Las Marzas: identidad, sociabilidad y androcentrismo en el ritual marcero

Antonio Montesino González

LA ETIMOLOGÍA

El año 1910 aparece por vez primera la palabra marza, en un diccionario de la lengua española, que daba dos acepciones de la misma:
a) copla que en la Nochebuena, en el Año Nuevo y en la de los Santos Reyes, van cantando por las casas de las aldeas, por lo común en la corralada, unos cuantos mozos solteros.
b) obsequio de manteca, morcilla, etc., que se da en cada casa a los marzantes para cantar o para rezar.
Posteriormente, en el año 1925, el Diccionario de la Lengua Española, definía las marzas de la siguiente manera: “marzas (de marzo), f. pl. Coplas que los mozos santanderinos van cantando de noche por las casas de las aldeas, en alabanza de la primavera, de los dueños de la casa, etc. Obsequio de manteca, morcilla. Etc., que se da en Cada casa a los marzantes".  
 
Representaciones del mes de marzo. Grabado del s. XVEL TIEMPO DE LAS MARZAS
El tiempo o más exactamente los tiempos de celebración de esta modalidad de canto petitorio, a pesar del carácter restrictivo que a este respecto se observa en la anterior definición, son: los mesa de diciembre (noche de Navidad y Nochebuena); enero (Año Nuevo y Reyes); febrero (la última noche); y marzo (el primer día o viernes del mes).
La última noche de febrero y la primera de marzo, son las dos fechas que definen las marzas en su sentido restringido. Aunque también se practican modalidades estructuralmente semejantes a este tipo de canto (que incluso reciben, en algunos casos, la denominación de marzas), en otras fechas de] año como sucede en carnaval (el martes); la Cuaresma (los domingos después del toque de oración); la Pascua de Resurrección (Sábado de Gloria o Domingo de Resurrección); el primer o tercer día de mayo (existe una analogía entre algunos cantos de las marzas de Soba, junta de Voto y las cancioncillas dedicadas a la maya niña); y, en junio, los días de San Juan y San Pedro.  
 
EL ESPACIO FESTIVO
Dentro de los núcleos poblacionales en los que se organizaban las marzas, el ámbito espacial intracomunitario de presencia y recorrido de los marzantes, durante las acciones de petición, estaba conformado por los portales y estragales de las casas y también los corrales o corraladas (en algunas casas era frecuente que la cuadrilla de marzantes penetrara hasta la cocina), las calles de las aldeas y los diversos barrios de la comunidad, si ésta era polinuclear. Igualmente, existían grupos itinerantes que deambulaban por las diferentes aldeas de un mismo valle, de distintos valles, incluso, por valles de otras provincias, cuando los vecinos de las localidades consentían su presencia, Las comidas, meriendas y cenas de marzas, se desarrollaban en espacios interiores de una casa del vecindario, en algún local del concejo o en el comedor de la taberna.
 
DIVISIÓN TIPOLÓGICA DE LAS MARZAS
Al hacer una división tipológica de las marzas, en la que se sistematicen sus diferentes variables, ya que en cada valle y aun en cada pueblo tienen las marzas distintos modos, títulos, melodías y letras, encontramos, en una primera instancia, las marzas con ramasqueros o zarramasqueros (personajes disfrazados y, en ocasiones, enmascarados), de las que son un ejemplo las del valle de Soba y las marzas ordinarias (sin elementos disfrazados), que son la casi totalidad. Una segunda instancia, abarcaría la totalidad del fenómeno marcero, estructurado con arreglo a tres ejes fundamentales:
a) el tiempo de celebración: Pascuas de Navidad, Pascuas de Año Nuevo y de Reyes, marzas marceras (última noche de febrero y primeros días de marzo), marzas de Cuaresma y Pascuas de Resurrección:
b) su conformación: marzas cortas, si sólo se cantan las coplas marceras y marzas largas si se añaden los Mandamientos, las Obras de Misericordia o los Sacramentos de Amor, cuando se canta en la casa del cura, si los vecinos han sido espléndidos o si hay una moza en edad de casarse, a la que se pretende elogiar o cortejar:
c) el contenido de las copias respecto al vecino destinatario: galanas o floridas, si responden a un recibimiento hospitalario y solidario y rutonas de ruimbraga o de ruinvieja, si pretenden satirizar y censurar la tacañería, el engaño y la actitud insolidaria con la que, en algunas casas, se solía acoger la presencia de los rnarzantes.
 
