatro a lo largo de toda la facha­da. Recreación in situ de las pinturas murales
En las labores que se hicieron en este año 2005 aparecie­ron dos basamentos más para plintos de sillería. El tercero hu­bo de anularse en una remodelación posterior en la que se creó una estancia a modo de vestíbulo protector de inclemencias en el centro de la fachada. Ahí se localizaba el acceso al edificio comunicando con un zaguán que conducía de frente a corre­dores y a un salón de recepción y hacia el este, a un departa­mento con estructura de antecámara y cámara.
El corredor que se desplegaba en sentido este-oeste por de­trás de las estancias y que contactaba con la sala del horno -propnigeum-, estuvo decorado con pinturas murales. Del es­tudio de los fragmentos de las mismas que quedan en el Mu­seo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria se ha podido lle­gar a proponer una recreación bastante ajustada para contri­buir a favorecer la interpretación de los visitantes, tanto de lo pictórico como de los alzados del edificio. La segunda planta corría desde la torre sobre la fachada columnada, ocupando to­do este sector.
Desde el corredor con pinturas se accedía por escaleras al patio posterior, una suerte de corral de servicio mal conocido debido a que, al excavar, se ha preservado la iglesia prerrománica. Por el lado este, se abrían al patio tres estancias rudimen­tarias, de suelo de tierra y desnivelado. Parecen haber sido al­macenes o estancias de servicio secundarias que sólo han pro­porcionado un tipo de restos muy significativo: piedras circu­lares de molino. Todo apunta pues a algo tan prosaico como la necesidad de molturación para hacer el pan de cada día. No creemos que haya que seguir sosteniendo que estemos ante un edificio dedicado en exclusiva a baños, como se ha pretendido en ocasiones. Nuestra única duda persiste en torno a si es­tamos ante las dependencias de una villa o de una mansio al borde de una calzada, como puede invitar a pensar el recuer­do del hallazgo de fragmentos de un miliario en el relleno me­dieval del suelo de la torre. Dos datos podrían avalarlo: una ins­talación de fragua próxima, que se halló en el invierno de 2005, al preparar saneamientos para la caseta de aseos, y nuevos edi­ficios al lado nordeste en proceso de excavación.
 
 
NEGRA ESPALDA DEL TIEMPO
 
Los datos nuevos van emergiendo con la continui­dad de las labores que no se han circunscrito a El Conventón, y se van descartando posibilidades mientras se abren nuevas incógnitas. Ahora podemos saber por ejemplo que la lectura LEG de aquel ladrillo prístino con que se iniciaron las excavaciones era totalmente errónea: otros con la cartela completa lo desmienten y nada los vincula con lo legionario. Tampoco se ha verificado que los trigales de La Cueva encubrieran murallas en los abruptos taludes de los bordes, totalmente naturales, de origen litológico a juzgar por los sondeos.
Recreación in situ de los pavimentos y la estructura del hipocaustoSeguramente un motivo para pensar siempre en presencia militar, fuera el hallazgo en la zona de los términos augustales que delimitaban el agrum Iuliobrigensium respecto de los prata de la Legio IV, pero siempre se ha partido de la incontrover­tible identificación entre Julióbriga y Retortillo, sin que nadie parezca haber reparado en que para zanjar límites entre esa ciudad y la legión afincada en Herrera de Pisuerga sólo se co­locaron los mojones en una zona muy precisa, y que las loca­lidades de los hallazgos parecen describir un arco ultrasemicircular en el territorio llano de Valdeolea, en un auténtico agrum bordeado de terrenos incultos. En estas percepciones hemos fundado nuestra hipótesis de partida: Julióbriga pudo estar ubicada dentro del territorio que deslindan los términos augustales unas 2.360 Has.
Como indicábamos al principio, en todo momento tenía­mos claro que la definición de la naturaleza y entidad de unos vestigios ha de hacerse partiendo del contexto, del asenta­miento en sentido laxo, incluyendo los enclaves vinculados por proximidad inmediata. Y en la espalda de Camesa se yerguen los yacimientos de Monte Ornedo y Santa Marina. Es pro­verbial en la zona, que la cima de Ornedo, machacada por cortafuegos y pinares pero que ha podido escapar de la amenaza de los parques eólicos, proporciona abundante material pre­rromano. Todo parece indicar que contó con un castro. Nosotros tenemos una datación de material cerámico ro­mano hallado en nivel tras el seguimiento de la má­quina que refrescó el cor­tafuegos a fines de 2004. En la otra cota, separada de Ornedo por una peque­ña vaguada, se alza Santa Marina, donde pudimos verificar la presencia de las fortificaciones que ya vie­ra Schulten: auténticos fo­sos y terraplenes defensi­vos en la parte alta y des­cendiendo por la ladera este, el flanco más vulnera­ble. Dos sondeos nos han permitido verificar en la zona intramuros del recin­to de la cima que hubo ocupación prerromana de segunda mitad del siglo II, a partir de análisis de car­bono 14 y termoluminiscencia. Y también se ha encontrado algún resto de tipo militar romano, en concreto una clavija de las empleadas para anclaje de tiendas de campaña. Ade­más se han datado restos cerámicos medievales.
Con todo, si los dos sondeos de 2004 fueron muy fructífe­ros, los nuevos, realizados en 2005 no parecen demostrar otra cosa que una ocupación muy temporal del lugar y de las forti­ficaciones. Seguramente el núcleo de población se ubicó en Ornedo.
 
