No es habitual en Reinosa, a finales del presente siglo, reparar en la actividad ganadera del municipio. De una parte, porque el número de propietarios de ganado es tan escaso, -seis en total- que representan un porcentaje mínimo, y desdeñable en cualquier estadística, en relación con los habitantes dedicados al resto de actividades productivas. Por eso, tanto el visitante como el residente sólo podrán observar algunas decenas de vacas y caballos en sus paseos por la ciudad y únicamente si se desplazan a ciertas zonas de las afueras.
El Realismo costumbrista español del último tercio del siglo XIX, como cualquier otro movimiento literario, aporta a la Historia de la Literatura Española un conjunto de nombres sobradamente reconocidos.
Su más significado referente, José María de Pereda, se consolida como uno de los escritores representativos del siglo y obligado es reconocer su participación en el nacimiento de la novela realista y regionalista decimonónica, con un papel muy destacado en la recreación del paisaje de Cantabria. Muchos de los textos seleccionados para el presente estudio huelen a Pereda y su estilo tan característico y significativo.
Reinosa se conoce y menciona ya desde la Edad Media como lugar habitado y con personalidad propia, aunque no se debe olvidar que mucho antes en nuestro valle sucedieron acontecimientos importantes para la historia de nuestra región, sin embargo en este artículo sólo se va a hablar de Reinosa como una entidad de población diferenciada de otras, y que como tal se la nombre, y únicamente a través de escritores, comentaristas y personajes ilustres que dejaron páginas escritas donde poder rastrear una imagen o un esbozo de nuestra ciudad, de su paisaje o del carácter de sus gentes.
La ciudad romana fue uno de los centros más importantes y de mayores dimensiones de la región
«De los siete (¿nueve?) pueblos cántabros sólo se rememora Iuliobriga» Naturales Historia III (Plinius Secundus)
La ciudad romana de Julióbriga, enclavada en el municipio de Campoo de Enmedio, en el pueblo de Retortillo, es el recuerdo devenido ruina de un pasado esplendoroso que vivió la civilización romana en nuestras tierras.
El 30 de noviembre de 1833, merced al decreto impulsado por quien a la sazón ejercía las funciones de Secretario del Despacho del Fomento General del Reino, culminaba la, en no pocas ocasiones pretendida y reiteradamente fracasada, racional vertebración de la estructura territorial de la monarquía, quedando España dividida en cuarenta y nueve provincias. Un número de circunscripciones que se ha mantenido prácticamente inalterable hasta la actualidad, en tanto a esa ya lejana división promovida por Javier de Burgos solo se le ha operado la modificación de 1927 por la que la única provincia canaria fue fraccionada en dos (1). Y, como es obvio, a este complejo proceso no fue ajena la nueva circunscripción montañesa.
Fue la de Santander una provincia que en su mayor parte, aunque en modo alguno en su totalidad, se asentó sobre el territorio que en el Antiguo Régimen estaba encuadrado en un ámbito geográfico conocido con acepciones diversas como podían ser las de Montañas Bajas de Burgos, Peñas a la Mar o Montañas de Santander.
De entrada confieso que, si no me lo hubiesen encargado, no habría escrito el presente artículo, ya que no estoy plenamente seguro de la etimología que propongo. La Lingüística es una ciencia exacta… a condición de que se disponga de los datos suficientes; como en este caso faltan datos definitivos, me limitaré a exponer el estado de la cuestión hasta donde se puede llegar con los datos disponibles.
Cualquiera de nosotros, a la vista de alguno de los testigos mudos que ha dejado la historia, hemos dejado volar nuestra imaginación y hemos hecho de algunos de estos lugares el escenario de no pocas aventuras, centro de encuentros felices, de ensoñación... Este ha debido ser el caso de lo que ha suscitado el imponente Castillo de Argüeso, en Campoo, para muchas generaciones. Pero no cabe duda de que nuestra imaginación se queda corta a la hora de recrear todo el conjunto de vivencias que esas solemnes piedras han visto y oído durante siglos.
Las actuales provincias y comunidades autónomas españolas están conformadas por la suma de territorios que, a lo largo de los últimos dos mil años, han estado adscritos a diferentes entidades jurisdiccionales de perfiles, en muchos casos, bastante diversos de las actuales. Esto ha sido así en la más sencilla de las circunstancias, puesto que tampoco fue infrecuente en el pasado que fragmentos mayores o menores de esos mismos territorios pertenecieran simultáneamente, durante prolongados periodos de tiempo, a jurisdicciones de naturaleza diferente, ya fuera ésta eclesiástica, hacendística o militar.
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