LOS GRUPOS PORTADORES DEL RITUAL
Ronda marcera. Dibujo de M. Pedrero, 1901Los grupos festivos estaban compuestos por varones, ya que 1a ley y la costumbre de las marzas no consienten más que a mozos solteros", por ser este "un derecho indiscutido de todo mozo soltero" (a excepción de las Pascuas de Resurrección, en las que suelen intervenir cuadrillas mixtas de mozos y mozas). Estos grupos que constituyen el principal soporte organizativo y estructural de las marzas, están formados por cuadrillas o comparsas que reciben los nombres de marzantes, marceros o pasqueros (cuando salen por Pascua). A veces estas cuadrillas de marceros, si los mozos tenían conflicto entre ellos y no salían a rondar, eran sustituidas por comparsas de hombres casados.
Internamente la cuadrilla de marzantes se encontraba conformada por el presidente, mozo viejo, regidor, caporal o amo (mozo soltero de más edad), que tenía la máxima autoridad dentro del grupo; los quintos del año; un conjunto homogéneo de varios mozos de edades similares, de un mismo ámbito intracomunitario e igual estatus social; y aquel o aquellos jóvenes que ese año entraban a mozos y marceaban por vez primera, una vez cumplidos los quince o dieciséis años, una vez pagada la patente, la cuota o los derechos: pago en metálico o en cántaras de vino, que daba al novicio el derecho a marcear y poder echarse novia, a partir de entonces. Todos los mozos se encontraban unidos por su identidad sexual, vínculos de amistad y parentesco, proximidad espacial de residencia, igualdad social y moral.
Los nuevos mozos eran presentados por el mozo viejo y debían superar una serie de pruebas rituales que la ronda les exigía, entre otras, el "examen de virilidad que, en la noche de marzas, habían de rendir los mozos entrantes ante la comunidad de solteros". En función de estos ritos de paso a los novicios se les asignaba un papel dentro de la cuadrilla: cargar con la cesta de pedir las marzas, llevar el farol, realizar los hurtos rituales de verduras y hortalizas en las huertas del vecindario, limpiar la mesa de la comida de marzas, etc.
El mozo viejo era el encargado de coordinar y distribuir las funciones de los miembros de la cuadrilla de marzantes, armonizar sus voces durante los ensayos, pedir las marzas delante de las puertas de las casas del vecindario y, una vez formados los corros de ronda, solicitar la licencia o el permiso para cantarlas o, en su caso, para rezar a las ánimas.
En el interior de la cuadrilla se organizan, con arreglo a las facultades cantoras de los miembros, uno o dos coros de mozos, debidamente seleccionados según las características de sus voces. Los menos dotados para el canto serán los encargados de cumplir las tareas de farolero (también solían iluminarse con velas), que actuaba de guía luminosa del grupo en la oscuridad de la noche, de cestero, bolsero, torrendero o torreznero, o ayudante del amo, encargado de llevar una cesta, un burro con alforjas, un cuévano u otro recipiente en el que se van depositando los productos que donaba el vecindario.
El dao, las dádivas o limosnas que se entregaban en metálico, solían ser custodiadas por el tesorero, el cajero o el mozo viejo que hacía también las veces de bolsero, así denominado por la bolsa ("el cepo") en la que metía el dinero (en algunas cuadrillas esta función la desempeñaba otro de los mozos mayores) y que, una vez finalizadas las marzas, rendía cuentas, ante el colectivo, de los dineros obtenidos, al igual que el cestero debía recontar en público los alimentos recaudados y llevarlos a la taberna o a la casa, donde se organizaba la comida, Algunas rondas de marzantes, según los lugares y el tiempo, empleaban instrumentos musicales (aunque la costumbre más generalizada ha sido cantar las marzas sin acompañamiento instrumental), tales como: panderetas, carracas, pitos y acordeón, en las marzas de Navidad, Año Nuevo y Reyes, berronas o berras, bígaros y campanos, como sucedía en las marzas rutonas.
Ciertas villas urbanas, como sucedía en Reinosa, poseían cuadrillas de marzantes organizadas con arreglo al estatus económico y social de sus miembros correspondientes. Duque Merino recoge uno de estos casos: "los marceros solían reunirse por barrios y por condiciones o diferencias sociales en la villa, sin que nadie hubiera hecho clasificación expresa ni se hallase en ordenanzas; las comparsas de cada barrio eran dos: una de señoritos (fuitos, que decían los otros), que pedía en las casas donde hubiera doncellas de vestido largo y mantilla de moco, y la otra de los mozos de chaqueta, que no dejaba de llamara ninguna puerta que guardase moza de aparejo redondo. Ordinariamente aquellas comparsas no se estorban una a otra; cada una seguía su derrotero y cantaba o rezaba a su parroquia".
 