 
HISTORIA DE DOS CIUDADES
 
Llegamos al momento de empezar a extractar con­clusiones, pero antes hemos de sopesar los datos: ¿qué sabemos realmente para poder identificar Ju­lióbriga? Por Plinio, conocemos que el Ebro nace "no lejos" del oppidum llamado Julióbriga. Sabemos también que oppidum alude a un núcleo fortificado y que el sufijo céltico -briga en­caja en el mismo campo semántico de emplazamiento provis­to de defensas, fortaleza que, en principio, debie­ra existir ya antes de que los romanos lo oficializa­ran con su topónimo Iulio-, alusivo a la familia que ocupaba el trono im­perial.
¿Eso es todo? Quedan los términos augustales, todos hallados en un arco que acota el sur de Valdeolea con cierta prolonga­ción hacia Valdeprado.
Verifiquemos enton­ces si se cumplen las con­diciones en Retortillo: es cierto que el yacimiento tiene rango urbano y un edificio público en el que cabe reconocer un posi­ble foro. Sin embargo, no hay restos prerromanos claros y todo parece indi­car que la cronología más temprana de la ciudad pudo retardarse al co­mienzo de la era. Por otro lado, en ningún momen­to después de decenios de trabajos arqueológi­cos, se ha podido hallar nada que permita identificar una mu­ralla. ¿Cabe admitir además, como se viene haciendo de ma­nera implícita, que a una sencilla ciudad se le otorgue como territorio todo el espacio que media desde la zona de Mata porquera hasta los puertos del Cantábrico en la zona de San­tander, siendo Santander el comúnmente admitido Portus Victoriae Iuliobrigensium, sin que casi nadie recuerde que esta ciudad ni siquiera cumple el requisito de estar a las cuarenta millas de distancia con las fuentes del Ebro que establecía Pli­nio? ¿No parece más razonable pensar que, siendo la Legión IV la que quedó al control del territorio como nos recuerdan los historiadores latinos, fuera ella la que se reservaba la ma­yor parte y que el agrum Iuliobrigensium fuera lo que se de­nomina en arqueología un territorio de captación, un hinterland, es decir, un entorno próximo de tierras de cultivo para el abastecimiento de un núcleo urbano?
 
 
PAISAJE DESPUES DE LA BATALLA
 
Seguramente falta mucho por aguardar hasta tener certezas en uno u otro sentido. Nosotros estamos trabajando en una hipótesis, la de que el asenta­miento cántabro-romano de Camesa-Rebolledo acogiera el so­lar de la antigua Julióbriga. Al menos reúne los requisitos: poblamiento prerromano, estructuras defensivas y fortificaciones en un lugar no lejano de las fuentes del Ebro y en el que las fuer­zas de ocupación se preocuparon de hacer un deslinde siste­mático, empleando para ello más de una veintena de mojones cuyo texto era reiteradamente insistente. ¿Acaso no es chocan­te que, dada la penuria de documentos epigráficos latinos en que se sume esta comunidad autónoma, vayan a concentrarse en un área tan concreta? ¿Acaso no es significativo que un mo­jón semejante haya aparecido para acotar el territorio de Segisamo (Sasamón, Burgos) con respecto a los prata de la misma legión, no a 15 ó 20 Km de distancia sino en un pueblo vecino, a menos de 3 km?
Hemos querido enfocar este artículo de un modo deliberati­vo, rebajando premeditadamente la tensión argumentativa a tra­vés de títulos literarios. No es sino un avance de resultados que deberán ser publicados en el formato científico convencional y con todas las reservas requeri­das a la hora de las conclusio­nes. Entretanto, la exposición que se ofrece en el Arqueositio de Camesa-Rebolledo desde ju­lio de 2005 y este artículo, aspiran a abrir un debate que se cre­ía cerrado definitivamente. Mientras, asistimos impertérri­tos al escenario de los fastos de un centenario de capitalidad que pretende oficializar me­diante una exposición y publicaciones ad hoc, otra atribución aún menos fundada. Viendo có­mo se construyen los mitos y su­puestas verdades y cómo toman rumbo sin escollos, no ha de sorprender que luego naveguen largo tiempo sin problemas. Mucho más difícil resulta bogar contracorriente.
No podemos por menos que asumir la posibilidad de estar en un error al cerrar estas líneas y entregarlas a la imprenta, pe­ro no es menos cierto que la responsabilidad de hacer nuestra labor con arreglo a un código deontológico nos impele a es­cribir todo esto y a aceptar que, en consecuencia, hemos podi­do errar cuando nosotros mismos hemos participado en las ex­cavaciones y publicaciones de Retortillo-Julióbriga.
 
BIBLIOGRAFÍA

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Exposición en el Centro de Interpretación del Arqueositio de Camesa-Rebolledo

Ángel FERNÁNDEZ VEGA* Javier PEÑIL MÍNGUEZ** Serafín BUSTAMANTE CUESTA***
*Director del Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria. Responsable de la Domus Romana y del Arqueositio de Camesa-Rebolledo
** arqueólogo ***Director de la Escuela Taller de Reinosa
 
December, 2005