LAS ACCIONES FESTIVAS
La primera acción ritual de las cuadrillas de marzantes era solicitar permiso: comunicar oralmente al alcalde, al cura y al maestro del lugar la celebración de las marzas. Una vez obtenida la licencia de los representación cívico-religiosa de la comunidad, el grupo recorría al anochecer las calles del pueblo, visitando todas las casas del vecindario sin distinción de estatus social. La salida de la cuadrilla solía efectuarse de la Casa Concejo, del corral de algún marcero o del pórtico de la iglesia.
Encabezados por el mozo soltero más viejo y acompañados del farolero y el cestero con su cesta de pedir las marzas, los marzantes abrían la ronda dejándose oír, mediante una algarabía de voces y relinchos (ijujús) o por medio del rezo de un Padre Nuestro o la Salve (cuando se partía de la iglesia). De este modo, anunciaban a la comunidad el inicio de la ronda y la alertaban, para que nadie se fuese a la cama antes de tiempo, del peregrinaje de los marceros por las puertas de sus casas. Al llegar el grupo a la puerta o al corral de un vecino, se detenía y el mozo viejo anunciaba la presencia de la cuadrilla con el saludo "a la paz de Dios. señores" o invocando el nombre de la persona principal de la casa: quien, a su vez, desde el interior del hogar, preguntaba: ¿quién llama?" o "¿quién va?", a lo que el caporal respondía: ”los marzantes!" o "¿dan marzas?". Cuando el dueño abría la puerta (esta función la desempeñaba el varón cabeza de familia o en su ausencia la mujer de la casa"), el responsable de la cuadrilla preguntaba: "¿cantamos, rezamos o nos vamos?”.
"El marcero zalagardón o ‘mozo viejo' de los que componian la ronda hacía la relación de los que le acompañaban, señalando los motivos de ausencia de los que comparecían habitualmente (cumplimiento del servicio militar, enfermedad, muerte ... ), y a continuación (si había habido algún difunto durante el año) rezaban por él así como por las obligaciones de la casa".
Según la situación particular (le la familia, que por regla general conocían los mozos, se cantaba, se rezaba o se iban. Si en la casa había un enfermo grave, luto reciente o un dolor familiar (en casas con moribundos no se pedían marzas) y sus miembros así lo pedían (la petición de rezo recaía sobre el ama de la casa), la cuadrilla de mozos, debidamente descubiertos, con las cabezas inclinadas y arrodillados, dentro del más absoluto de los respetos y formalismos, decían: "por las obligaciones de vivos y muertos en esta casa" y rezaban un Padre Nuestro o un Ave María por el alma del difunto. Si el dueño (le la casa pedía que cantaran, al tiempo que les ofrecía un trago de vino (a veces con galletas), la comparsa cantaba las marzas en presencia de todo el grupo familiar existente, con arreglo a los cánones de la tradición; unas veces, completas otras, de manera fragmentaria. Y si había una moza casadera o un especial sentido de la hospitalidad, se cantaban las marzas largas, añadiendo al final los Sacramentos de Amor o los Mandamientos, a fin de prolongar la estancia con la moza. Algunos vecinos transigían mejor con dar la choriza, que no con aguantar la serenata a voces solas, y les entregaban la dádiva relevándoles del cántico". En determinadas zonas de la región, como ocurría en ciertos valles del Sur, los marceros entregaban, a cada mujer, un huso para que hilaran durante ese año. Este utensilio se hacía de una vara de acebo, con uno de los extremos en tres puntas.
A cambio de sus cantos, los marzantes recibían el dao, las dádivas o la limosna; es decir, un conjunto de donativos, en especie o en metálico, que la familia de la casa daba a los mozos. Estas donaciones consistían en productos comestibles o dinero que, en el caso del "real de la pandereta", respondía a la tradicional obligación que cada casa, con moza casadera, debía cumplir, entregando a los mozos "el real de la pandereta", para adquirir o conservar su derecho a que le colocaran el ramo de San Juan y la sacaran a bailar en la fiesta patronal o en las romerías de la comarca.
Una vez recogidos los obsequios por el cestero o torrendero que los aceptaba con expresiones como: "que las ánimas lo reciban", éste hacía una primera inspección acerca de la calidad, a que a veces les engañaban dándoles huevos podridos, chorizo, tocino en mal estado 0 morcillas llenas de ceniza. La cuadrilla se despedía ofreciendo sus servicios: "que con salud nos den las marzas muchos años y saben donde nos tienen cuando nos necesiten", y exteriorizando su agradecimiento, a base de vivas al vecino donante, cuyo nombre se citaba: "¡Qué viva don Fulano y toda su familia con salud y por muchos años!", con expresiones como: "Aquí nos han dao, buen dao, ¡vivaa!'. ¡vivaaaaa!" o "tío... y tía.. ¡buen dado, buen dado, buen dado!".
Si el dao era escaso, en proporción con la riqueza socialmente considerada de la casa, los productos entregados estaban en malas condiciones o trucados (algunos vecinos, por diferentes razones, entregaban morcillas rellenas de ceniza, denominadas "panzorras", pan duro, huevos ponones de nidos y castañas carrias, es decir ruines, arrugadas y podridas), o sencillamente se rechazaba, sin motivo, la presencia de los mozos rondadores, Estos respondían, a lo que consideraban un agravio, cantando las marzas rutonas, a través de las cuales se parodiaba y se escarnecía a todos los "miembros de la casa o a alguno en particular, dándoles una cencerrada, con los campanos que para este uso solían llevar.
El tiempo de marzas era el momento del año seleccionado por la Sociedad de Mozos, para admitir oficialmente a nuevos miembros en su comunidad de solteros. Para ello, los que entraban ese año a mozos debían cumplir una serie de requisitos como eran: pagar una cantidad de dinero, a la que se denominaba la patente, para la adquisición de vino; aceptar las funciones que les señalaba el mozo viejo, en razón a las facultades de cada uno. Los más dotados para la canción se integraban al coro como cantores, los menos dotados, cumplían tareas de farolero u otras por regla general de tipo auxiliar; algunas de un gran esfuerzo: llevar durante la ronda el cesto en el que se recogían las dádivas, conseguir leña y picarla para atizar la lumbre en la que se cocinaban las marzas, etc.
Los nuevos miembros de la cuadrilla eran presentados por el mozo viejo a todos los vecinos del pueblo, señalando sus méritos y designándoles por sus respectivos nombres y apodos.
 
LAS PELEAS EN LA RAYA DEL PUEBLO
Si dentro de una misma comunidad, existían varias cuadrillas de marzantes, éstas se disputaban el vecindario, estableciendo una rivalidad que iba desde solicitar primero el permiso al alcalde, al cura y al maestro, hasta ganarse la adhesión de los vecinos cantando mejor, sin olvidar la disputa del propio espacio comunitario, lo que podía llegar a generar violencias y reyertas intestinas entre diversos sectores del mocerío local. A veces, estas diferencias se mitigaban mediante el establecimiento de una división consensuada del territorio en el que cada uno debía pedir las marzas; llegando a darse el caso de que, en una casa situada en la frontera entre dos barrios de un mismo pueblo con dos puertas: una, que daba al barrio de arriba y otra, al de abajo, cada año pedía una cuadrilla.
Cuando la cuadrilla de un pueblo pretendía introducirse en otro, con el propósito de pedir marzas, teniendo éste su propio grupo de marzantes o sin previo consentimiento de éstos, se solían producir frecuentes conflictos violentos entre ambas formaciones de mozos, generalmente en zonas limítrofes denominadas “la raya", donde a veces se juntaban las comparsas, al igual que durante el carnaval-antruido, para proferirse insultos y desafíos recíprocos: "si las diversas partidas se encuentran, se dicen: '¿Paz o guerra?' Si alguna vez contestan 'guerra', se pegan palos y se roban las cosas". Estos encuentros violentos, que también podían producirse en las tabernas, acababan en fuertes peleas a pedradas, palos y puñetazos, que causaban no pocos heridos tal y como nos relata Duque y Merino: "pero a veces, por un quítame allá esas pajas, que espontáneamente surgía en cualquier encuentro, o buscado a propósito si de atrás venía el pique, solía entablarse reyerta entre unos y otros marceros, se peleaba a puñetazo limpio casi siempre, cuando más a palo seco, y tras una refriega de no muy graves consecuencias, solía acontecer que el grupo triunfante se apoderaba, como botín de la victoria, de la cesta en que los vencidos llevaban lo que habían sacado de marzas". También existían cuadrillas marceras itinerantes, que recorrían distintas aldeas de un mismo valle, intercambiándose y siendo bien recibidas por los respectivos vecindarios.
 
EL RECUENTO DE EL DAO, LA COMIDA DE LAS MARZAS Y EL BAILE
Otra fase de las marzas consistía en un primer recuento que hacía el mozo viejo o el bolsero, en presencia de la totalidad de la cuadrilla de mozos, del dinero y de los distintos productos alimenticios, con los cuales iban a preparar la comida de las marzas o "parranda". En algunas zonas, una parte del dinero (los seis cuartos) se reservaba para la compra de las velas del Santísimo, que eran llevadas por los mozos, previamente sorteados entre los de la cuadrilla de marzantes, en la procesión del jueves de Semana Santa en honor al Santísimo.
Las sobremarzas: comida, merienda o cena festiva. se celebraban "el domingo de comer las marzas" o domingo siguiente al día en que se pedían. A la cena, que, según el lugar, convocaban a toque de campana, estaban invitados los niños del pueblo y las mozas; o más exactamente, aquellas mozas en cuyas casas se había cumplido" con los marzantes. En algunas aldeas acudían como invitados, el alcalde, el maestro, el cura, y “los mozos que se hayan casado desde las últimas marzas en adelante”; en ciertos pueblos, también asistía "un matrimonio de respeto”. Para la ocasión se encargaban, dependiendo del número de asistentes, uno o varios corderos; de manera que a nadie le faltara un buen trozo de carne en su plato.
Finalizada la comida, el mozo viejo depositario del dinero, hacía un último recuento público del mismo. rindiendo cuentas, colocándolo encima de la mesa. Se calculaban los gastos habidos y, una vez separada la limosna para la iglesia, se establecía la diferencia entre lo recaudado y lo gastado. Si existía déficit, se completaba mediante la aportación igualitaria de los marceros, y si sobraba, pasaba a engrosar las arcas de la Sociedad de Mozos, para su empleo en otras ocasiones.
A continuación se organizaba el baile en un sitio adecuado para ello (portal grande, colgadizo o corralada). En él, intervenía la mocedad del pueblo y algún forastero que, por hallarse en el lugar, hubiera sido invitado a la fiesta. El baile solía amenizarse con panderetas y otros instrumentos improvisados como los utensilios domésticos.
 
LA TRADICIÓN CAMBIANTE
Ronda de mocedad. Dibujo de M. Pedrero, 1901Duque y Merino, en las postrimerías del pasado siglo, se refería a las marzas como una costumbre en decadencia y nos relata que, durante las marzas de 1892, cuando se retiraba a su casa en compañía de un amigo, "una comparsa de mozuelos adolescentes, poco más que niños, nos detuvo pidiéndonos marzas. Todavía nos las pidieron con toda la cortesía de antaño: gorra en mano, palabras discretas, e invocando la cualidad de ser mozos del pueblo. Supongo que siguiendo añejas costumbres, aquellos mozalbetes no dejarían de recorrer buena parte de la villa, sino toda ella (...) Pero es lo cierto que yo, ni en mi casa ni en la ajena, oí ya el cántico de las marzas, que pocos años atrás se oía, ni he vuelto a tropezar otros marceros en las calles, ni vi aquel año, que los mismos que me despertaron el recuerdo de otros días, llevasen la indispensable cesta de pedir las marzas.
Todavía no hace mucho tiempo, las marzas no se pedían más que en las casas, -a nadie se le interrumpía en la calle-; los marceros recorrían, una por una, aquéllas que de antemano se habían propuesto recorrer, llamando a todas las puertas".
La última Guerra Civil marca, de algún modo, una importante inflexión en la cronología de la decadencia de la tradicional costumbre de marcear en las aldeas rurales de Cantabria. El año 1957, en una entradilla que se hizo a la reedición en la prensa del trabajo de Duque y Merino, el autor anónimo de la misma se refería a las marzas, que por esos años se cantaban en Reinosa, en los siguientes términos: "En Reinosa ha evolucionado y hasta pudiéramos decir, en algunos casos, que ha degenerado: no existe razón alguna para que las tonadas de Marzas se acompañen de pito y tambor, instrumentos tan ajenos a la ronda como una orquesta sinfónica; ni que se canten otras canciones que no sean las propias de rondar en Campoo, como se da a veces la circunstancia de que algunos marceros de la ciudad hacen caso omiso de la tradicional tonada de Marzas y llevan un repertorio exótico, muy propio para el lucimiento de la voces y para demostrar la buena preparación del conjunto (...). Por lo que respecta a este año, además de las consabidas rondas de la noche del 28, que van extremando su corrección gracias a la oportuna intervención de nuestro Ayuntamiento, el Casino nos obsequió con una fiesta de Marzas de la noche del 3 de marzo, en la que intervino el ochote 'Ecos del Ebro' que interpretó las 'Marzas' y los 'Sacramentos', según una partitura arreglada para varias voces por el maestro Guerrero (...). O sea que las típicas y tradicionales marzas han entrado ya en su fase de pieza de museo".
 
A MODO DE CONCLUSIÓN
Las marzas (al igual que las mascaradas invernales) representan un hecho cultural complejo, que transciende, con mucho, la desafortunada definición de la costumbre de pedir", como suelen etiquetarla algunos folcloristas de mirada simple y reduccionista. Constituyen una parte relevante del folclore masculino, que posee un peculiar lenguaje simbólico, de carácter polisémico, engarzado en el sistema económico y socio-cultural del que formaban parte: sociedades de "solidaridad mecánica", sometidas a lo que en otro lugar he denominado la lógica social del complejo doméstico-comunitario", dentro del cual adquieren su preciso significado.
Las marzas, observada desde la antropología social, aparecen como una práctica histórica de carácter institucional, a través de la cual las Sociedades de Mozos:
- Se cohesionaban internamente como grupo de edad.
- Se abastecían de nuevos miembros, efectuando ritos de iniciación a la pubertad.
- Renovaban periódicamente, por medio del comensalismo y otras demostraciones festivas, las tramas de sociabilidad e identidad de sus agregados varoniles, de las unidades intervecinales y del conjunto comunitario.
- Reproducían sus roles de dominación masculina.
- Reforzaban, con sus rituales petitorios, el sistema de ayudas y prestaciones mutuas.
- Rememoraban la presencia de los antepasados muertos en la memoria colectiva.
- Actuaban como instrumento de integración y de control social en el cumplimiento de los valores e ideales de la comunidad.
En resumen, mediante las marzas el segmento social de la mocedad varonil y el conjunto de las comunidades que periódicamente las organizaban, producían y reproducían, de un modo recurrente, las categorizaciones compartidas sobre la masculinidad (maneras de ser social y sexualmente de los hombres); evidenciando, de este modo, la subordinación real y simbólica de las mujeres y el papel subalterno que éstas ocupaban (y ocupan) en el contexto de una sociedad civil en la que los valores, las normas y los modelos eran (y son) a priori masculinos.
Valiéndose de estos rituales (y de otros tipológica y funcionalmente semejantes), los subgrupos masculinos de la mocedad desarrollaban sus estrategias, diferenciales y diferenciadoras. de jerarquización social, de sociabilidad e identidad sexual, grupal. comunitaria o supracomunitaria, poniendo de manifiesto sus mecanismos de construcción social del espacio, los géneros, las edades, el sistema productivo y el universo simbólico-ideacional de las gentes que conformaban los modelos comunitaristas de la sociedad tradicional.
En definitiva, estas ceremonias cíclicas reflejaban, en el plano de la fiesta, la desigual distribución del poder existente en la vida cotidiana entre los sexos y los demás grupos de estatus. así como los múltiples sometimientos, sujeciones y obligaciones que tenían lugar dentro del cuerpo social de las comunidades tradicionales.

(*) MONTESINO GONZÁLEZ, Antonio: Antropólogo y autor del libro Las Marzas: Rituales de identidad y sociabilidad masculinas. Editorial Límite, 1992.